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Nina cerró los ojos al sentirlo acercarse, su corazón latía desbocado cuando él tomó nuevamente sus labios y los entreabrió para tener una mayor conexión con ella, una más profunda y significativa. Su cuerpo respondía instintivamente a sus caricias, como si supiera que hacer, pero no era necesario preocuparse porque confiaba en los brazos en los que estaba, Henry era cuidadoso, tierno y cariñoso, no solo con su cuerpo, sino con sus palabras, con sus besos, con sus manos.

La levantó un poco para poder sacarle la camiseta que era en su totalidad la obra de arte de Vicente Van Gogh "La noche estrellada", una pintura que para Nina representaba lo místico que podía guardar el mundo en un secreto a voces y entre las sobras que todos podían ver pero que nadie se detenía a observar. Pero en el momento en el que Henry dejó aquella obra de arte en el suelo y la piel blanca de Nina quedó a su vista, pensó que los pintores tenían razón en obsesionarse tanto con el cuerpo de la mujer, era simplemente hermoso, más que eso, era perfecto. Henry la sintió removerse debajo de él, nerviosa y apenada a pesar de que aún tenía su sostén.

—Podemos parar si lo deseas Nina —se acercó a sus labios y los tomó enérgicamente—, no hace falta que sea ahora, te esperaré ¿Vale? ¿Por qué te fuerzas tanto en esto?

—Yo... —se sonrojó—, todos ya lo han tenido y parece que debería haberlo experimentado ya.

Henry se dejó caer en la cama y sonrió.

—Eres tan niña a veces.

—¡No pretendo que me veas así! —se levantó de la cama y lo miró cabizbaja—, quiero hacerlo, pero me da miedo.

Henry volvió la cabeza hacia ella.

—¿Estás segura?

—¡Pues no! —se tapó la cara—, quiero estar contigo, pero si me lo sigues preguntando te diré que no.

—Entonces la respuesta es no Nina —frunció el ceño—, el que quieras estar conmigo pero que no estés segura de ello te deja la respuesta claramente a la vista, por lo que sea, no te sientes cómoda.

—Sí estoy cómoda.

—¿Entonces?

—Siento que como no sé hacer nada de esto, te vas a aburrir de mí y no sé, me dejarás y justo ahora tú eres lo único que tengo ¿Comprendes? —se cubrió la cara—, no quiero arruinarlo, en serio te quiero.

Henry suspiró y la hizo recostarse sobre él.

—También te quiero y si te sirve de algo, tampoco quiero arruinarlo.

—Entonces, no lo haremos, no lo arruinaremos —dijo Nina con seguridad—. Me besas ¿Por favor?

—¿Por qué no lo haces tú?

Nina pareció comprender aquella alternativa y asintió, acercándose a Henry quién permanecía recostado, solamente moviendo su brazo para poder tocar la suavidad de la espalda de la chica que se acercaba y lo besaba dulcemente, levantándole suavemente la camisa para después obligarlo a sacársela, Henry la aprisionó contra él en un beso desesperado y en medio de caricias desabrochó su sostén, Nina se pegó tanto a su cuerpo que no le permitió siquiera verla, no le molestaba, la dejaría actuar como se sintiera más cómoda, no le hacían falta sus ojos para poder admirarla.

Henry la recostó sobre la cama, dejando que ella lo abrazara con fuerza y no permitiera que sus labios se desconectaran, la dejó acariciar su espalda, permitiéndole sentir a base de suaves caricias los bordes de su cuerpo, le acomodó el cabello y besó su rostro, cargándola para poderse meter entre las sabanas, ella parecía agradecer esa acción sobre todo cuando el resto de las prendas desaparecieron.

El misterio de los SahasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora