3

436 91 51
                                        



POR QUÉ

¿Por qué?

Quiero saberlo.

¿No soy suficiente?

¿No soy lo que buscas?

Entonces, ¿por qué te comportas así?

¿Por qué no podemos hacerlo más fácil?

¿Por qué no podemos hacer realmente lo que queremos?

¿Por qué nunca damos el paso para poder decir finalmente «sí»?




ALAN


Hoy es el día. Hoy cogeré un autoavión para dirigirme a Femtania. He esperado este momento desde hace muchos años en mis escasos diecisiete. Y hoy, que se cumplen mis sueños, no sé cómo reaccionar. No estoy emocionado ni nervioso, como los días anteriores, pero sí que me siento satisfecho. O eso creo. La verdad es que tampoco sé cómo me siento.

Me levanto, desayuno y enciendo la pared:

—¡Las fronteras oceánicas de Homotania y Femtania están oficialmente abiertas! —expresa el periodista barbudo de la cadena de noticias—. A continuación, les mostraremos las primeras imágenes de este acontecimiento, que estima el desplazamiento de sesenta millones de personas en las últimas horas.

Seguidamente, aparecen vídeos de gente montándose en autoaviones, sonriendo a cámara e interactuando unos con otros, tanto hombres como mujeres.

—Sienta muy bien estar en un lugar tan bonito como Homotania —dice una mujer morena con una gran sonrisa—. Jamás imaginé que fuera así, pero una cosa es verlo en la pared cada día y otra es vivirlo. Estoy disfrutando mucho de esta experiencia —añade convencida.

—El sur de Femtania es increíble —declara ahora un joven muy emocionado—, me parece alucinante que esto solo pase una vez cada cien años, en serio, me siento muy afortunado de poder vivir este momento.

Ante esas opiniones, decido apagar la pared, acabar de asearme y hacer el equipaje. Femtania no puede esperar más.



—Norte de Femtania —digo una vez subido en mi autoavión, para que el reconocimiento de voz del piloto automático conozca mi destino.

A través del cristal del vehículo, rápidamente, veo cómo me alejo de la preciosa ciudad de Crystall junto a otros autoaviones que también ascienden. No tengo ni idea de qué me espera, pero intento convencerme de que todo lo que está ocurriendo es real. Lo es.

Observo borrones a mis pies, a través del autoavión, que son grandes ciudades de Homotania que desaparecen rápidamente a causa de la velocidad del transporte. En cuestión de minutos, dejo de ver colores verdes o marrones y estos se ven sustituidos por el azul, indicador de que estoy cruzando el océano.

Unas cuantas horas más tarde, vuelvo a ver tierra firme: Femtania, concretamente el norte. He elegido esta zona porque yo siempre he vivido en el centro de Homotania, así que me apetece sentir el frío del norte. En realidad, lo que hace que me percate de que he llegado es la capa blanca que cubre la tierra.

Sin saber muy bien dónde ir, con ansias de descubrir mundo, decido ordenarle al autoavión que descienda. Una vez concluido el aterrizaje, cojo un vehículo comunitario, en el cual viajan tanto hombres como mujeres: los primeros muy despistados; las segundas muy curiosas. Todos se resguardan del frío en la calidez del autoavión.

—Perdona —le pregunto a una chica pelirroja que lleva un abrigo amarillo—, ¿sabes de algún sitio interesante que pueda visitar?

La chica alza las cejas, divertida. La verdad es que no sé qué le produce tanta diversión.

—¿Aventurero? —pregunta con un inglés algo extraño pero entendible.

Por cierto, el idioma no supone una dificultad entre hombres y mujeres, ya que se instauró el inglés como lengua universal y única en ambos territorios, fruto de la globalización.

—Exacto.

—Bien —asiente un par de veces—, pues puedes dirigirte a Iris, la ciudad grande más cercana a este punto, y preguntar por actividades que podrías hacer. De hecho, el autoavión se dirige hacia allí.

—Gracias —le agradezco.

Ella me sonríe a modo de respuesta.

En cuestión de cinco minutos veo los grandes rascacielos de Iris, cubiertos de nieve, y, dos minutos más tarde, el autoavión se detiene y la mayoría de los pasajeros descienden del vehículo.

Asombrado, congelado y sin saber dónde ir, simplemente me dejo llevar, hasta que llego al puerto de la gran ciudad, un lugar muy transitado.

Entonces, veo un cartel luminoso que me llama mucho la atención. Cita: «Alquiler de botes a buen precio para disfrutar de las islas nórdicas de Femtania. Una ruta que jamás olvidarás. Déjate seducir por el mar nórdico; piérdete en las olas.»

—Disculpa —le digo a una mujer mayor que está pasando por el muelle, dirigiéndose a un bote—, ¿sabes dónde puedo encontrar a la encargada que alquila botes para visitar las islas?

—Soy yo —formula la mujer con una amplia sonrisa—, ¿te puedo ayudar en algo?

—Ah, claro —casi exclamo, intentando reprimir mi emoción. «Hoy todo me está saliendo bien», dice una parte de mí—, me gustaría alquilarte uno ahora mismo.

—¿Ahora? —cuestiona la mujer como si no se lo creyera.

—Sí —aseguro.

—Bien, si insistes... —accede encogiéndose de hombros—. Ven, te voy a enseñar unos cuantos.

Me acerco a ella y me conduce hasta el final del muelle, donde me muestra tres votes simples con motor incorporado, casi como los antiguos.

—Elige uno —me invita.

—¿Cuál es más barato?

—Este —señala el de la izquierda.

—Vale —accedo tendiéndole mi tarjeta de crédito.

Ella lo pasa por un pequeño lector que lleva en el bolso y dice:

—Muy bien, ya está, el bote es tuyo durante una semana.

—Muchas gracias —le agradezco a la vez que me dirijo al bote en cuestión.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta extrañada al ver cómo me subo a la embarcación y dejo mi maleta en ella con mis escasas pertenencias.

—Ser un aventurero —contesto con sinceridad.

—¿Pero no ves el frío que hace? El mar está helado, no podrás circular —replica escandalizada.

Ante eso, arranco el motor.

—Solo tengo una semana para hacer lo que me dé la gana, señora —me encojo de hombros—. He tenido una vida para ser prudente, hoy eso va a cambiar.

Le lanzo un saludo con la mano mientras el bote se aleja del muelle y de la ciudad de Iris con lentitud a causa del hielo de la superficie del mar. Pero el cachivache avanza, que es lo importante. La mujer me mira con indignación y, antes de que la pierda de vista totalmente, oigo cómo exclama:

—¡Hombres!

Siete díasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora