35. Los problemas no se resuelven solos.

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Jugaba distraídamente con el cabello, ahora castaño, de Michael. Sus ojos atraparon los mios, y en pleno silencio hablo.

-¿Porque estabas enojada?

Lo mire a los ojos, su pregunta era buena... ¿Porque? Busque la respuesta en algún lugar de mi cabeza.

-No lo se, talvez por miedo... A perderte.

-Eso no va a pasar nunca.

Me puse incomoda, e intente disimularlo, mamá me quería llevar a Los Angeles, genial, un problema más a mi lista de problemas.

-Cambiando de tema... Me gustas castaño, y mucho- Dije sonriente.

-¿Y los demás no te han gustado?- Agradecí que no hubiera notado el cambio en mi, y si lo hizo agradezco que no haya hecho preguntas.

-Claro que si... Eres muy... Guapo.

-Gracias. Pero yo comparado contigo no soy nada, tu eres hermosa... Y eres mía.

Me puse roja, por un momento me sentí culpable, él era amable, era perfecto, mientras yo solo construía una pared de mentiras entre nosotros, no estaba siendo justa, era una mentirosa. Todos creían que era buena, lo que nadie sabia era que era una mentirosa, había mentido en muchas cosas, menos al decir que lo quería, que lo amaba.

-Michael...

-Tengo que irme, te veo mañana.
«¿Pero y si ya no hay un mañana?» pensé.

-Michael.

-¿Si?

Entonces le di un abrazo, el cual él respondió. Y cuando él menos lo esperaba, lo bese, de verdad, posiblemente mi primer beso, y quizá el ultimo.

-Te quiero, no lo olvides.

-Pues yo te amo.

Dicho esto salio por la puerta, lo mire al salir por la puerta, sin poder evitar mirar su trasero... Solo un poco, hasta que lo perdí de vista.

Esa misma tarde, después de que Michael se fuera, dos horas y treinta minutos para ser exacta, la puerta se abrió, si, por donde salio Michael, dándole paso a la mujer que se hace llamar mi madre con un par de maletas.

Ella llevaba puesto un vestido azul rey que llegaba debajo de sus rodillas, tacones negros, un collar verde, unas pulseras doradas y aretes negros, con su cabello castaño suelto, me parecía a ella, a excepción de que yo no usaba maquillaje como ella.

-Mañana nos vamos.

Yo asentí, tragando saliva sonoramente. ¿Qué haría sin Michael?

Entonces eche a mi cabeza a pensar, o como dijo el maestro de matemáticas una vez, le di nueces a mi ardilla.

Phone number [Michael Clifford]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora