Capítulo 8: Su mirada cambió.

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Cuando abrí los ojos sentía sueño, muchísimas ganas de seguir durmiendo, que estuve a punto de envolverme en la sabana y volver a dormir, pero me di cuenta que estaba en una camilla en un consultorio pequeño pintado de blanco, con unos cuantos objetos de médico en una mesilla metálica y algunos carteles sobre la alimentación colocados en las paredes. Traté de recordar cómo había llegado a ese lugar pero lo único que estaba en mi cabeza era la imagen de mi príncipe azul viniendo hacia a mí, aunque no creía que fuera por él por quien estuviese en la enfermería.

-Al fin despiertas —Escuché que alguien dijo desde algún lugar. Volteé el rostro hacia un lado y lo vi sentado en un sillón pequeño de color caqui que estaba a un lado de mi camilla. Detrás de él había una enorme ventana de cristal cubierta por unas persianas color salmón y por las rendijas de estas entraba la luz del sol de la tarde e iluminaba majestuosamente al muchacho que había hablado. Su cabellera obscura, hecha rastas, estaba poblada de reflejos dorados y su rostro se veía pálido y a la vez radiante como el rostro de un ángel.

-¿Qué haces aquí? —Inquirí con vacilación. Sus ojos, que habían estado mirando una revista de espectáculos, se fijaron en mí.

-Yo te traje —Respondió con voz seca.

-¿En serio? Gracias... —Dije avergonzada —No debiste.

-Sí debí, sino lo hubiese hecho probablemente te hubieras golpeado al caer o seguirías ahí tirada.

Como no supe que responder a ello me quedé callada observándole, él al momento volvió su mirada a las páginas de la entretenida revista y se puso a leer, o al menos eso me pareció.

La puerta de  la enfermería se abrió quitándome la intención de hablar, y por ella entró un hombre de unos treinta años, de cabellera rubia, vestido de blanco y con una carpeta pegada a su pecho.

-¿Ya está mejor? —Le preguntó el Doctor a mi acompañante, que parecía que estaba ahí para cuidarme.

-Eso parece —Murmuró.

-¿Que sucedió, pequeña? —Me preguntó acercándose a la camilla ¿Pequeña? No estaba de humor como para que me lo echara en cara.

-Me comencé a sentir mal y luego... no sé, aparecí aquí —Dije bajando la cabeza, no me gustaba hablar sobre mis males y menos delante de ese chico.

-Bien, no te preocupes. Debes agradecerle a Kaulitz porque de no ser por él tal vez te hubieras dado un buen golpe —Asentí sonriendo apenas y miré a mi salvador. Este tenía la mirada fija en mí, la cual era imponente y sumamente seria; pero, aun así me sentí privilegiada al poder contemplar sus brillantes ojos por un segundo tan eterno.

-¿Crees que puedas ya levantarte? —Me preguntó el Doctor tocándome el brazo, seguramente para atraer mi atención que estaba fija en el muchacho.

-Sí, ya puedo. Sólo fue un mareo, no se preocupe —Dije rápidamente y muy avergonzada — ¿Ya me puedo ir? —Cuestioné casi con tono suplicante. Lo que más deseaba en ese momento era salir de ahí y que al cruzar la puerta se abriera un hoyo en la tierra y me tragara.

-Claro. Mira, llamaré a tus padres, creo que necesitas una revisión completa para ver la causa de lo que sucedió.

-No se preocupe, creo que en la Dirección están enterados de mi problemita —Murmuré con voz débil, no quería que él se enterara de mi estado de salud —Y Además, tengo cita hoy con mi doctor —Agregué.

Me reincorporé de golpe y sentí que el mundo volvía a darme vueltas.

-A ver Kaulitz, acompáñala a su salón —Le ordenó a mi dulce salvador. Este me miró con fastidio y se levantó del sillón.

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