5

315 77 14
                                        



RESPUESTAS

Si yo pregunto,

tú respondes.

Tarde o temprano.

A tu modo.

Pero lo haces.




ALAN


Me despiertan dos sonidos: el ruido de los copos de nieve impactando contra las ventanas de la habitación de la torre, desde la que puedo ver casi toda la isla; y el rugido de mis tripas, que piden a gritos alimento.

Pero como ayer la chica borde cuyo nombre desconozco se fue de manera tan brusca, decidí no salir de mi cuarto para no molestarla más. Pero eso se acabó, pienso encontrar la cocina y, después de eso, estoy dispuesto a hallar los escondites más preciados de este enorme y fantástico castillo.

Así que, sin entretenerme mucho en cambiarme de ropa y asearme, salgo de mi habitación y me pierdo por los laberínticos e interminables pasillos después de bajar por la escalera de caracol de la torre, llena de puertas. Bajo y subo más escaleras en mi misión de dar con la maldita cocina y mi intento se alarga durante lo que estimo que son unos cuarenta minutos. Y los resultados son precisamente los mismos: corredores, puertas y escalones, sin éxito.

Pero, de repente, escucho el sonido inconfundible de una música gracias al silencio sepulcral que reina en el resto de la fortaleza. Guiado por mis instintos, sigo el sonido de la armonía como si las notas musicales me estuvieran conduciendo a mi destino. Y lo logro.

Finalmente, después del último tramo de escaleras, donde la música se oye muy claramente, entro en una estancia gigante (para variar) llena de butacas, sofás, mesas pequeñas y grandes y un gran piano, todo ello distribuido de una manera perfectamente ordenada y limpia.

A pesar de la claridad de la estancia, lo que más brilla es la melena dorada de la chica borde, que también hoy viste de blanco. Toca el piano con una tranquilidad relajante y armoniosa que invade toda la sala, aunque, como está de espaldas a mí y creo que no me ha oído entrar, no se percata de mi presencia y sigue tocando con la misma pasión.

No deja de hacerlo hasta que acaba de tocar la pieza y se levanta. Cuando se gira y me encuentra plantado en medio del salón, casi le da un infarto. De hecho, ahoga un grito y se lleva una mano al pecho, como si le estuviera dando un ataque.

—Eh —comento—, tranquila, que no soy un fantasma.

—Como si lo fueras —ataca con su tono de voz cortante habitual, aunque hoy lo noto un poco más clamado y seguro—. ¿Qué quieres? —suelta directamente, poniendo sus manos entorno a su cintura.

—Comer —respondo del mismo modo directo.

Pone los ojos en blanco y me hace un gesto para que la siga.

—La cocina está en el tercer piso, acuérdate —aclara mientras nos encaminamos por más corredores estrechos.

—Tomo nota —afirmo.

Tras unos minutos, ella se detiene ante una puerta y la abre, cediéndome el paso. Justo cuando ando a su lado, la miro con determinación a los ojos, simplemente para saber de qué color son. Finalmente, descubro que son grises, pero es un color que nunca antes he visto en los ojos de nadie, hecho me sorprende.

—¿Qué pasa? —cuestiona ella al darse cuenta de ese detalle.

Se toca la cara para intentar averiguar qué me he quedado mirando.

—Nada —respondo a la vez que entro en la estancia—, solo me gusta el color de tus ojos —explico.

La chica frunce el ceño y me mira extrañada. Después, sacude la cabeza un par de veces, como si estuviera saliendo de un ensimismamiento, y se dirige al interior de la cocina.

—Bueno —empieza—, aquí encontrarás todo lo que necesites para saciar tus necesidades alimenticias —dice rápidamente, como si se hubiera olvidado de hablar. Sospecho que se debe a mi última intervención—. ¿Algo más?

—Sí —afirmo—, ¿tienes algo que pueda curarme lo de la mano?

Ella se acerca a mí lentamente, coge mi mano entre sus dedos delicados y fríos, un tacto que me produce escalofríos por todo el cuerpo, y me examina la mano dañada que casi me rompe ayer a causa del portazo que dio. Supongo que por eso lo hace, porque se siente culpable.

Cuando despega sus ojos de mi mano, los posa en mí durante unos breves instantes y aclara seriamente:

—Si estás haciendo esto para producirme pena con el fin de que cocine para ti, ten muy claro que no lo haré.

Sonrío ante su comentario, no puedo evitarlo. No porque me haga gracia el mensaje que transmite (porque estoy totalmente de acuerdo con ella), sino por la expresión seria que ha mostrado. Sinceramente, se nota mucho que desconfía de la gente, pero, por lo que he observado de ella, también muestra desengaño hacia sí misma, que es mucho peor.

—No, es que me duele —aseguro—. Y, tranquila, yo sé cocinar para mí mismo, no te incendiaré la cocina.

—Bueno —expresa no muy convencida, alejándose de mí en dirección a la puerta—, veré qué encuentro...

Justo antes de que salga de la estancia logro formular:

—Espera.

—¿Sí? —Esta vez no lo dice con un tono cansino o cortante.

—¿Cómo te llamas?

—Mi nombre no es nada del otro mundo. —Niega con la cabeza y se va.

Siete díasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora