Capitulo 5: Gana la soberbia

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Su piel se erizaba con cada roce de aquella lengua húmeda. Su corazón palpitaba a mil por segundo. Su cuerpo estaba caliente, ardiente, deseoso. Sentía el calor del aliento de el paseándose entre sus piernas mientras sus manos jugaban pícaramente con sus pezones. Besó su monte de Venus para luego rozar su lengua en la hendidura de la vagina de la mujer. Ella arqueó su espalda suavemente clavando sus uñas en el edredón. Comenzó suave pero su lengua enseguida se desató, se movía con celeridad buscando hincharla, hacer que sus gemidos tímidos se convirtieran en gritos y súplicas. La chupó degustando el sabor ligeramente azucarado de los fluidos de la mujer sin dejar de mirarla fijamente a los ojos. Sus dedos jugaron en el interior de la vagina de ella haciendo que ella flotara entre nubes para seguido hacerlo en las estrellas. Por su piel corría el sudor hasta acúmularse en su espalda baja. Ella enredó sus dedos en la cabellera del hombre pidiendo cada vez más de aquella boca. Abrió sus piernas a capacidad como nunca antes lo había hecho. Se quedó sin habla, el orgasmo que había experimentado la dejó completamente inmóvil, temblado, exhausta y sobretodo, vulnerable ante sus deseos.

Agitada despertó abruptamente sudada y con el encaje empapado. Puso el edredón a un lado y miró entre sus piernas. Sintio pena de si misma al verse empapada, palpitante pero sobre todo sintio pena por comenzar a tener la necesidad de sentirse mujer. Jadeante acerco sus dedos a su sexo y al sentir la humedad y la sensibilidad que tenía su clitoris sin poder detenerse, separó sus piernas comenzando a explorar sus placeres palpando sus dedos sobre su hinchazón. Aumentó el ritmo de sus dedos sobre su clitoris sintiendo ese placer carnal que en veinte años no sentía. Soltó pequeños gemidos entregada al placer que sus manos le provocaban. En su mente se asomó el rostro de Alejandro. Por segundos sintió que era el quien la tocaba, quien la hacía sentir aquel placer. Justo cuando apareció el en su mente se detuvo abruptamente. Se puso en pie caminando de lado a lado repitiéndose una y otra vez lo mucho que detestaba a los hombres. Tras cepillarse los dientes; Se cubrió con el albornoz y cojeando bajó al comedor para desayunar. Era domingo y era el único día que ella tenía libre totalmente. Rosalia ya había empezado a desayunar y al ver a Isabella comentó.

— Buenos días cariño

— Tía.... ¿puedo hacerte una pregunta?

— Sabes que si mi vida

Isabella sirviéndose un poco de jugo de naranja tragó saliva.

— Estoy pensando irme por un tiempo. Creo que estaré unos meses en la delegación de Canadá. Necesito organizar allá unas cosas. ¿Podrías quedarte al pendiente de todo acá? Sandro se queda y te ayuda. Es mi hombre de confianza.

Rosalia se quedó callada. Solo miró a su sobrina y vio en ella el rostro que había visto hace más de veinte años.

— No huyas cariño. No tienes necesidad.

— No se de que hablas tía.

Poniendo los ojos en blanco argumenta

— quieres irte lejos para no tratar a Alejandro Harrison. Estas canas que tengo no son de adorno. No quieres enamorarte de ese hombre.

Riendo nerviosa niega con la cabeza

— Yo no me enamoro Rosalia.

— ¿Entonces? Puedes delegar esa responsabilidad a cualquiera de los asistentes de presidencia.

— No quiero a ese hombre cerca de mi. Es todo.

— Ahora te hago yo una pregunta a ti, dime con toda sinceridad. ¿Hace cuánto no haces el amor? 

Isabella bajó la mirada y melancólica dijo

— Hace veinte años. Después del padre de esa niña que me quitaron y aquel.... aquel infeliz que.... en fin desde ese entonces nadie me ha tocado y así seguirá siendo. No necesito sexo tía. No necesito amor. El amor destruye, lo hizo conmigo.

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