➸ trece

2.3K 127 3
                                        

Luna se despertó temprano, se preparó una infusión y se sentó cómodamente en una butaca cerca del ventanal que daba a la terraza desde la que se veía la bahía. Hacía un precioso día de principios de verano, el sol brillaba con fuerza y reflejaba en la superficie del océano. Los más madrugadores ya estaban en la playa. A Luna le encantaba aquella vista siempre cambiante que había desde su casa.

Media hora después, se había cambiado de ropa y iba andando hacia el trabajo. Diseñar un vestido para reemplazar al rojo no iba resultar fácil porque iba a tener que ser mejor que el anterior, que había ganado el premio del Certamen de la Moda.

Luna estuvo trabajando toda la mañana, descartando ideas y al mediodía le pareció que tenía algo que le gustaba, así que se permitió irse a comprar un sándwich vegetal para comer.

Nada más poner un pie en la calle, tuvo la sensación de que alguien la observaba. Al instante, pensó en Simón y se estremeció de miedo. Aun así, siguió andando sin mirar atrás, como si nada la hubiera perturbado. No se volvió a sentir bien hasta que no hubo vuelto al taller, pero la tarde no se dio bien, pues una costurera se puso enferma y una máquina se averió.

Para cuando llegó la hora de irse a casa, Luna estaba cansada y nerviosa. Cada vez que sonaba el teléfono, se le hacía un nudo en la boca del estómago y le pedía a Nina que contestara, pero no fueron más que llamadas de negocios y Mónica.

Lo único que quería era irse a casa, darse un buen baño de espuma y descansar, pero, gracias a Matteo Balsano, los medios de comunicación se habían fijado en ella y Simón la acechaba.

«Te estoy vigilando».

¿La habría estado esperando en la puerta de su casa aquella mañana? ¿La habría seguido hasta el trabajo? ¿La estaría esperando sentado en su coche a que saliera y cerrara el taller? La idea de que estuviera planeando otro ataque era insoportable.

Podría haberse quedado en el taller, pues tenía muchas cosas que hacer, pero prefirió salir con Nina y con las dos ayudantes. Al hacerlo, vio un Bentley plateado apartado frente al taller y a Matteo apoyado en la puerta del copiloto.

—Hola —la saludó, haciendo que Luna se pusiera todavía más nerviosa.

Aquel hombre siempre llevaba unos trajes impecables que resaltaban su cuerpo y su masculinidad y... aquella boca de pecado que besaba con sensualidad y le enviaba a una a la estratosfera...

Durante unos breves minutos, Luna se olvidó de quién era y de dónde estaba y se encontró transportada a un lugar donde no existía el miedo ni la inseguridad, sólo la promesa de la pasión y el hombre que se la podía dar si ella se atrevía a dejarlo hacer. Luna se dio cuenta de repente de que Nina y las chicas se habían ido.

—Hola —contestó, intentando sonar serena.

Matteo, que parecía relajado pero alerta al mismo tiempo, se acercó a ella aunque Luna hubiera preferido que no lo hiciera porque la alteraba y, en aquellos momentos, ya se sentía suficientemente alterada preguntándose si Simón estaría en uno de los coches aparcados, observándolos...

—Había pensado que, quizás, te apeteciera salir a cenar.

—Tengo otros planes —contestó Luna—. Gracias, pero...

Matteo la miró intensamente y se fijó en que estaba pálida y tenía ojeras.

—¿Gracias, pero?

—Matteo...

—Dame ese gusto.

—No puedo —contestó Luna apartándose un mechón de pelo de la cara.

—¿Te tienes que ir a lavar el pelo? —le preguntó Matteo en tono divertido—. ¿O es que tienes que limpiar la casa y escribirle a tu tía Sally?

—No tengo ninguna tía que se llame Sally.

—¿Eso es bueno?

—Ni bueno ni malo, no digas tonterías.

—Sólo será media hora —insistió Matteo.

Luna era consciente de que debería decir que no porque, si Simón los estuviera observando y la viera irse sola, a ella por un lado y a Matteo por el otro, creería que había ganado. ¿Y qué? ¿Dejaría entonces de agobiarla? No claro que no. Lo que tenía que hacer era ir a denunciarlo a la policía. Claro que lo único que le dirían sería que pidiera una orden de alejamiento y que interpusiera una demanda si Simón se acercaba.

Maldición. Lo cierto era que tenía hambre y media hora no era mucho tiempo, así que seguro que no pasaba nada.

—Está bien —accedió.

Así fue cómo avanzaron por Campbell Parade, eligieron una cafetería que a los dos les gustó, se sentaron dentro y pidieron la cena.

—¿Qué tal te ha ido el día? —le preguntó Matteo.

—No muy bien —contestó Luna mientras observaba cómo Matteo echaba azúcar en el café.

Aquel hombre tenía unas manos preciosas, unas manos de las que había disfrutado cuando le habían acariciado la nuca y el rostro. Stop. Recordar sus caricias la volvía loca, así que Luna probó el café para ganar tiempo y lo observó por encima del borde de la taza.

A Matteo se le daba muy bien actuar con aquella apariencia enigmática. Demasiado bien, pues todo el mundo sabía que bajo aquella fachada de persona relajada había una mente muy astuta.

—Una de las chicas se ha puesto enferma y una máquina se ha estropeado —le explicó Luna encogiéndose de hombros—. Muchas cosas que hacer y poco tiempo lo de siempre —añadió, decidiendo que era mejor que la conversación no se pusiera demasiado seria—. ¿Y tú?

—Lo de siempre también, una reunión importante y algunas llamadas...

Nada que no pudiera hacer con una mano a la espalda.

El camarero les llevó el risotto de setas, espinacas y piñones con queso parmesano que habían pedido. El arroz resultó estar delicioso y Luna comió encantada, fijándose en Matteo y en lo guapo que era. Tenerlo tan cerca era realmente insoportable y fue todo un alivio cuando terminó de cenar y pidió otro café con la esperanza de poder irse después de haber pagado su parte.

Pero las cosas no salieron así, pues Matteo insistió en que la idea de invitarla a cenar había sido suya y pagó él, así que Luna le dio las gracias y, cuando salieron a la acera, anunció que tenía mucho trabajo y que tenía que irse a casa. Podría haberse ido inmediatamente y Matteo no se lo habría impedido, pero, por alguna extraña razón, sus pies no obedecieron a su cerebro.

—Te llevo en coche —se ofreció Matteo.

—No hace falta, vivo a un par de manzanas de aquí.

—Voy precisamente en esa dirección —insistió Matteo, sonriéndole divertido.

¿Siempre eres así de...?

¿Insistente? Sí, cuando quiero algo, Voy a por ello.

Amor Protector [Adaptación/Lutteo]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora