Capítulo 4: La primera vez que lo vi.

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-Déjala entrar...—Escuché milagrosamente detrás de mí, incluso creo que escuché un coro de ángeles. Giré rápidamente hacia esa persona que se había apiadado de esta chica patética. En ese mismo instante, en que fije mi mirada en él, deseé con todo mí ser regresar el tiempo y no haber provocado semejante y tan ridículo espectáculo. —Viene conmigo —Agregó él sin expresión alguna. Hizo un movimiento con la cabeza indicándome que lo siguiera, y sí, eso mismo hice. Por supuesto, sin salir de mí gran asombro.

Era él. El que estaba en el video de mi hermana. Tom, se llamaba, Valentina lo había dicho, ahora no podía quitarme ese nombre de la cabeza. Era un ángel, ahora estaba convencida de ello.

No me negué, hubiera estado más loca si lo hubiera hecho. Creo que esta era la segunda, o quizás la primera, vez que él notaba mi existencia y mi corazón no dejaba de latir de felicidad.

Caminé hasta la barra siguiéndolo obviamente. Se sentó en un banquillo y no sé porqué hice lo mismo, como si fuera su obligación cargar conmigo pero no podía alejarme, a menos que él me lo pidiera yo iba a permanecer aquí.

El cantinero le pasó una bebía y otra a mi también. La tomé con cuidado y la puse más junto a mí.

- Gracias —Le dije en cuando probó su bebida, al escucharme giró un poco su rostro para verme directo a los ojos. No puedo negarlo, su mirada puso mi piel de gallina y aceleró mi corazón más de lo que ya estaba.

-No me agradezcas no me costó nada —Dijo restándole importancia, con bastante indiferencia y apatía. Apartó su mirada de mí y comenzó a recorrer el lugar con sus bonitos ojos. Que diera yo por ser la dueña de aquella mirada.

-Emm... —Dije más que nada para llamar su atención, y lo conseguí. Volteó a verme de nuevo sin expresión en el rostro — ¿Por qué me ayudaste? —Inquirí un poco nerviosa; miento, extremadamente nerviosa.

-No te hubiera dejado entrar aunque te arrodillaras ante él —dijo al momento que comenzó a jugar con su bebida, moviendo la copa de un lado a otro y sonriendo débil mente. No sé porqué sonreía, quizá se burlaba de mi y de lo idiota que era.

- Ah... —Fue lo único que pude articular. Oh que amable de su parte, hizo su obra de caridad conmigo. Genial, que idiota era. Ahora estaba como una niñita boba, estúpida y sin gracia ante él, eso era seguro, su mirada y su poco interés en mi lo decían claramente.

Terminó de beber lo que quedaba en su copa y se marchó sin decirme adiós, sin siquiera mirarme por cortesía, sin que le importara que estuviera ahí sola como una puta ostra. Lo seguí con la mirada sin poder evitarlo, hasta que vi como saludaba a una rubia muy guapa. Que decepción esa era su tipo de mujer; obviamente yo de rubia y buena, no tenía nada.

Decidí, en ese momento, centrar mi mirada en otro lugar, no quería ver lo que nada de lo que pasaba con él y aquella chica.

En ese mismo instante me comencé a sentir peor que cualquier otra vez, era más que un cero ala izquierda; le era más que indiferente y era un milagro que no me hubiera ignorado, que se hubiera acomedido a ayudarme a entrar a este horrendo sitio. Era la milésima ves que no notaba mi existencia, bueno al menos hoy sí pero para el caso era lo mismo.

La primera vez que lo vi no lo notó porque me notaria ahora si sigo siento la misma niñita sosa de aquel entonces...

...Ese día había ido a la Academia de Música, era la tercera vez que lo hacía para presentar mi solicitud de ingreso. Hice un examen y varias pruebas de canto y varias cosas más que se necesitaban para llenar los requisitos para ser una gran estrella de la música. Cuando terminé todo me preparé para irme a casa, pero recordé que esta mañana mis padres había discutido fuertemente así que aun no tenía ganas de regresar. Decidí deambular por ahí. La escuela era enorme y a nadie le importaría si lo hacía. Caminé varios minutos por el lugar hasta llegar a los últimos salones, era un edificio de tres pisos apartado de todos los demás.

Vive cada segundoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora