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TABÚ

Mi llanto es mi sonrisa.

Sonreír se alaba;

Llorar se castiga.

No me lo pidas,

Porque mis lágrimas

Son mis risas.



ALAN


El leve susurro de la orilla hace que me despierte. Grace se encuentra a mi lado, pero está sumida en un profundo sueño, encogida sobre sí misma. Hago el mínimo de ruido posible para no despertarla y me dedico a examinar toda la casa, dado a que ayer, nada más llegar, nos quedamos fritos a causa del cansancio.

Básicamente, la vivienda está constituida por una sala de estar de grandes dimensiones, un comedor, una cocina, dos baños y dos dormitorios. Todos tienen la peculiaridad de tener grandes ventanas o, en algunas habitaciones, enormes ventanales. Es un panorama bastante diferente de a lo que Grace está acostumbrada: frío, espacios enormes y cerrados y poca luz. Pero supongo que todo es cuestión de adaptación.

Me dirijo a la cocina, que está perfectamente equipada con comida en las estanterías y el frigorífico, y me pongo manos a la obra para preparar el desayuno. Desde la ventana observo algunos niños y niñas nadando en la orilla, justo debajo de la casita. Se ríen y se mojan entre ellos.

Entonces comprendo que este es el mundo en el que quiero vivir. Un mundo donde puedas querer a quien quieras sin ningún impedimento, sin límites, sin tabús, sin reglas... Quiero poder decidir que quiero a Grace y estar orgulloso de ello. Quiero querer quererla. Y no solo a ella, sino a todo el mundo.

Justo cuando termino de reflexionar, me doy cuenta de que he acabado de batir el bizcocho que estaba preparando y lo meto en una bandeja para hornearlo. También aprovecho para exprimir naranjas, que como resultado dan dulce zumo.

Al cabo de casi una hora después aproximadamente, acabo de servir el desayuno en la mesa y escucho los pasos de Grace, que provienen de la habitación.

—¡Buenos días! —saluda.

Se acerca a mí para abrazarme.

—¿Has dormido bien? —le pregunto.

Ella asiente todavía rodeándome con sus brazos.

—Estoy contenta —declara mientras se acomoda en la mesa para empezar a comer. Yo la imito—. Estar aquí es... surrealista, ¿verdad?

—Absolutamente —coincido con una sonrisa después de dar un largo sorbo al zumo de naranja—. Es una sensación muy rara, como si en cualquier momento esto fuera a desvanecerse.

Grace asiente nuevamente.

Acabamos de desayunar tranquilamente, hasta que el sonido de unos nudillos repicando contra la puerta principal nos interrumpe. Ambos nos levantamos y abrimos la puerta. Encontramos a Benjamin y la mujer de tez morena.

—Buenos días, Grace y Alan —nos saluda la mujer.

Les respondo con una sonrisa.

—Pasad —les invita Grace abriendo la puerta y cediéndoles el paso.

Ambos entran en la sala de estar y se acomodan en el sofá. Llevan ropa ligera, pulcra y colorida, como ayer, hecho que les hace encajar más en este ambiente exótico.

—¿Queréis algo para desayunar? —sugiero a la vez que hago ademán de dirigirme hacia la cocina.

—No, Alan, no te molestes —declara Benjamin negando con la cabeza—. Ya hemos desayunado, gracias.

Siete díasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora