➸ cinco

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—Dime qué ves —murmuró Matteo.

Lo tenía muy cerca. Luna tenía la sensación de que, si diera un pequeño paso atrás, su hombro entraría en contacto con su torso. Sí, lo cierto era que le apetecía tocarlo, pero Matteo se daría cuenta de que lo había hecho adrede y ella no quería que supiera el efecto que tenía sobre ella.

—Demasiado.

¿Por qué había creído que no iba a verlo aquella noche? Matteo Balsano tenía mucho dinero. Era evidente que tenía que estar en eventos así. Por supuesto que recibiría una invitación.

—¿Crees que se trata de un recuerdo doloroso o de una advertencia? —insistió.

—Tal vez, las dos cosas.

—No es un cuadro muy agradable de ver.

—No —concedió Luna.

Aquel hombre era tan alto y tan fuerte, que Luna pensaba en él como si fuera un guerrero y se encontró preguntándose si el cuerpo que había bajo el maravilloso traje hecho a medida sería tan bien marcado y fuerte como lo imaginaba. Aquella idea la intranquilizó todavía más. Tendría que excusarse y alejarse, pues la idea de quedarse conversando con él se le hacía insoportable.

Luna se giró lentamente hacia él e inmediatamente deseó no haberlo hecho. Sus rasgos eran atractivos, Matteo tenía una estructura ósea maravillosa, una boca sensual y unos ojos avellanas que hablaban por sí solos.

—Pareces cansada.

—Gracias por preocuparte —contestó Luna cómo quien no quiere la cosa.

—¿Te molesta que lo haga?

—Por supuesto que no.

Aquello hizo reír a Matteo.

—Vente a cenar conmigo.

Luna pensó en el plátano que se había comido a toda velocidad mientras bajaba en ascensor al aparcamiento y en el agua, el zumo de naranja, el champán y los exóticos canapés que había comido allí. Desde luego, no había sido una cena sana.

—¿Le dolería mucho a tu ego que te dijera que no?

—Acepto que pospongas la cita —sonrió Matteo.

—Yo no he dicho en ningún momento que estuviera dispuesta a aplazar ninguna cita.

—La semana que viene —insistió Matteo.

—Ya veremos.

—¿Cuando hayas consultado tu agenda social? ¿Qué noche te viene bien?

Luna sabía que estaba jugando con fuego. Aquel hombre era capaz de esperar y era imposible saber lo que se proponía.

—¿Si te digo la noche que a mí me viene bien dejarás lo que tengas que hacer para salir a cenar conmigo?

—Sí.

Luna sintió que el estómago le daba un vuelco. Matteo no se había movido, no la había tocado, pero se sentía como si lo hubiera hecho. Era como si el lugar en el que estaban se hubiera evaporado, el ruido y la música hubiera desaparecido y el aire que había entre ellos se hubiera electrificado. A Luna le pareció que el tiempo se había detenido.

¿Cuánto tiempo habían permanecido en silencio? ¿Segundos, un minuto, dos? De repente, Luna se dio cuenta de que Matteo sonreía levemente, se relajaba y su atención se dirigía a otra persona.

—Buenas noches, Mónica.

Al oír su voz, Luna volvió a ver el salón y a sus ocupantes y sintió que la tensión comenzaba a evaporarse de su cuerpo mientras se giraba lentamente hacia su madre.

¿Qué demonios había sucedido? Nada.

Sí, había sucedido algo. Lo había sentido, lo sentía.

—Buenas noches, Matteo —sonrió su madre sinceramente—. ¿Has visto algo de tu agrado?

«Me estoy equivocando», pensó Luna.

Tenía que ignorar a aquel hombre que, evidentemente, estaba jugando con ella. Estaba acostumbrado a los desafíos y, como ya no debía de encontrarlos muy a menudo en su vida laboral, ahora había decidido convertirla a ella en un reto.

—Sí —contestó Matteo—. He visto algo que me voy a reservar para mí.

Estaba hablando de un cuadro, ¿No? ¿Acaso se le había subido el champán a la cabeza y se estaba imaginando que sus palabras ocultaban algo? Luna pensó en tomarse un café, solo, caliente y fuerte, a ver si así se le despejaba la cabeza, pero sabía que, si lo hacía, no dormiría en toda la noche y realmente necesitaba descansar.

Podía poner una excusa e irse, pues su madre era consciente de las semanas de duro trabajo que llevaba a las espaldas y de las horas frenéticas que todavía tenía por delante hasta la noche de la entrega de premios. Sin embargo, el orgullo la llevó a quedarse.

—Quiero enseñarte una cosa —le comentó a su madre señalando el extremo de la sala.

Luna tuvo la sensación de que no había engañado a Matteo ni por asomo, pero, aun así, se despidió de él con una sonrisa y se mezcló con el resto de los invitados en compañía de su madre. Para disimular, andaba lentamente, como si le interesara lo que veía, se paraba a hablar, sonreía a las personas conocidas y aceptaba los cumplidos y los deseos de buena suerte para los premios.

¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Un par de horas? Eran casi las diez de la noche cuando decidió irse. Uno de los porteros se acercó a ella al verla salir.

—¿Tiene el coche aparcado cerca, señorita? —le preguntó.

—Está cerca del mío —contestó una voz demasiado conocida—. Yo la acompaño.

No quería su compañía, no necesitaba sufrir su perturbadora presencia.

«Si me tocas, te pego», pensó Luna bajando las escaleras.

¿Acaso Matteo había hecho coincidir su salida con la de Luna?

Luna no hizo ningún intento de iniciar una conversación y le molestó sobremanera que Matteo tampoco lo intentara pues le habría encantado poder soltarle un comentario grosero.

El trayecto hasta el coche se le estaba haciendo eterno. Ya debía de llevar andando, por lo menos, cinco minutos.

Cuando por fin llegó, suspiró aliviada, desactivó la alarma y alargó el brazo para abrir la puerta, pero se encontró con la mano de Matteo. Se trataba de una mano cálida, fuerte, de dedos largos y sinuosos. Luna retiró la suya como si se hubiera quemado.

—Gracias —le dijo mientras Matteo le abría la puerta.

Luna se subió al coche y se colocó detrás del volante mientras Matteo dejaba una tarjeta de visita en el salpicadero.

—Mi teléfono móvil privado.

¿Le estaba diciendo que lo llamara?

Luna metió la llave en el contacto y puso el motor en marcha mientras Matteo cerraba la puerta.

Mientras conducía, se dio cuenta de que el ligero dolor de cabeza que había tenido durante la última media hora se estaba convirtiendo en una espantosa migraña.

Perfecto, justo lo que necesitaba. Poco sueño y demasiada tensión...

Qué gran alivio sintió al llegar a su casa, desvestirse, quitarse el maquillaje y tomarse un par de analgésicos. Mientras se metía en la cama, se dijo que mañana sería otro día.

Amor Protector [Adaptación/Lutteo]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora