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— ¿Cómo lo supo?

Bankotsu se encontraba molesto e indignado por todo lo que le había comentado Sesshomaru.

— ¡No lo sé! — gritó Sesshomaru aún preso de la cólera que sentía, deseaba matar a Inuyasha con sus propias manos.

— ¿Y Kagome? ¿Sabes algo de ella?


— No, no sé nada.

— Joder Sesshomaru. Tienes que ir a por ella. Si Inuyasha vino por tí imagina lo que le pudo haber hecho a ella.

— Tienes razón — dijo Sesshomaru.

Se quitó la bata y la lanzó sobre el respaldo de la silla. Bankotsu lo siguió. Sea lo que haya pasado no podía dejar a Sesshomaru solo, lo conocía, sabía de lo que era capaz cuando estaba molesto.

Los dos subieron al coche de Sesshomaru y este arrancó como alma llevada por el mismo demonio. Bankotsu se limitó a guardar silencio, no era conveniente que le siguiera echando más leña al fuego.

— ¿Porqué estás tan molesto?

Preguntó la fémina mientras se quitaba la ropa interior. Inuyasha, echado en la cama, la veía con ojos inyectados en lujuria.

— No quiero hablar de eso, no contigo.

La mujer hizo pucheros y se acercó lentamente a él, haciendo gestos mininos.

— Anda, no seas malo.

Le besó el cuello e Inuyasha se estremeció.

— El estúpido de mi hermano anda frecuentando a mí esposa.

— ¿Y eso te molesta?

Inuyasha la fulminó con la mirada y la agarró bruscamente de el cabello. La mujer chilló de el dolor que le producía en su cráneo.

— Por supuesto que sí estúpida. A mí mujer nadie la toca.

La soltó dejándole el pelo hecho una maraña. La mujer respiró profundamente y se levantó de la cama para ir en busca de unos tragos.

— ¿Y cómo es que lo sabes? No me digas que le has puesto vigilancia a la chica.


— No — se quitó el cinturón — pero el conserje me dijo que el estúpido de Sesshomaru había llegado una vez por la noche y que en otra ocasión llegó por ella.

— Vaya — le tendió un vaso con licor — entonces sí que va enserio Sesshomaru.

— Jamás lo voy a permitir.

Molesto lanzó el vaso a la pared, la mujer rodó los ojos y se dispuso a limpiar el desastre provocado por el Taisho menor. Media hora después se dieron una ducha juntos para luego terminar en la cama. Inuyasha siempre practicaba un sexo salvaje, un sexo sin pudor alguno. No le importaba si lastimaba en la búsqueda de su propio goce.

La morena se había quedado dormida al salir de la ducha. Todo su cuerpo le dolía y tomó pastillas para el dolor y la inflamación. Vestida únicamente con una fina bata de seda, salió de la habitación aún somnolienta y caminó hasta la cocina. Abrió el grifo y tomó un poco de agua con sus manos para luego llevárselas a la cara, se sentía la piel entumecida.

Llenó un vaso con el líquido transparente y tomó largos tragos. Su estómago rugió, no había probado bocado en todo el día y ya serían las dos de la tarde.

Mientras abría la nevera, la puerta de el apartamento se abrió de golpe y corrió hacia la habitación presa de sus instintos de protección. Creyendo que era Inuyasha se encerró en esta y se quedó recostada a la puerta llorando.

Tóxico (Terminado) Donde viven las historias. Descúbrelo ahora