Noviembre fue un mes tranquilo en Hogwarts. Todos estaban demasiado ocupados con sus exámenes cómo para hacer algo más. Alicia intentó hacer un examen trimestral teórico que todos pudiesen aprobar, y el práctico fue aún más sencillo.Se sintió satisfecha al ver que nadie reprobó, no le gustaba que sus alumnos estuviesen con materias reprobadas por su culpa.
En la tarde de un Domingo, cuando la biblioteca estaba llena de alumnos que estudiaban para el examen que tenían el lunes, Alicia estaba allí, ayudando a unos chicos de Hufflepuff que le habían pedido clases particulares en la materia de Encantamientos. Cuando Alicia terminó de ayudarlos a estudiar, todos se retiraron y se lo agradecieron enormemente. Ella se puso en pie y salió de la biblioteca, sacando de su túnica un frasco con una estela de luz azul dentro de éste. Suspiró.
-Gracias, madrina- susurró y se encaminó a la oficina de Snape.
Al llegar a su despacho, tocó la puerta tres veces, esperando por Snape a que contestara.
-Pase- dijo el profesor desde su interior.
Alicia abrió la puerta, asomando la cabeza. -Hola.-
Snape alzó la mirada hacia ella, dejando la pluma a un lado y sonriendo ladino.
-Alicia, ¿Qué haces aquí?-
La chica enarcó una ceja. -¿Te molesta que haya venido?-
-No, al contrario. Pasa. -
La chica obedeció, cerrando la puerta. Observó la habitación y rió con suavidad.
-Tantos recuerdos de detenciones me invaden en este momento…-
Snape rió con ella. -¿Qué necesitas?-
Ella alzó la mirada hacia él, tomando sus manos. -¿Estás muy ocupado?-
Snape negó. -Necesito que me acompañes. Hay algo que quiero mostrarte.-
Severus asintió, guardando todo lo que estaba en su escritorio, tomó su varita y salió de su oficina siguiendo a Alicia.
-Y… ¿a dónde vamos?-
-Ya verás- contestó ella.
Caminaron por los largos pasillos del castillo, hablando de tonterías, riendo, por fin teniendo un momento divertido a solas. Alicia comenzó a subir las escaleras de una torre, y Snape frunció el ceño.
-Alicia, ¿qué vas a mostrarme?-
-Severus, confía en mi.-
Ambos subieron las escaleras hasta llegar a una estatua de Fenix con las alas abiertas. Se pararon frente a ésta y la estatua giró, subiendo, hasta dejarlos entrar en la oficina, ahora vacía, de Dumbledore.
-¿Qué hacemos aquí?-
Alicia se acercó en silencio a uno de los armarios, abriendo una gaveta en específico y éste giró, revelando un pensadero. Un pensadero era una especie de fuente, solo que sin corriente de agua, y en el agua que contiene se guardan estelas de luz azul, cada una de esas estelas es un recuerdo. Alicia sacó el frasco de su túnica y vio la estela de luz en éste. Suspiró y volteó a ver a Snape.
-Severus… escucha. Yo… tu sabes que te amo. Y yo se que tu me amas a mí.-
Snape alzó una ceja.
-Creo que eso es bastante obvio.-
Alicia asintió. -Hay algo que… tú no sabes sobre mi. En realidad, casi nadie sabe, tan solo Minerva, Dumbledore y mis padres. Mis hermanos tampoco lo saben.-
