Capítulo 44: Extrañas Coincidencias

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Luego de haber preguntado a cuatro personas diferentes, por fin encontró el lugar. La recepcionista fue amable, al igual que el director y la gente que recibió sus papeles y le dejó el trámite del intercambio hecho. Al día siguiente comenzaría las clases. Le parecía que la gente de Londres no era tan mala como decían. Aunque en la calle la gente era mucho menos amable. Fue a tomar un helado, aunque no hacía demasiado calor, tenía antojado un helado de chocolate. Compró uno y caminó por el Hyde Park despreocupado, mirando a su alrededor realmente emocionado y fascinado, mientras conocía la ciudad. Aunque otra vez aquel desgarrador sentimiento de melancolía volvía a él, imaginando lo que sería estar viviendo aquella experiencia con Quinn, de la mano, caminando, mirando las ardillas que corrían entre los árboles y subían por los troncos, mirando a su alrededor con algo de desconfianza. Sonrió, Quinn amaba las ardillas y siempre le decía a Sam que se parecía a una. Al principio a Sam no le hacía gracia, pero luego terminó por reírse cuando le decía Ardilla Evans. Suspiró, a ese paso jamás se olvidaría de ella y terminaría siendo un solterón melancólico toda su vida.
No recordaba el camino de vuelta al apartamento, así que tuvo que preguntar. Muchos no lo tomaron en cuenta, lo empujaron o lo regañaron, pero algunos si se detuvieron a darle las instrucciones para volver. Claramente se compadecían de un pobre chico extranjero que no conocía la vida de Londres, alguna gente hostil pero algunos otros bastante amables. Sam volvió al apartamento cansado de tanto caminar, y algo estresado. La vida de esa ciudad era demasiado agitada, más que Ohio, y le estresaba bastante. Pero el resto del panorama de la ciudad le gustaba bastante. Se acostó temprano, no sin antes telefonear a su madre. Al día siguiente tenía universidad, y quizás era hora de comenzar a rehacer un poco su vida.
La alarma sonó, se levantó perezosamente y fue a tomar una ducha. No había comprado nada para la despensa, se maldijo por eso, pero decidió que en el camino tomaría algo para no desmayarse de fatiga. Caminó un poco y tomó un taxi, dándole las instrucciones del lugar. Miró todo el camino para memorizar donde tenía que ir. Era un tramo algo corto, quizás si podía caminar. Y quizás era la mejor opción, el tráfico de Londres era bastante estresante.
Llegó a un gran edificio, pagó al taxista y con algo de nervios se dirigió a la recepción otra vez. Lo mandaron con demasiadas personas, anduvo de allá a acá, hasta que le dieron su horario. La gente no lo miraba mucho, aunque algunos comentaban que era el día en que llegarían algunos de intercambio. Una novedad.
Se paseó buscando el salón correspondiente, hasta que topó con él. Se sentó en silencio, observando la gran cantidad de alumnos del salón. Se sintió un poco abrumado, pero alegre al mismo tiempo de poder cambiar de ambiente.
Quinn corrió hasta el salón de clases. Al mirar atrás, cuando casi botó a una chica en el camino, una cabellera le sorprendió y prácticamente casi le dio un ataque al corazón. Miró atrás otra vez, pero no vio el cabello. Mi imaginación comienza a traicionarme pensó. Suspiró largamente, y se metió en el salón que le tocaba. Olvidó el hecho de su "alucinación" y se dispuso a poner atención. Pero al rato, no pudo dejar de pensar en Sam. ¡Lo extrañaba tanto! Habían pasado casi cuatro meses, y no habían tenido ningún tipo de comunicación. Prácticamente hablaba con Rachel para saber de él. Ni siquiera con su madre hablaba, era una vez al mes como máximo. Suspiró, en este momento ¿Qué estaría haciendo Sam? Probablemente estudiando, o en casa... dependiendo de qué hora era en Ohio. Deseaba ver a Sam, pero era lo bastante cobarde como para no querer viajar a Ohio. Las heridas todavía estaban frescas, y cada noche una pesadilla la dejaba en vela, asustada de que toda la historia se repitiese. Ya no salía de noche, jamás. Solo cruzaba palabras con su padre, su hermana y una que otra chica en la universidad, ni siquiera con chicos. Les tenía miedo, incluso le asustaba andar sola a plena luz del día en calles concurridas. Era temerosa y desconfiaba de todos.
Le dolía que por culpa de algo que estaba fuera de sus manos, hubiese tenido que dejar a su novio así como así. Aunque quizás su decisión fue errónea, prefería evitarle el problema a Sam. Ella ponía siempre la felicidad de Sam por sobre la de ella, lo amaba lo suficiente como para que el fuera más importante que ella misma. Sabía y tenía más que claro que ella daría todo por él, y lo estaba haciendo. Si él se enterara de todo... sufriría, porque ella sabía que él la amaba como a nadie, siempre le había dicho que su felicidad, era la de él. Por lo tanto, su dolor, sería el de él. Suspiró cuando por fin tocaron el timbre y corrió fuera de la sala de clases. Se sentó en una mesa vacía de la cafetería, miró a su alrededor y se dispuso a comer su manzana, tratando de pasar desapercibida.
Por otra parte, Sam también se sentaba solo en la cafetería de la universidad. Había mucha gente, se sentía algo abrumado pero se había acostumbrado en la universidad de Ohio. Lo bueno de que hubiese tanta gente, es que podía pasar totalmente desapercibido. Y le gustaba, últimamente no quería que nadie se fijara en él.
-¿Disculpa? –una voz lo sacó de sus pensamientos. Levantó la vista. Una muchacha de cabello castaño largo y ondulado, unos ojos celestes grandes y con las pestañas largas y onduladas, sus labios rosados y pequeños y ampliados en una sonrisa. Delgada, piernas largas al descubierto pues llevaba un short y unas zapatillas púrpuras acompañando la tenida.
-¿Sí? –preguntó intentando sonar amable.
-¿Eres de los chicos de intercambio? –preguntó
-Sí, soy de Ohio –dijo Sam con una sonrisa gentil. –me llamo Sam Evans.
-Hola Sam –dijo sonriendo –me llamo Marley, yo soy de Londres –agregó riéndose. Su risa era bastante suave y dulce. Sam y sonrió, le agradó la muchacha, aunque hace mucho que no hablaba con una chica que no conociera de hace mucho. -¿puedo sentarme? –preguntó-Claro, adelante –dijo él moviendo la silla con cortesía para que se sentara.

-¿No te molesta cierto? Intento ser cortés, te vi aquí solo, creí que nadie te había acogido... -sonrió en forma de disculpas por las posibles molestias.
-No –dijo Sam rápidamente –está bien, gracias –dijo él –eres muy amable Marley, y dime ¿estamos en la misma clase?
-Sí, en las dos que pasaron por lo menos –dijo ella riendo suavemente. Era muy adorable su risa, y ella era bastante amable. Por la mente de Sam pasó la posibilidad de rehacer su vida quizás... aunque pensara que no era posible, quizás debía torcer la mano al destino e intentarlo. –supongo que tenemos la misma edad. ¿21?
-Exacto –dijo sonriendo, hace mucho que no le sonreía a una desconocida. –Diría que tienes dieciséis si no supiera tu edad –agregó.
-¿Tan pequeña me veo? –preguntó ella divertida.
-Tienes rostro de niña –dijo Sam mientras tomaba un sorbo de refresco, que acababa de abrir mientras jugaba con la tapa.
-Me lo han dicho –dijo ella, mientras abría un paquete de dulces. -¿quieres?
-¿Son Skittles? Los amo –admitió Sam. Sacó una y se la echó a la boca.
-Son mis favoritos –dijo ella.
-Las mías también –dijo él divertido. Miró su refresco durante unos segundos. Como si el destino no quisiese que su mirada se dirigiera hacia la muchacha que acababa de pasar frente a él. Si tan solo hubiese mirado, todo habría cambiado en esa milésima de segundo. Quinn acababa de pasar frente a la mesa de una muchacha castaña y un chico que charlaban animados. Se había fijado en los dulces que ella había estado comiendo, Skittles. Los favoritos de Sam, pensó con melancolía.
A la vuelta a las clases, Sam fue junto con Marley. Les tocaba en diferentes, pero las salas estaban una junto a la otra. El se despidió con una sonrisa y un beso en la mejilla de la castaña, y ella le dio una sonrisa.
Quinn vio a su compañera de asiento en esa clase llegar. Marley, era su nombre al parecer. Era una chica castaña con rostro de niña, pero extremadamente hermosa.
-Hola Quinn -le dijo con una sonrisa.
-Hola Marley –dijo ella esperando no haberse equivocado de nombre. Al parecer no, pues ella se dispuso a decir otra cosa.
-Conocí a uno de los chicos de intercambio –comentó la rubia –es un americano, está para morirse Quinn -dijo la rubia. Los americanos son para morirse pensó Quinn. –es muy bonito, ojos verdes grandes, muy alto y el cabello rubio. –el corazón de Quinn se paró durante unos segundos. No, Sam no podía estar en Inglaterra. Sam estaba a kilómetros, cruzando el mar, en EUA.
-¿Ah sí? –preguntó intentando sonar calmada. -¿y cómo se llama?
-Sam... no estoy segura de su apellido –comentó la muchacha. No, tenía que ser tan solo una fea coincidencia. Era imposible, Sam había postulado a la universidad de Ohio, debía estar estudiando allá. Ni siquiera sabía la ubicación de Quinn, tampoco era posible que la hubiese ido a buscar. Quizás tan solo eran un montón de consecuencias.
-Ah... ¿y qué charlaron? –preguntó sintiendo sus manos temblar. Su frente estaba empapada en sudor, pues se había puesto demasiado nerviosa.
-Mhm, nada, comentó que era de Ohio y que se había ganado una beca de intercambio, ah y justamente estaba comiendo dulces Skittles, ya sabes, me encantan, y el dijo que eran sus favoritas. –dijo ella. Justamente el profesor llegó y ambas se quedaron calladas. Quinn estaba congelada, eran demasiadas coincidencias a su gusto. Y el chico del cabello rubio que creyó haber imaginado... sintió que comenzaba a sudar, sintió su corazón palpitar desbocado. No, quizás estaba alucinando.
Ese día se fue a su casa intranquila. Sentía que todos la miraban, o que chocaría de frente con Sam. Aunque no estuviese segura de que fuese él. Suspiró cuando llegó a su casa y por fin cayó en su cama, sin decirle nada a nadie. Si Sam estaba ahí, no había mucho que pensar. Sabía que apenas lo viera su fortaleza, aquella que utilizó para huir de EUA, caería y se lanzaría a sus brazos a decirle que lo ama.
Finalmente, intranquila, se quedó totalmente dormida

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