Capítulo 9

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NARRA NATALIA

Besar a Alba era, fácilmente, uno de los momentos que más tiempo ocuparían en mi línea final de vida, si era cierto ese cuento de que todos los instantes importantes de nuestra existencia pasan por delante de nuestros ojos cuando nos estamos despidiendo de este plano de existencia.

Una vez que comenzamos, no logré hacer cuenta de los besos que nos dimos; pudieron ser 10 o pudieron ser 100. Eso no importaba, porque mis labios hinchados se llenaron de los pequeños mordiscos que me dejaron aquellos dientes perfectos de Alba. En un momento, incluso, reí al recordar que María me había dicho en algún punto que Alba parecía ser una buena besadora. Maldita María, la amaba a la muy cabrona.

Pero todo lo bueno tenía fin, según las leyes de la vida. Y esta no fue la excepción. Alba se quedó dormida, abrazándome con tal fuerza que me dejó claro que no me soltaría por el resto de la tarde, y de la noche. No era que me molestara, de cualquier manera.

A la mañana siguiente, la desperté con algunos besos en la cara. Ella sonrió de tal forma que supe que había atinado en mi forma de hacerla levantar, y luego de abrazarme de esa forma que sólo ella podría hacerlo, me devolvió los besos, deteniéndose en mi nariz, con la que parecía tener una ligera fijación.

Con una voz adormilada (que encontré adorable), me avisó que se ducharía, y antes de que pudiera atraparla, se escapó de la cama. Sonreí al pensar que lo hizo por el mismo motivo que yo lo hubiera hecho: la certeza de que al no levantarse en ese mismo instante, no querría hacerlo por el resto del día.

Luego de que también me duchara y me vistiera apenas con un pantalón negro y mi sujetador, encontré a Alba mirándome de una forma que me puso nerviosa, en el buen sentido de la palabra.

- No me mires así, pervertida- piqué un poco. Ella se ruborizó, y yo también lo hice, pues aunque estaba bromeando, atiné al pensar que sus ideas no eran precisamente inocente.

- Lo siento...- dijo en un tono tan adorable que me sentí morir. No pude hacer más que ir a abrazarla, haciéndola ruborizarse más, cuando sintió mi abdomen desnudo atrapando sus manos, en un tacto suave y cálido.

- Eres tan adorable...- le dije. Ni siquiera parecía que un día antes no me atrevía siquiera a lanzarle las fichas por temor a que se alejara. Todo había sido tan natural, desde el momento en que decidí abrir mis sentimientos, que lo anterior en nuestras vidas parecía nunca haber pasado.

- Y tú eres un poco provocadora, ¿no?...- se defendió, usando ese tono de voz que comenzaba a ser una de mis cosas favoritas.

- Vale, lo tengo un poco merecido. Aunque siento decirte que no es verdad del todo. La razón por la que no me he vestido, no tiene los fines de seducción que quisieras, Alba Reche...- advertí. Ella rio como si yo hubiera dicho el mejor chiste del mundo.

- ¿Ah no? ¿Y entonces?...

- Entonces... Resulta que olvidé llevar mi ropa a lavar- me defendí, con gran parte de la razón. Entonces, se me ocurrió algo que no supe si pasaría los límites, pero quise averiguarlo. - ¿Me dejarías algo de tu ropa?...- pregunté. Ella sonrió más ampliamente.

- Claro, cariño, coge lo que quieras de mi armario...- respondió yéndose rápidamente al tocador. Quizás pensó que no lo noté, pero se fue tan ruborizada que lo atribuí a la manera en que acababa de llamarme.

Sin querer avergonzarla, me levanté hacia el armario. Me sorprendió el orden que tenía para su ropa, pero por otra parte era obvio; una persona tan dedicada y perfeccionista, no tendría su armario hecho un lío (como yo lo tenía).

Serendipia (COMPLETA)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora