➸ treinta

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Entonces, se dio cuenta de que había sido víctima de una conspiración, pero, ¿Con qué objetivo?

Luna se quedó mirando a Matteo. Era incapaz de dejar de mirarlo.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó.

—Si te hubiera invitado a cenar, ¿Habrías aceptado?

—Probablemente no.

—Ahí tienes la respuesta —Contestó Matteo sentándose frente a ella.

—¿Para qué?

—Para vernos, para tomarnos una copa de vino juntos, para disfrutar de la comida y para hablar.

—No tenemos nada de lo que hablar.

—Sí, tenemos muchas cosas de la que hablar.

—Matteo...

—Venga, por favor, nos tomamos una copa vino, ¿Eh? —insistió Matteo, haciéndole una señal al camarero—. Tú eliges.

Luna accedió, se tomó su tiempo y terminó eligiendo un vino blanco. Había música de fondo muy agradable y Matteo no parecía tener prisa por pedir la cena, así que Luna buscó un tema de conversación.

—¿Y mi madre?

—Ella sólo tenía que traerte hasta aquí. ¿Te gusta este sitio?

—Sí... ¿Has reservado el restaurante entero?

—Sí.

—¿Por qué?

—Ten paciencia.

—¿Qué juego te traes entre manos?

—No es ningún juego.

En aquel momento, apareció el camarero, les sirvió el vino y le entregó a Luna un estuche, que procedió a abrir.

En su interior, había una rosa con una tarjeta en la que se leía: Con amor, Matteo.

Luna sintió que el corazón le daba un vuelco, pero se dijo que sólo era un detalle, un detalle muy bonito que se llevaría a casa. La pondría en un florero con agua hasta que se le hubiera caído el último pétalo.

El camarero volvió y ambos pidieron su cena. Mientras daban buena cuenta de ella, Luna se percató de que Matteo sonreía más de la cuenta. Al instante, se dijo que más le valía no mirarle tanto la boca pues se moría por besarlo.

—¿Estás bien? —le preguntó Matteo.

—Sí, claro, muy bien —mintió Luna, olvidando que ni comía ni dormía—. ¿Y tú?

—Ya me ves —contestó Matteo, encogiéndose de hombros.

Era evidente que Matteo tenía algo en mente para haber organizado aquella cena y Luna se estaba poniendo cada vez más nerviosa, así que probó el vino para ver si se relajaba, pero entonces recordó que apenas había comido un yogur aquella mañana, así que cambió al agua. Luna no quiso tomar postre. Matteo pidió un sorbete, le ofreció una cucharada y, cuando ella se negó, apartó el sorbete y se quedó mirándola muy serio.

—Le pedí a una mujer que se casara conmigo y me rechazó —le contó.

Luna no contestó.

—Por circunstancias de la vida, terminó en mi casa y en mi cama —continuó Matteo—. Me has cambiado la vida, Luna —añadió con ternura—. Amarte es mucho más de lo que creía posible.

Luna no se podía creer lo que estaba escuchando.

Nada de lo que te dije te convenció para que te quedaras —concluyó Matteo, apretando los dientes—. Era lo más importante de mi vida y no me salió bien. Te quiero. A ti. Te acepto tal y como eres y quiero compartir la vida contigo, te quiero a mi lado para siempre —continuó Matteo arrodillándose ante ella—. ¿Te quieres casar conmigo? Por favor, deja que te ame todos los días de tu vida —añadió, sacándole el anillo de diamantes del bolsillo y colocándoselo en el dedo—. Aquí es donde debe estar.

Luna sintió que una lágrima le resbalaba por la mejilla. No podía hablar. Se quedó observando fascinada cómo Matteo se ponía en pie, la tomaba de la mano, la apretaba contra su cuerpo y la besaba. Luna lo abrazó con fuerza y lo besó también, perdiendo la noción del tiempo.

Te quiero —le dijo sencillamente.

—Quiero pedirte otra cosa —añadió Matteo.

—Sí —contestó Luna.

—Pero si no sabes lo que te voy a pedir —se rió Matteo.

—Me da igual, la respuesta sigue siendo sí.

Matteo volvió a besarla.

—Cuando volvamos a casa, quiero que seamos marido y mujer.

Luna llevaba dos semanas sin él y no quería esperar ni una sola noche más, así que no protestó.

—Tengo la licencia y un cura esperándonos en la habitación de al lado junto con tu madre y Nina —la silenció Matteo.

Luna lo miró sorprendida.

—¿Tan seguro estabas?

—No —contestó Matteo con expresión vulnerable.

Lo cierto era que se había pasado muchas noches en vela reuniendo el valor suficiente como para planear aquella noche y agonizando ante la posibilidad de que Luna no quisiera pasar la vida junto a él.

—Si prefieres una boda por todo lo alto, lo haremos así.

—No, ésta es perfecta —contestó Luna besándolo en la mejilla.

Matteo hizo entonces una señal al camarero y, en un abrir y cerrar de ojos, había velas y orquídeas blancas por toda partes, apareció el cura acompañado por Mónica y Nina, ambas al borde de las lágrimas.

En una ceremonia sentida y sencilla, el cura convirtió a Luna y a Matteo en marido y mujer. Fue emocionante y espiritual y muy especial. Sus promesas fueron sencillas, pero profundas... amarse y respetarse durante toda la vida. Cuando llegó el momento de que el novio besara a la novia, Matteo se inclinó ante su esposa con tanta reverencia, que a Luna se le saltaron las lágrimas.

Después, hubo champán y risas, un violinista que interpretó canciones de amor y más comida. Mónica hizo fotografías con su cámara y a las once abandonaron todos juntos el restaurante.

—¿Tienes algo que decirme? —le preguntó Matteo a Luna mientras conducía hacia casa.

—Que te quiero —contestó Luna, mirándolo—, mucho.

—Es recíproco.

Al llegar a casa, Matteo la llevó directamente a su dormitorio y le hizo el amor con tanta reverencia, pasión, ternura y deseo, que Luna terminó llorando de felicidad y quedándose dormida entre sus brazos.

En aquella ocasión, Matteo también se durmió.

Amor Protector [Adaptación/Lutteo]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora