➸ veintinueve

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A la mañana siguiente, Luna se levantó temprano y se quedó quieta para no molestar a Matteo, pensando en todas las semanas que habían transcurrido, en la ansiedad tanto emocional como mental.

Ahora todo había terminado.

Luna no sabía si alegrarse o ponerse a llorar. Era libre para volver a su vida, ya no tenía que seguir bajo la protección de Matteo, podía volver a su casa. Entonces, ¿Por qué dudaba? Porque se quería quedar, quería comprometerse. Todo o nada. ¿Iba a ser capaz de arriesgarse? ¿Se iba a atrever? No...

Esperaría a que Matteo se fuera a trabajar y, más tarde haría las maletas. La noche anterior había sido muy especial. Todas las veces que habían hecho el amor habían sido especiales, pero lo de anoche había sido un banquete para los sentidos, una relación primitiva e imposiblemente erótica.

El desayuno sería la última comida que compartirían. Luego, se despediría de él con un beso como si no pasara nada. Podía hacerlo, ¿Verdad? Tampoco podía ser tan difícil. ¿Cómo que no? Fue lo más difícil que Luna había hecho en su vida.

Mientras veía cómo Matteo iba hacia la puerta, sentía que el corazón se le partía. «No pienses, no llores, sube las escaleras, recoge tus cosas y vete. Deprisa», se dijo.

Luna estaba terminando de hacer la bolsa cuando tuvo la sensación de que alguien la observaba.

—¿Qué haces?

—¿Matteo?

Luna se giró y comprobó que, efectivamente, era él.

—Creía que te habías ido.

—Eso no contesta a mi pregunta —respondió Matteo mientras Luna seguía haciendo la maleta.

—Vuelvo a mi casa —contestó Luna.

—No, de eso nada.

—Ya no hay razón para que siga aquí.

—¿Cómo que no? ¿Y lo que hemos compartido? ¿Qué es?

—Sexo.

—¿Sólo sexo? —se indignó Matteo.

—He dejado el anillo en el cajón de arriba de la mesilla.

—Quédate.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

—Ha sido maravilloso mientras ha durado —contestó Luna.

—Maldita sea, te pedí que te casaras conmigo.

—Lo que me propusiste fue un matrimonio de conveniencia —le recordó Luna.

—Te puedo ofrecer todo lo que quieras.

«Excepto lo que de verdad necesito, tu amor», pensó Luna.

—Te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí —le dijo sinceramente.

—¿De verdad crees que te voy a dejar marchar?

—No me lo puedes impedir.

—¿Qué quieres para quedarte? Dime cuál es tu precio.

—No hay ningún precio —contestó Luna.

Sólo dos palabras. Luna metió la última prenda en la maleta y la cerró.

—Luna.

—Seguro que nos veremos en alguna fiesta.

Matteo se quedó mirándola intensamente durante unos segundos.

Luna agarró las maletas y comenzó a bajar las escaleras. Juntos, avanzaron hacia el garaje en silencio. Una vez allí, Luna desactivó el sistema de alarma de su coche y abrió el maletero para que Matteo metiera las maletas.

Había llegado el momento que tanto había temido.

¿De verdad es esto lo que quieres? —le preguntó Matteo.

Luna asintió, pues no quería hablar, abrió la puerta y se colocó al volante. Encendió el motor, metió primera y se fue. Ya lloraría cuando estuviera sola.

Su casa se le hacía oscura y solitaria, así que Luna pasaba muchas horas en el taller, negándose a atender ninguna llamada personal que no fuera de su madre. No aceptó ninguna invitación a actos sociales y le confesó a Mónica que el compromiso con Matteo había sido una farsa para hacer caer a Simón.

Los días se convirtieron en semanas y Luna se dijo que estaba bien, pero comía poco y dormía menos. Todas las noches soñaba que estaba Matteo en su cama y se despertaba bañada en sudor. Sola. Menos mal que tenía el trabajo para distraerse.

Una mañana, la llamó su madre para invitarle a cenar y, aunque a Luna no le apetecía nada salir, se sintió obligada a decir que sí. Poco antes de las siete de la tarde, duchada y arreglada, bajó al vestíbulo de su edificio y vio el coche de su madre, que la estaba esperando en la calle.

—Cariño, estás preciosa.

¿De verdad? No lo había hecho adrede. Simplemente, se había puesto un pantalón de fiesta de color verde esmeralda, zapatos de tacón y se había dejado el pelo suelto.

—¿Adónde vamos?

—Es una sorpresa.

Eran casi las siete y media cuando Mónica la condujo a un restaurante pequeño e íntimo donde el mesero las saludó con educación y las sentó en una mesa con un ramo de flores espectacular.

Luna se dio cuenta de que eran las únicas personas que iban a cenar y así se lo hizo saber a su madre.

—Siéntate, cariño, yo tengo que ir hablar un momento con el mesero.

Luna se sentó y se fijó en que todas las mesas tenían una vela. Al cabo de unos segundos, se acercó un camarero y le dijo que le iba llevar agua y la lista de vinos. Lo cierto era que Luna no tenía mucha hambre, pero, tal vez, una copa de vino le diera fuerza y le abriera el apetito. ¿A qué olía? ¿Champiñones salteados? ¿Pan con hierbas?

Su madre estaba tardando un rato. ¿Y dónde se había metido el camarero?

Al sentir un movimiento, levantó la mirada y se quedó de piedra al ver a Matteo caminando hacia ella, alto y muy masculino.

Amor Protector [Adaptación/Lutteo]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora