➸ veintidós

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Pero no debía olvidar que lo que Matteo le ofrecía no era amor.

¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Acaso era porque era de noche? Aquello de jugar a fingir era peligroso porque le hacía pensar demasiado y desear demasiado, desear algo que jamás tendría.

—Creo que sería mejor que te fueras.

¿Aquella voz era suya? ¿Aquella voz que era casi un susurro, producto del deseo?

Pídeme que me quede...

Luna lo miró con los ojos muy abiertos.

—No puedo —contestó.

—¿Tienes miedo? —le preguntó Matteo.

«No por la razón que tú crees», pensó Luna. Bastaría con que Matteo la besara para que estuviera perdida. Si lo hacía, sabía que jamás volvería a ser la misma. ¿Se daría cuenta Matteo de su batalla interna?

—Lo que tú quieras —le dijo él.

Luna no podía hablar, no podía dejar de mirarlo a los ojos. Pasaron los minutos y la habitación se evaporó, sólo existía Matteo o, la tensión eléctrica y la sensación de que estaba al borde de un precipicio. Un paso atrás y estaría a salvo, pero, si diera un paso adelante... ¿Volaría o caería? ¿Cómo lo iba a averiguar si nunca se arriesgaba? Matteo se puso en pie, la miró, se giró y avanzó hacia la puerta. Luna sintió que el corazón se le disparaba. Sería una cuestión de segundos y Matteo se habría ido y ella se sentiría más sola que nunca, pero las palabras no le salían de la boca. Cuando vio que Matteo ponía la mano en el pomo de la puerta...

Quédate —susurró—. Por favor —añadió.

—¿Estás segura? —le preguntó Matteo girándose hacia ella—. Si me quedo, no habrá marcha atrás.

Luna cerró los ojos, los volvió a abrir y se dio cuenta de que tenía la respiración entrecortada.
Su mente y su cuerpo eran dos entidades separadas. Aquello era una locura. ¿Qué estaba haciendo?

Matteo la miró a los ojos y avanzó hacia ella cuando llegó a la cama, alargó el brazo y le tendió la mano.

—Ven —le dijo.

¿Quería que se levantara de la cama? Luna reposó su mano en la de Matteo y así lo hizo.

—Mírame —le dijo Matteo, acariciándole la mejilla.

Deslizó la mano hasta su mandíbula, acarició la curva de su labio inferior e inclinó la cabeza hacia ella. Sus labios se tocaron con una caricia suave que dejó a Luna con el deseo de algo más. Fue ella la que abrió la boca, fue ella la que buscó la lengua de Matteo con la punta de la lengua y la que comenzó la exploración con un mordisquito.

Matteo le apartó un mechón de pelo de la cara y acarició la cicatriz que tenía en la base de la nuca, aquélla que, según el informe médico, se había producido por llevar una cadena alrededor del cuello. Deslizó los labios por su garganta y percibió cómo a Luna se le ahogaba la respiración cuando buscó la cicatriz con la boca. Fue una caricia evocadora, suave, seguida de un beso abrasador en la boca.

Matteo le acarició la espalda, la columna vertebral y la cintura mientras Luna se dejaba hacer y absorbía su aroma masculino al acariciarle los hombros, los brazos a las costillas. No era suficiente. Quería tocarlo, quería sentir su piel desnuda, quería explorar su cuerpo.

—Fuera ropa.

La voz de Matteo sonaba grave, Luna buscó el borde de la camiseta que Matteo llevaba y se la quitó. Ahora ya lo tenía desnudo de cintura para arriba y no dudó en tocarlo. Al principio, lo hizo tímidamente... en el pecho... alrededor de uno de los pezones y luego el otro, explorando... luego, siguiendo la necesidad de saborearlo, sacó la lengua y le masajeó los pezones en círculos con ella hasta que notó que se endurecían.

Matteo la besó con pasión, le acarició con la yema del dedo pulgar la base del cuello y siguió bajando, hasta su escote. Luna sintió que un primitivo sortilegio se apoderaba de ella y, allí donde Matteo la tocaba, sentía que el deseo se apoderaba de ella. Sentía las manos de Matteo en la cintura y, poco a poco, le fue levantando el camisón de algodón hasta que se lo quitó y sus pieles desnudas entraron en contacto. Al principio, Luna sintió la necesidad de cubrirse los pechos, pero Matteo no se lo permitió.

—Apaga la luz —le indicó entonces.

—No —contestó Matteo muy serio—. Me gusta mirarte. Eres preciosa.

Luna bajo la mirada y sonrío tímidamente.

—Tú todavía no estás desnudo del todo —protestó.

—Eso se arregla en un momento —contestó Matteo bajándose la cremallera de los pantalones despojándose de ellos.

Era maravilloso verlo completamente desnudo excitado. Le gustaba tanto, que Luna no dudó alargar el brazo, fascinada por la forma y la textura de su pene.

—Despacio, cariño —le indicó Matteo retirándole la mano y llevándosela a los labios—. No querrás que esto se acabe antes de haber empezado.

Luego, comenzó a besarle los pechos hasta hacerla gritar de placer. Luna sintió sus dedos en la cintura, alrededor de su ombligo, antes de seguir hacia el interior de sus muslos. Luna ahogó una exclamación cuando Matteo le separó las piernas y los labios vaginales y comenzó a explorar sin prisas, haciendo que Luna se apretara contra su mano pues cada vez quería y necesitaba más. Sus caricias hicieron que se lubricara tanto, que le permitiera introducir dos dedos en el interior húmedo de su cuerpo. Cuando Matteo encontró su clítoris, Luna dio un respingo de placer. Las sensaciones eran salvajes, tan intensas que no podía controlarlas.

Cuando Matteo se arrodilló ante ella y recorrió el mismo camino con la boca bajando y bajando hasta llegar a su vagina totalmente depilada, no pudo evitar gritar. Luna se agarró a él y permitió la invasión, indicándole con una voz que no reconocía como propia que siguiera mientras un fuego líquido abrasaba su cuerpo y llegaba el clímax, saltando en mil pedazos, disfrutando de aquella exquisita sensación que aquel hombre le había regalado.

Con infinito cuidado, Matteo comenzó a trazar una hilera de besos por todo su abdomen, subió entre sus pechos, se paró en su esternón y se apropió de su boca mientras la tomaba en brazos y la depositaba en la cama. Luna le pasó los brazos por el cuello mientras Matteo colocaba una rodilla entre sus muslos para separarlos y se colocó sobre ella.

Luna se dijo que debería decirle algo, pero era demasiado tarde, pues ya estaba sintiendo la invasión, los tejidos apretados que se iban acomodando al desconocido, la barrera, algo de dolor... De repente, se dio cuenta de que Matteo se había quedado muy quieto.

—¿Por qué no me lo has dicho? —le preguntó tras maldecir en un idioma que Luna no entendió.

Luna giró la cabeza, pero Matteo la obligó a volver a mirarlo.

—¿Qué más da? —grito Luna con lágrimas en los ojos.

Matteo tomó aire y apretó los dientes.

—Habría tenido cuidado para no hacerte daño —contestó retirándose.

—No —le dijo Luna.

—Luna...

—No pares —le pidió a pesar de que le costaba mucho—. Por favor —insistió.

Matteo se quedó quieto unos segundos, pero terminó besándola en la boca lenta y apasionadamente y volviendo a introducirse en su cuerpo por completo.

A Luna le gustó, le gustó muchísimo.

—¿Estás bien? —le preguntó Matteo.

Luna le puso la mano en la nuca y atrajo su cabeza hacia sí, se apoderó de su boca y lo hizo jadear de placer. Instintivamente, basculó la pelvis para animarlo y Matteo comenzó a moverse. Al principio lo hizo lentamente y, luego, a medida que Luna fue uniéndose a sus movimientos, fue acrecentando el ritmo. Exultante, Luna dejó que Matteo la llevara de nuevo hacia el orgasmo.

Después, la abrazó con fuerza. Luna cerró los ojos y se sumergió en un profundo sueño... mientras el hombre que tenía a su lado permanecía despierto toda la noche.

Amor Protector [Adaptación/Lutteo]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora