Luna se pasó la mayor parte del fin de semana trabajando para el Certamen de la Moda, mirando y remirando una y otra vez la selección de prendas que Nina, su socia, y ella había elegido para participar en las diferentes secciones.
El jurado, compuesto por un grupo de expertos, iba a tener en cuenta la tela, el corte y la confección antes de dar la nota final al ver la prenda desfilar en el cuerpo de una modelo. Eso significaba que había que cuidar todos y cada uno de los detalles para que estuvieran perfectos o casi perfectos. Ganar cualquier categoría significaba despertar el interés del público y vender más. Aunque, en realidad, lo que Luna quería de verdad era trabajar con buenos tejidos y convertirlos en prendas elegantes.
De pequeña, le encantaba vestir a sus muñecas y, con ayuda de su madre, había hecho patrones y había cortado y cosido ella misma muchas piezas. De ahí, había pasado a diseñarse y a hacerse su propia ropa. Había estudiado moda y había sido aprendiz de una de las diseñadoras australianas más famosas, lo que le había dado la oportunidad de trabajar en París, Milán y Londres durante unos cuantos años antes de volver a Sidney, donde había abierto su propio taller. Entre los colegas era conocida por su diligencia, su trabajo bien hecho y su marca, Arabelle, era muy apreciada socialmente.
Luna poseía el talento y la experiencia con, el diseño, la aguja y el hilo y su amiga de la infancia, Nina Simonetti, aportaba al equipo sus conocimientos empresariales. Además, su socia tenía una intuición especial para elegir los accesorios, aquel toque final que hacía que cualquier desfile suyo destacara por encima del de los demás diseñadores.
A Luna le encantaba el aspecto creativo de transformar una idea mental en una realidad material, mirar una tela y visualizar la prenda terminada era un regalo, un don, e Luna sabía apreciarlo en su justa medida. Colores, telas, estilo. Luna trabajaba para darles vida, para que las mujeres que compraban su ropa se sintieran especiales. Los premios eran un extra.
La semana previa a la noche de los premios del Certamen de la Moda destinaba muchas horas a revisar que todo estuviera listo, a ponerse en contacto con todas las modelos y a intentar tener todo controlado, cualquier cosa que pudiera surgir.
Mientras entraba en su casa el martes por la noche, Luna pensó que aquellos días solo tenía tiempo para comer y dormir. El resto del día lo único que hacía era trabajar. Nada le apetecía más en aquellos momentos que darse un buen baño de espuma y comer bien, pero no iba a poder ser. Se iba a tener que conformar con una ducha rápida, ponerse un vestido de encaje de color beis, un poco de maquillaje, recogerse el pelo en un moño sencillo y conducir a Double Bay para ir con su madre a la inauguración de una galería.
Se trataba de un evento prestigioso al que sólo se podía acudir con invitación y que iba a tener lugar en tres maravillosas casas que se habían unido para convertirse en la galería con los interiores más vanguardistas de toda la ciudad. Aquella galería pertenecía a una familia acomodada de mecenas modernos que se dedicaban a descubrir y patrocinar a nuevos artistas.
Cuando llegó, ya había muchos coches aparcados y tuvo que dar un par de vueltas a la manzana antes de encontrar sitio para aparcar. Dos guardias de seguridad flanqueaban la entrada de la galería. Uno de ellos buscó su nombre en la lista de invitados mientras el otro le indicaba cómo acceder al vestíbulo.
—Hola, cariño —la saludó el hijo mayor de la familia besándole la mano—. Bienvenida.
—Hola, Jean Paul —contestó Luna.
Todos los hombres aquella familia se llamaban Jean. Jean Marc el padre y Jean Paul y Jean Pierre los hijos.
Había gente por todas partes, charlando en grupos y tomando una copa de champán y algún canapé mientras una discreta música llenaba el ambiente a un volumen lo suficientemente bajo como para permitir las conversaciones.
Una camarera le ofreció una bandeja llena de copas de champán y zumos de naranja. Aunque le hubieran ido bien las burbujas, Luna eligió el zumo. Había bandejas de canapés rondando por el vestíbulo en manos de personal uniformado e Luna aceptó una servilleta, colocó encima unos cuantos y se los fue comiendo.
—Hola, cariño —la saludó su madre.
—Desde luego, el arquitecto y los decoradores de interiores han hecho una obra de arte —contestó Luna observando cómo Mónica sonreía encantada.
—Desde luego, esto es una maravilla.
—Ha venido mucha gente.
—¿Quién iba a rechazar una invitación de Jean Marc?
El patriarca era una leyenda en el mundo artístico de la ciudad. Poseía una mente aguda y directa y un instinto que nunca le fallaba para elegir la obra de un artista en concreto. Muchos compradores habían hecho pequeñas fortunas siguiendo su consejo.
—Mira, quiero enseñarte una cosa —comentó Mónica agarrando a su hija del brazo.
—¿Has visto algo que te ha gustado? —sonrió Luna.
—¿Cómo lo sabes?
—Por el brillo de tus ojos —contestó Luna chasqueando la lengua.
—Espero que Jean Marc esté dispuesto a negociar el precio.
Juntas avanzaron lentamente, parándose a hablar con algún amigo aquí y allá hasta que Mónica se paró frente a un precioso paisaje de árboles que parecía vivo. Se trataba de un óleo pintado al detalle, parecía hecho por un maestro.
—Te lo tienes que comprar —comentó Luna, imaginando perfectamente el lugar de la casa de su madre en el que aquel cuadro quedaría de maravilla.
—Sí —sonrió Mónica —. Para el comedor de invitados.
—Te queda de maravilla tal y como lo tienes decorado, los colores van muy bien.
—Eso es exactamente lo que yo he pensado —contestó su madre mirando a Jean Paul, que se acercaba a ellas de nuevo en aquel momento.
—¿Lo quieres para ti, Mónica?
—Sí —contestó la madre de Luna—, pero me gustaría negociar el precio.
—Seguro que mi padre también —contestó Jean Paul colocando una discreta etiqueta de reservado junto a la pintura.
Después, madre e hija prosiguieron su periplo de copas de champán, canapés y cuadros mientras esperaban el momento oportuno para hablar con Jean Marc.
—Luego nos vemos —se despidió Luna con la intención de dejarse llevar por las burbujas, a ver si la llevaban hacía algún cuadro especial. Y así fue aunque no era el tipo de cuadro que ella esperaba. Se trataba de una pintura oscura y dura, muy inquietante.
—Interesante —comentó una voz conocida a sus espaldas.
Luna se preguntó, quedándose muy quieta, por qué su mecanismo de protección no había detectado la presencia de Matteo Balsano. Tenerlo tan cerca hizo que sintiera un escalofrío por toda la columna vertebral y una llamarada interna que la abrazaba y llegaba a su sistema nervioso central, expandiendo el fuego por todo su cuerpo.
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Amor Protector [Adaptación/Lutteo]
FanfictionNo quería casarse con él... pero necesitaba su ayuda. ღ Fecha de publicación: 28.03.19 ღ Fecha de finalización: 20.05.19 ღ Editada: 07.04.22 ღ Aclaración: Está historia ya había sido publicada en mi antigua cuenta @ruggarolbebos, la cual fue cerrada...
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