La luna brillaba con todo su esplendor sobre las aguas del Lago Negro. A pesar de que Alicia se había adelantado, Minerva sabía perfectamente donde encontrarla. La reconoció a pesar de los cabellos rojos sangre que ahora tenía por el enfado. La joven se encontraba sentada en el borde del puerto, con la mirada clavada en el oscuro horizonte, intentando calmarse. Minerva caminó hasta mitad de puerto, abrazándose a sí misma por el frío que hacía.
-¿Ali?- inquirió con suavidad.
-¿Qué?- preguntó la chica sin voltear a verla. El enfado en su voz era palpable.
-¿Qué ocurrió con Umbridge?- preguntó con la misma suavidad, acercándose a ella con cautela.
La chica sabía que Minerva se acercaba a ella, pero no hizo ningún movimiento brusco, por lo que dejó que la mujer mayor se sentara a su lado, y tomara una de sus manos entre las de ella.
-Inventó que lo que le pasó a Harriet es culpa mía.-
Minerva frunció el ceño ligeramente.
-Pero si tú fuíste quien la salvó de esa caída.-
-Lo sé, se lo dije.-respondió, aún con un tono de enfado pero algo más leve. La presencia de Minerva siempre era algo que lograba mejorar los estados de ánimo de Alicia en cualquier sentido. Si sentía triste, la ayudaba a sentirse mejor, si estaba asustada, nerviosa o angustiada, lograba calmarla, si estaba enfadada, como ahora, lograba apaciguar su furia.
-Además, en Quidditch siempre hay accidentes, tus costillas, las mías y mi conmoción cerebral... Oliver...-
Alicia la interrumpió con un sonoro suspiro.
-También se lo dije.
-No entiendo de que te culpa, entonces. -susurró, acariciando la palma de la mano de Alicia con su pulgar mientras observaba su perfil.
Alicia soltó otro suspiro.
-Dice que el Ministerio me envió para mejorar la seguridad aquí en Hogwarts y que ando es con relajos y desatendiendo mis responsabilidades.- con un bufido exasperado, se pasó las manos por el rostro. -Le dije que tenía que entender que estaba mejorando la seguridad al ayudar a los chicos a como defenderse. Insultó a Albus y ahí... me enfadé. La llamé corrupta, cosa que no es mentira, y estuvo a punto de hechizarme, cuando llegaron ustedes y cada una se fue por su lado.-
A medida que le hablaba a Minerva, el tono rojo de su cabello iba palideciendo casi terminando en dorado otra vez, el enfado en su voz desaparecía, esfumándose con la tensión en su cuerpo.
Minerva no dejaba de acariciar su mano y la escuchaba con atención, Alicia rara vez se enfadaba, pero cuando lo hacía, era verdaderamente explosiva, algo que le recordaba a sí misma, por lo que comprendía a la chica perfectamente.
Minerva pasó su brazo por los hombros de Alicia y atrajo la cabeza de la chica para apoyarla en su hombro, acariciando sus cabellos, y con cada caricia, recuperaban el resplandor de oro que siempre tenían.
-Recuerdame darte una caja de chocolates por haberla puesto en su lugar.- le susurró.
Ambas no pudieron evitar soltar una suave risa, y luego se mantuvieron un buen rato en silencio.
Minerva no paraba de pensar en lo mucho que adoraba a aquella chica. Cómo desde que era una bebé había sido la niña de sus ojos, la hija que nunca tuvo, y como había llorado de la emoción cuando la madre de la chica la había nombrado madrina de la menor de los cinco hermanos Van Halen. Aún mayor fue su emoción al ver que de toda la familia Van Halen, Alicia había sido la única que había quedado en Gryffindor, siendo todos los demás, hasta los padres, de la casa de Slytherin. Parecía que el destino las quería juntas, siempre cuidando una de la otra.
-Dolores Umbridge es la mujer más insoportable e insufrible que haya conocido.- comenzó Minerva tras un rato en silencio. -Pero no por que ella haya nacido en el camino de la amargura, tiene que amargarnos a nosotros. Piénsalo, si habla con Albus por tu supuesta irresponsabilidad, piensa en todos los que saldremos a defenderte, no solo el mismo Albus, Severus y yo, piensa en Pomona, en Filius, en todos los demás. Eres una de las alumnas más preciadas que ha pisado Hogwarts, y vaya que ha pasado gente por aquí, solo con mis años de estudiante y profesora te podrás imaginar. Apostaría a que podrías ser la primera profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras que permanece en el puesto más de un año.- hizo una pausa, pero sus dedos no paraban de acariciar los mechones de su pelo.- He escuchado a los chicos de Gryffindor conversar en clase, en los pasillos, en la Sala Común y te adoran, así que quien sabe cuantos alumnos saldrían a defenderte también.-
Se separó de Alicia, para tomar sus dos mejillas con suavidad y depositar un beso maternal en su frente.
-Se que es para enfadarse, pero no gastes tus emociones ni lastimes tu corazón con eso, no vale la pena.-
Le sonrió con suavidad y los ojos claros de Alicia que también se habían vuelto rojos y ahora volvían a ser verdes, recuperaron ese brillo de alegría en la mirada.
-Ahora vamos, te invito una taza de chocolate caliente en mi oficina. Disfruta de que ya no tienes restricción de horario como cuando eras alumna.-
Alicia soltó una suave risa, se puso en pie y ayudó a Minerva a levantarse, tomando ambas manos y luego caminando bajo su brazo protector de vuelta al castillo. Cuando pusieron un pie dentro del castillo, Alicia se detuvo, dejando un beso en la mejilla de Minerva y luego dándole un fuerte abrazo.
-Gracias- susurró a su oído.
Minerva sonrió ampliamente, acariciando su pelo y su espalda.
-No lo agradezcas, mi niña.-
