DE NUEVO, VENENO
Y sigo bebiendo de él,
del veneno que me mató.
Y ahora es dulce como la miel,
después del rastro que dejó.
Y mi garganta es fuego,
prendido por unos ojos.
Y ni su incesante ruego,
frena mis latidos flojos.
GRACE
Hace varias semanas que volví de mi viaje a Iris y la verdad es que estoy contenta con el resultado del tatuaje: un número siete inyectado con tinta en la piel de mi nuca, escondido bajo mi melena dorada. Puede que haya sido una auténtica estupidez habérmelo hecho allí, ya que no puedo vérmelo ni nadie lo hará jamás, dado a que mi cabellera es demasiado larga y el número es diminuto. Sin embargo, me parece un buen recuerdo de Alan.
Sí, Alan. Ahora lo que más me aterra de él no es que se olvide de mí, sino que yo me olvide de él. Recuerdo que durante el último desayuno que presenciamos juntos, antes de que partiera hacia Homotania, yo estaba decidida a memorizar cada detalle de su ser y de su cuerpo, convencida de no olvidar ninguno.
Pero, tras tanto tiempo, aunque solo sean unos meses, las imágenes se están volviendo borrosas. Y odio que me pase eso, porque, ¿qué ocurrirá cuando pasen años? ¿Solo recordaré que el amor se me posó en la boca, dulce, y decidió irse sin más? ¿Solo rememoraré sentimientos y no imágenes?
Con todas estas reflexiones en mente, me dirijo a mi piano y saco la partitura de la canción de Alan. Aquella que compuse a raíz de escucharlo cantar en la sala de los espejos. Hace meses que no me he atrevido a tocarla, porque tengo grabada su voz en mis tímpanos, cuando cantó su letra sentado junto a mí mientras yo tocaba.
Pero es el momento de superarlo. Es el momento de aceptar que nada dura para siempre, ni siquiera la música. Poso mis manos sobre el teclado, suspiro y presiono un dedo sobre la primera nota. A partir de este instante, las demás notas no pueden resistirse y la siguen para no dejarla sola, haciendo que mi pecho suba y baje lentamente, encendiendo en mí de nuevo su voz.
Por la tarde, salgo a que me dé el aire en los jardines del castillo. Camino descalza sobre el césped y dejo que el viento despeine levemente mi cabellera rubia y acaricie mi vestido blanco, que me llega hasta las rodillas.
Paseo por la isla hasta llegar a la cascada, escondida entre la vegetación, que ahora susurra una ligera melodía para poner en manifiesto el verano, dado a que su agua se expande en una pequeña laguna, donde hacía unos meses lo usaba para patinar sobre el hielo.
Meto mis pies descalzos en el agua hasta que me llega a las rodillas, casi rozándome el vestido. La verdad es que la temperatura está bastante bien, es casi cálida, así que decido adentrarme más en la profundidad de la laguna hasta el punto en el que acabo hundiendo todo mi pelo en ella.
Nado con el vestido puesto entretenidamente durante lo que estimo que es una hora más o menos y, de repente, escucho un silbido lejano que rompe todo el silencio y la calma en los que he estado sumida.
Poco a poco, el sonido se va intensificando, pero, al estar rodeada de vegetación, no soy capaz de divisar el resto de la isla. No obstante, alzo la vista y observo lo que creo que es un autoavión surcando el cielo. Instantáneamente, salgo de la laguna y echo a correr hacia el castillo, aunque el sonido del vehículo ha cesado completamente, así que supongo que ya ha aterrizado.
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Siete días
RomansaDISPONIBLE EN FÍSICO y eBOOK ¿Siete días son suficientes para que la persona más fría se enamore? Hace cinco siglos el mundo se dividió en dos partes: Homotania, lo que antiguamente era América, donde residen los hombres; y Femtania, antiguamente co...
