➸ veinticuatro

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—¿Has tenido un mal día?

Al oír la voz de Matteo, abrió los ojos sobresaltada.

—¿Qué haces aquí?

Matteo se había cambiado de ropa y ahora llevaba unos pantalones de tela y un polo. Estaba increíblemente guapo. El algodón del polo marcaba sus hombros, resaltaba sus bíceps y marcaba su imagen de poder.  Demasiado poder.

Luna recordaba perfectamente cómo la habían abrazado aquellos brazos y cómo la habían acariciado aquellas manos. Sexo, pasión electrificante.

—Me parece que me tienes que contar una cosa.

—Supongo que ya te lo habrá contado Gastón con todo lujo de detalles —contestó Luna.

—Sí, pero me gustaría que me lo contaras tú —insistió Matteo.

—Estoy en desventaja —protestó Luna, haciendo referencia a que estaba metida en la bañera.

—El lugar donde nos íbamos a encontrar lo has elegido tú —le recordó Matteo.

—No esperaba que invadieras mi intimidad —le espetó Luna.

—Pues te has equivocado.

Matteo agarró una toalla, la desdobló y se la ofreció. ¡Si se creía que iba a salir de la bañera con él delante, ni loca!

—Vete el infierno —le dijo Luna, tirándole la esponja y dándole en el pecho.

Matteo se acercó y quitó el tapón de la bañera. Luna protestó al ver que el agua comenzaba a salir.

—Eres un... —dijo, aceptando la toalla y cubriéndose con ella.

Aquello era demasiado. Aquel hombre era demasiado. Luna sintió estúpidas lágrimas en los ojos.

—Vete. Por favor.

El «Por favor», le llegó a Matteo al alma.

—Ya hablaremos de esto más tarde —le dijo girándose y saliendo del baño.

Luna se puso crema hidratante por todo el cuerpo se vistió y bajó al comedor, donde Matteo la estaba esperando. Judith era una cocinera maravillosa pero Luna no tenía mucha hambre aquella noche. Estaba muy nerviosa y quería que la cena terminara para escapar a su suite con el pretexto de trabajar.

—Quiero que me prometas que no vas a volver a intentar nada parecido a lo de esta tarde —le dijo Matteo muy serio.

—No pienso permitir que me trates como a una niña desobediente —le advirtió Luna.

—Eres una adulta responsable, ya lo sé —contestó Matteo—. ¿En qué demonios estabas pensando?

—Pues entonces... basta —se enfadó Luna.

—Tranquila, Luna. Enfadarte conmigo no va a arreglar la situación.

Matteo tenía razón y a Luna le molestaba sobremanera que siempre la tuviera. Enfadada, dejó los cubiertos sobre el plato, dobló la servilleta y se puso en pie.

—Tienes razón —le dijo con demasiada educación—. Disfruta de la cena —añadió muy fría—. Buenas noches.

Le encantó irse con dignidad aunque sabía que la victoria no era tal, pues Simón no tardaría en volver a llamar. Quería salir de aquella situación... de aquella casa de la vida de Matteo y del falso compromiso pero estaba atrapada y lo cierto era que no se le ocurría otra manera de librarse de Simón y de poder volver a su vida normal.

Como de costumbre, trabajar un poco antes de dormir le hizo bien, y aquella noche no tuvo pesadillas, descansó y se levantó de buen humor. Un buen humor que le duró muy poco al ver a Matteo salir del baño medio desnudo. Entonces, se dio cuenta de que las sábanas estaban revueltas a su lado.

—¿Has dormido aquí? —se indignó.

—Después de lo de anoche, me pareció lo más normal —contestó Matteo, enarcando una ceja.

—Esto es intolerable —se indignó Luna sonrojándose.

¿Había dormido a su lado y no se había dado cuenta? ¿Cómo había sido aquello? Luna se dio cuenta de que aquella noche había dormido profundamente. De hecho, había sido la mejor noche en mucho tiempo. No había soñado, como si su subconsciente supiera que estaba en un lugar seguro con un hombre que la protegería durante toda la noche y que había contratado a otra persona para que hiciera lo mismo durante el día.

Poder dormir tan bien con el miedo que tenía desde que Simón había vuelto aparecer en su vida era un milagro. Gracias a Matteo, podría lidiar con el miedo, pues estaba segura de la protección de aquel hombre al que casi se atrevería a amar. Si él la amara también. ¡Pero eso no iba a suceder!

—No puedes dormir conmigo —le dijo.

—No creo que durmamos mucho —se burló Matteo—. La cama es muy grande, así que, si quedas más tranquila, puedes poner un muro de almohadas entre los dos.

—¿Te has vuelto loco?

—¿Por qué te has vuelto tan pudorosa?

—¡Lo sabes perfectamente!

—El acuerdo entre nosotros sigue en pie.

—Y un pimiento.

¿Tienes miedo, Luna? ¿De mí o de ti?

—Sólo te falta asegurarme que no te vas a acercar.

—Por supuesto —contestó Matteo muy serio—. En tu suite o en la mía. Tú eliges.

La verdad era que la habitación de él era más grande, tenía dos baños y dos vestidores y... ¿Pero en qué demonios estaba pensando?

—Ahora mismo no tengo tiempo de pensar en esto, me tengo que vestir para irme a trabajar.

—Entonces, elijo yo —contestó Matteo—. Cambia tus cosas a mi suite.

—Cuando los burros vuelen.

—En ese caso, lo haré yo.

—No puedes...

—Ya lo verás.

—¿Por qué? —gritó Luna, desesperada.

—Porque, así, podré estar a tu lado cuando comiences a tener pesadillas, antes de que llegues al punto de terror en el que comienzas a gritar pidiendo ayuda.

Era evidente que Matteo lo entendía muy bien que había visto lo que le sucedía cuando revivía el intento de violación de Simón.

Te estás pasando en tu papel de protector —le advirtió Luna.

¿Y qué?

Amor Protector [Adaptación/Lutteo]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora