➸ veintiuno

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A la mañana siguiente, Luna entró en la cocina, saludó a Judith, se sirvió un cuenco de cereales y un plato de fruta y salió a la terraza, donde Matteo estaba terminándose el café.

—Buenos días —la saludó.

En unos segundos, se puso en pie, agarró a Luna del mentón y le dio un beso en la boca que duró un poco más de lo estrictamente necesario y que dejó a Luna con ganas de más, lo que era toda una locura.

Aquel hombre estaba invadiendo su vida lentamente, reavivando emociones que Luna no quería volver a sentir. Si quería proteger su corazón, no podía permitirse el lujo de ponerse sensiblera. Llevaba un año entero colocando las piezas con cuidado en su lugar para que soldaran, prometiéndose a sí misma que jamás permitiría que otro hombre le rompiera el corazón, y ahora se encontraba en una situación que no podía controlar con un hombre que alteraba su equilibrio emocional hasta tal punto que quería salir corriendo y esconderse. Dadas las circunstancias, no había escapatoria.

—Esta tarde nos iremos sobre las siete —anunció Matteo.

Luna asintió y se sentó. Matteo se puso la chaqueta Y se fue.

Mientras hojeaba el periódico, sonó el móvil de Luna y al comprobar quién era vio que se trataba de su guardaespaldas.

—La estoy esperando fuera para cuando quiera que la lleve al trabajo.

—Salgo en cinco minutos —contestó Luna.

Había bastante tráfico y tardaron un buen rato en llegar a Bondi. Una vez allí, Gastón aparcó el coche frente a la puerta y apagó el motor.

—No hace falta, que me esperes.

—Matteo me ha dado otras instrucciones —contestó el guardaespaldas entregándole una tarjeta—. Ahí tiene mi teléfono móvil apuntado. Llámeme en cuanto quiera que la lleve a su casa por ropa.

Luna iba a abrir la boca para protestar, pero finalmente no lo hizo.

—Gracias —contestó.

Al entrar en el taller, recibió la enhorabuena de todas sus compañeras, que le hicieron mil preguntas, pues no era fácil entender cómo en tan poco tiempo se iba casar con uno de los solteros más codiciados del país. Menos mal que había mucho trabajo.

A media mañana, Gastón la llevó a su casa a recoger la ropa. Estaba terminando cuando sonó el teléfono móvil y, al descolgar, Simón comenzó a soltarle un torrente de insultos. Estaba ya tan acostumbrada, que Luna tuvo el reflejo de dejar la función de grabar. Al comprobar el contestador automático vio que también había otros dos mensajes de Simón igual de espantosos.

Aquella tarde, Luna eligió un vestido de seda color jade, lo combinó con una pashmina adornada da con hilo dorado, tacones altos y bolso dorado también y le añadió un broche, pendientes y pulsera de diamantes.

Matteo estaba increíble con su traje de gala, camisa blanca y corbata negra.

Mientras bajaba las escaleras para reunirse con él, Luna pensó que debería estar prohibido que un hombre pudiera emanar tanto poder y sensualidad.

El Bentley los esperaba aparcado en la entrada y Luna se sorprendió al ver que Gastón se subía en el 4x4 en el que la había llevado a ella y los seguía.

—Por precaución —le explicó Matteo.

Al cabo de un rato, llegaron a un puerto privado. Aquello no era un yate, era una mansión flotante en la que Luna reconoció a un aclamado doctor australiano y a su esposa, a tres empresarios de renombre, a dos parlamentarios, a una presentadora de televisión y su novio y a una modelo extranjera que se había convertido en actriz. Casi treinta invitados, con los anfitriones incluidos, que charlaban, bebían champán francés y degustaban exóticos canapés.

Todo el mundo les daba la enhorabuena y Luna estaba sonriendo tanto, que empezó a dolerle la cara. Matteo no se separó de ella ni un solo momento. Luna no sabía si para protegerla o para asegurarse de que no se saliera del guión.

En un momento dado, Matteo deslizó la mano desde la nuca de Luna hasta su cintura y siguió bailando y bajando... hasta colocársela sobre la base de la columna vertebral, lo que hizo que Luna tragara saliva y se diera cuenta de que le hervía todo el cuerpo y de que todas y cada una de sus terminaciones nerviosas estaban disparadas. Lo tenía tan cerca, que olía su perfume y se dijo que desearía poder dar marcha atrás en el tiempo unas cuantas semanas y volver a cuando su vida era normal.

Una vez sentada a la mesa para cenar, conversó con los demás invitados que tenía cerca y fingió que era la mujer más feliz del país. Y lo habría sido si su compromiso hubiera sido real y Matteo, el amor de su vida. Como si sintiera que tenerlo tan cerca la alteraba sobremanera, Matteo deslizó la mano por debajo de la mesa y se la puso en el muslo durante unos segundos.

En aquel momento, un invitado les preguntó para cuándo era la boda y Matteo, agarrando a Luna de la mano, contestó que muy pronto, y le besó la palma. Aquel gesto evocador y sensual hizo que Luna maldijera a Matteo en silencio por fingir su parte tan bien.

Cuando Luna creyó que ya estaba casi a salvo después de la cena, los anfitriones anunciaron que habían contratado a un pinchadiscos para amenizar la velada y animaron a todo el mundo a bailar, así que Luna se encontró entre los brazos de Matteo, manteniendo a raya la tentación a apretarse contra su cuerpo para comprobar si estaba tan excitado como ella. Al final, decidió no hacerlo, pues le pareció que sería más fácil seguir adelante con la farsa así. Si resultaba que Matteo estaba excitado, no podría volver a mirarlo a los ojos, y le resultaría mucho más difícil desempeñar su papel, al que cada vez le estaba tomando más cariño, lo que era una locura.

Cuando, por fin se fueron, Gastón los siguió a una distancia prudente hasta Vaucluse.

Oyó un ruido de repente, pisadas detrás de ella, así que comenzó a caminar más rápido y terminó corriendo. Era de noche, las farolas de la calle estaban encendidas, pero no había nadie cerca. Su edificio estaba justo enfrente, pero, cuanto más corría, más lejos lo tenía. Las pisadas se acercaban cada vez más. Luna sabía que, de un momento a otro, sentiría unas manos en la espalda que la tirarían al suelo. No quería que le pegaran otra vez. Un grito desesperado nació de su garganta, pidió socorro, pero no había nadie...

—Luna.

Luna comenzó a dar puñetazos al aire, intentando zafarse de las manos que la tenían aprisionada.

—¡Suéltame! —gritó.

Al instante, sintió el cuerpo de alguien sobre el suyo.

—Tranquila —le dijo una voz al oído—. Es una pesadilla.

Oh no.

—No me lo puedo creer —se lamento Luna con voz trémula mientras se apartaba de Matteo y se quitaba el pelo de la cara.

No podía soportar que la viera así de vulnerable. Hacía tiempo que no necesitaba pastillas para dormir, pero al día siguiente iría al médico para que se las recetara.

—¿Quieres que hablemos de ello?

—¿Nos vamos a poner a hacer terapia, Matteo?

—Lo que haga falta.

—¿Para que no vaya deambulando por la casa activando el sistema de infrarrojos?

—Sí —sonrió Matteo.

Su presencia le daba cierta seguridad.

Por un momento, Luna se entregó a la locura de preguntarse cómo se sentiría disfrutando de su protección, compartiendo su vida, su cama, cómo sería despertase en mitad de la noche sabiendo que lo tenía al lado. Cómo sería amarlo y sentirse amada por él.

Amor Protector [Adaptación/Lutteo]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora