—Despierta, bella durmiente.
Luna giró la cabeza y se encontró con los poderosos rasgos de Matteo. Habían llegado a su casa.
—No estaba dormida.
—Entonces, ¿Estás soñando despierta? —sonrió Matteo.
—Gracias —contestó Luna soltando el cinturón de seguridad y alargando la mano para abrir la puerta.
—De nada.
Luna no pudo moverse pues Matteo le tomó el rostro entre las manos y la besó. Luego, la soltó y Luna salió del coche a toda velocidad para no caer en la tentación de quedarse, pasarle los brazos por el cuello y apretarse contra él. No, no podía ser.
Matteo esperó hasta que Luna pasó la caseta de seguridad y entró en el ascensor. Entonces y sólo entonces, puso el coche de nuevo en marcha y se alejó.
Mientras entraba en casa, Luna se dijo que había sido una gran noche, una celebración maravillosa, ganar era lo mejor del mundo.
Al día siguiente, era domingo y no tenía necesidad de poner el despertador porque no tenía que madrugar. Una dosis de cafeína seguida de una buena ducha caliente, algo de comer y un par de analgésicos y otra taza de café la ayudaron un poco.
Durante la última semana antes del certamen no había tenido tiempo para nada y su casa estaba bastante desordenada, así que dedicó la mañana a recoger ropa y poner una lavadora antes de vestirse y dirigirse al taller.
Hacía sol, así que Luna se puso las gafas nada más salir a la calle. Mientras andaba, se fijó en que todos los cafés estaban llenos. A la gente le encantaba tomar el brunch el domingo por la mañana y apenas había sitio para aparcar en el paseo marítimo. Del océano llegaba una suave brisa que agitaba suavemente las numerosas sombrillas que había en la playa. Para mucha gente el fin de semana invitaba a la relajación, a tomar el sol, a nadar y a comer fuera de casa.
Luna se dijo que, cuando hubiera terminado de poner en orden el taller, se regalaría una buena comida. Al llegar, abrió la puerta, dejó el bolso y el teléfono móvil sobre la mesa y comenzó a recoger. Tenía que actualizar su agenda, mirar
las citas que tenía, poner un asterisco en los posibles eventos y pasar los números de contacto.
Luego, examinó de cerca las prendas que habían desfilado por la pasarela la noche anterior pues algunas necesitarían tintorería y unos toques de aguja. En general, las modelos solían ser cuidadosas, pero, de vez en cuando, con las prisas una uña podía engancharse en un dobladillo o en un escote.
Al cabo de un rato, había revisado todas las prendas y se sentía aliviada, pues solamente un par de ellas iban a necesitar una reparación mínima. Para terminar, puso juntas las que iba a llevar a la tintorería.
Luna se acercó a la nevera y sacó una botella de agua mineral que casi se bebió de un trago. Casi había terminado. Mientras degustaba el agua, hizo un repaso mental de la maravillosa noche, visualizó cada prenda en cada categoría y, de repente, frunció el ceño. Faltaba el vestido de fiesta rojo. Luna sintió que se le formaba una bola de tensión en la boca del estómago.
No podía ser, pero sabía con una horrible certidumbre que sí, que el vestido faltaba y que lo más probable era que se lo hubiera llevado Ámbar. Maldición.
Lo que le salía de las entrañas era descolgar el teléfono, llamar a la modelo y echarle una buena reprimenda, pero no podía hacerlo. Iba tener que conformarse con contactar con la agencia de Ámbar, explicar lo sucedido, pedir que se le devolviera el vestido y ofrecer otro a cambio.
En ese momento, sonó su teléfono móvil, Luna descolgó, saludó y recibió la callada por respuesta, así que miró la pantalla por si se había quedado sin batería, pero vio que estaba bien. Colgaron. A los pocos minutos, el teléfono volvió a sonar con el mismo resultado y, cuando Luna intentó activar la función de rellamada, se le informó de que el número era privado y no tenía acceso. Qué raro.
Luna siguió con su actividad, marcó el teléfono de la agencia de las modelos y le contestó el contestador automático. Claro, era domingo. Llamó a la directora de la agencia y le dejó un mensaje.
Enfadada, decidió que lo único que podía hacer era cerrar el taller, irse a comer y volver a casa. Eligió una cafetería, pidió la comida y eligió un periódico de los que el local ofrecía a su clientela. El camarero le llevó un té con leche y, apenas lo había probado, cuando su teléfono móvil volvió a sonar.
—¿Debería decirle que eres una zorrita frígida?
La persona que había hablado colgó antes de que a Luna le diera tiempo de responder. Luna cerró los ojos y, cuando los abrió, tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar la furia y la sorpresa que se había formado en lo más profundo de su ser.
¿Simón? ¿Después de dos años?
Luna se estremeció de pies a cabeza.
¿Por qué? ¿Por qué ahora? A menos que...
No, era imposible que nada de lo que hubiera hecho o dicho hubiera sacado a la bestia negra que habitaba bajo la fachada encantadora de su ex prometido.
Su mente buscó mientras recordaba las palabras que acababa de oír. Entonces, lo comprendió. Los fotógrafos del certamen de moda. ¿No sería que alguno de ellos había captado el momento en el que la boca de Matteo y la suya se habían encontrado?
Luna se apresuró a pasar las páginas del periódico hasta llegar a la sección de social. Una vez allí, comprobó que, efectivamente, había una fotografía suya y un titular que lo dejaba todo claro, pues especulaba con que Matteo Balsano y Luna Valente eran pareja ya que se les había visto juntos últimamente en varias ocasiones.
Maldición.
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Amor Protector [Adaptación/Lutteo]
FanfictionNo quería casarse con él... pero necesitaba su ayuda. ღ Fecha de publicación: 28.03.19 ღ Fecha de finalización: 20.05.19 ღ Editada: 07.04.22 ღ Aclaración: Está historia ya había sido publicada en mi antigua cuenta @ruggarolbebos, la cual fue cerrada...
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