➸ siete

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Matteo se apartó lentamente y Luna se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, asegurándose una y otra vez que aquello no había significado nada.

Había sido sólo un beso entre abrazos y besos de enhorabuena. Mentira. El beso de Matteo había sido especial y había despertado en ella emociones que había desechado de su vida hacía tiempo. Luna no podía dejar de mirarlo.

«Por favor, no quiero que suceda esto», se dijo.

Luna lo estaba mirando a los ojos, pero no era capaz de leer nada en su oscura mirada. Cuando llegó otra persona a darle la enhorabuena, consiguió sonreír y hablar, pero le dio la sensación de que lo estaba haciendo con el piloto automático. Matteo había desaparecido.

¿Por qué la habría besado así? ¿Para impresionarla? ¿Sería acaso que estaba jugando con ella para darle celos a Ámbar?

Aquella última opción la enfadó sobremanera. No estaba dispuesta a dejar que ningún hombre la utilizara y, menos, Matteo Balsano. Por supuesto, se lo iba a decir en cuanto lo viera.

Los premios recibidos aquella noche hicieron que las invitaran a participar en una gala benéfica aquel verano y en un montón de desfiles durante los próximos meses.

—Voy a ir a ayudar a las chicas a cargar la ropa en la furgoneta —comentó Nina.

—Voy contigo —contestó Luna.

El ambiente estaba menos cargado, las modelos se habían cambiado de ropa y la mayoría se habían ido junto con los peluqueros y las chicas de maquillaje. En el vestuario, reinaba la camaradería y, si los diseñadores que no habían ganado estaban enfadados, no lo demostraban.
Las ayudantes de Luna y de Nina lo tenían todo organizado, los zapatos, los accesorios, la bisutería, cada cosa en su caja y la ropa en sus bolsas especiales. Ya sólo quedaba cargarlo todo en la furgoneta para volver al taller.

—Me gustaría decirte una cosa antes de irme. Quería darte las gracias por haber venido —se despidió Luna de Ámbar.

—Es mi trabajo —contestó la modelo, encogiéndose de hombros—. Yo también quiero decirte una última cosa antes de irme. No toques a Matteo — añadió mirándola con frialdad.

—No lo he tocado en ningún momento —contestó Luna sinceramente, pues había sido él quien la había tocado a ella.

Ámbar la miró con aire despectivo y se dirigió a la puerta. Era un secreto a voces que la modelo estaba loca por el joven millonario de origen italiano, exactamente igual que otras muchas mujeres de la alta sociedad de la ciudad. Pero no Luna Valente. De ella, precisamente, Ámbar no tenía nada que temer. Aquella ironía hizo sonreír a Luna.

—Ya hemos terminado —anunció Nina—. ¡Vámonos de fiesta! —añadió, diciéndole el nombre de un bar al que se podía ir andando desde allí—. Supongo que tu madre nos estará esperando allí y Matteo, también.

Luna sintió que corazón le daba un vuelco.

—¿Por qué crees que Matteo va a estar esperándonos en ese bar?

—Porque he visto cómo te besaba y es evidente que quiere más, porque estaba hablando con tu madre cuando les he hecho la invitación y porque ya va siendo hora de que empieces a salir con hombres otra vez —contestó su amiga.

—¿Desde cuándo me organizas la vida?

—Sólo te organizo la noche —sonrió su socia—. Lo que pase luego no es asunto mío.

—Luego no va pasar absolutamente nada.

—Ya.

—Matteo no me interesa —le aseguró Luna.

—Pero tú sí que le interesas.

—No creo que sea nada más que un desafío para él —sonrió Luna—. Algo así como besar a la dama de hielo para ver si consigues que se derrita.

—¿Y lo ha conseguido? ¿Te has derretido?

Completamente, pero no estaba dispuesta decírselo a nadie.

—Confieso que tiene práctica en el arte del besar.

—¿Pero no te ha producido ninguna reacción tipo encoger los dedos de los pies, sentir un nudo en la boca del estómago ni como que estás volando alrededor del planeta?

Por supuesto que sí.

—No —mintió Luna, encogiéndose de hombros.

El equipo de Arabelle estaba ya sentado en una mesa cuando llegaron Luna y Nina. Sobre la mesa, había champán y comida para picar.

Matteo se puso en pie y le indicó la silla que había a su lado y antes de que a Luna le diera tiempo de negarse, Nina se había sentado enfrente y la había dejado sin opción.

Brindaron con champán varias veces, se rieron mucho y Luna sintió que el corazón le daba un vuelco cuando Matteo tocó su copa de champán con la suya y se quedó mirándola a los ojos. Lo tenía sentado demasiado cerca, sentía su muslo a tan sólo unos centímetros y su potente masculinidad. Luna sentía sentimientos ambivalentes corriendo por sus venas, susurrándole al oído lo que podría ser si tuviera el valor de dejarse llevar.

Sin embargo, no se atrevía. Tenía miedo de abrirle el corazón, su vulnerable corazón, a un hombre que podría destrozarla. Era mucho más inteligente por su parte reprimirse y no tener nada con ningún hombre y, menos todavía, con Matteo Balsano.

A medianoche, las chicas comenzaron a irse y, tras despedirse con abrazos en la acera, Matteo se ofreció a llevar a Luna a casa.

—No, voy a llamar a un taxi.

—De eso, nada.

¿Eran imaginaciones suyas o todo el mundo se había evaporado con discreción y rapidez? Incluso su madre.

—No digas tonterías.

Matteo la tomó de la mano.

—Tengo el coche aparcado aquí cerca.

—¿Eres siempre así de marimandón?

—Digamos que le he prometido a tu madre que te iba a dejar en casa sana y salva.

Y así fue cómo Luna se encontró sentada en un lujoso vehículo. ¿Habría sido porque había bebido demasiado champán o porque la habían manipulado?

El habitáculo del coche pronto se llenó de los acordes de una música maravillosa, Luna echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos mientras pensaba en la velada, en la ropa, en las modelos, en el jurado, en la victoria. Y en el beso de Matteo. La palabra que se le ocurrió fue «Increíble ».

¿Qué tal amante sería?

No tenía ninguna intención de descubrirlo. No, no debía adentrarse en aquel territorio pues su intuición le advertía que jamás sobreviviría con las emociones intactas.

Además, ¿Cómo olvidar la amenaza de Simón Álvarez cuando le había dicho que no iba a casarse con él? «Si se te ocurre salir con otro hombre, te mato», le había dicho.

Durante dos años, había conseguido no acercarse a ningún otro hombre porque no había querido.

Luna se aseguró que nada había cambiado, pero lo cierto era que no era así. Algo había cambiado y no sabía qué hacer al respecto.

Amor Protector [Adaptación/Lutteo]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora