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– Si gustas, puedes cambiarte de ropa. Iremos a la playa, tienes cinco minutos antes de que salgamos.

– Está bien — respondí.

Minho asintió y salió del dormitorio para dejarme sola. Me puse el short blanco, la blusa amarilla y las sandalias blancas, me peiné un poco y tomé el bolso con mi celular dentro para ir a la sala. El chico llevaba puesto unos shorts de mezclilla, una camiseta blanca y unas sandalias del color de su camiseta, quien sonrió al verme.

– Te queda bien.

– Gracias...

Comenzamos a caminar hacia el auto, nos subimos y Minho condujo hasta el balneario más cercano. Estacionó el vehículo y bajamos. Desde la maletera, Minho sacó un cooler, dos sillas de playa y un quitasol.

– ¿Te ayudo?

– No, tranquila. Yo puedo con esto.

Cuando íbamos a comenzar a pisar la arena me saqué las sandalias para sentir su textura. Caminamos hasta la orilla, bueno, lo suficientemente lejos para que no nos llegara una ola, y dejamos las cosas. Mientras yo iba a sentir el agua en mis pies, Minho armaba las sillas junto al quitasol, sentándose apenas terminó.

– ¿No vienes? — hablé lo suficientemente fuerte para que me escuchara.

– No me gusta el mar.

Fuí corriendo hasta él para sentarme a su lado.

– ¿Qué?

– No me gusta el mar — repitió.

– ¿Por qué? Si es tan hermoso...

– No lo sé. No me gusta bañarme en las playas porque el agua es helada, sumándole que siempre hay viento y que no me agrada la arena, siempre se cola en la ropa y eso me desespera — habló con normalidad frunciendo el ceño levemente al finalizar.

– ¿Entonces porque viniste?

– Por ti.

– ¿Qué?

– Es tu cumpleaños Yoonie, haría cualquier cosa por ti y sobretodo en un día tan especial como este...

– Gracias...

– ¿Podrías dejar de agradecer por todo?

– Lo siento — respondí apenada. Dirigí la mirada al mar, a las pequeñas olas que llegaban a la orilla y a las grandes que habían más adentro. — Minho...

– ¿Hmm?

– Me gustó mucho la sorpresa en el restaurante, el pastel estaba exquisito. Aún sigo sin creer que reservaste ese lugar para nosotros, debió costar mucho dinero...

El chico rió.

– No fué nada, el restaurante es mío.

Abrí mis ojos como platos.

– ¿Qué?

– ¿Por qué hoy estás tan sorda? — me miró alzando una ceja.

– ¿De verdad es tuyo?

– Sí — habló con obviedad. — Mi padre me lo cedió hace dos años, no es lo único. El penthouse me lo compró antes de comenzar a estudiar en la universidad, quería que lo tuviera para ser independiente. La casa en la que estábamos hace un rato también es mía, junto con otros departamentos y más casas distribuidos en el país. Hay otros dos restaurantes en Busan y Seúl y, por si fuera poco, la universidad en la que asistimos también es mía — desplegó una sonrisa inocente que me dejó anonadada.

𝐕𝐎𝐈𝐂𝐄𝐒 [𝐋𝐞𝐞 𝐌𝐢𝐧𝐡𝐨- 𝐬𝐤𝐳]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora