Viajar al pasado no estaba en sus planes. ¿Quién podía imaginarse que Corea del Sur, Japón y China iban a conectarse místicamente a través de sus antiguos e históricos bosques?
Si Cheng, Do Young, Tae Yong, Mark, Ren Jun y Jung Woo les será difícil...
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-¡¿Se escapó otra vez?! -gritó con cierto enojo- Seul Gi dime cómo fue que lo perdiste de vista esta vez.
-Heika Ji Sung dijo que no necesitaba ayuda para ponerse el sokutai. Y fue allí que aprovechó para... irse -dijo temblorosa la mujer.
-No vuelvan a confiar en sus palabras, ahora ve y sigue preparando todo para recibir a la comunidad. Tae Il, ¿puedes ir por él?
-Sí tennō Jung lo traeré en seguida. Si me permite el atrevimiento; hoy es un día de mucha fertilidad lunar, podrá tomar alguna de sus concubinas y llevar a cabo la obtención de un nuevo heredero.
Fertilidad lunar, a lo que Tae Il el Onmyôji de la dinastía Jung, se refería: era el lapso perfecto para que una mujer o un Kami -si es que todavía existía uno de esta clase- pudiera quedar en estado de concepción, ya que la diosa Oinari brindaba de uno a tres días de absoluta gracia a todos aquellos que le brindaban el culto necesario en su nombre. Sin embargo, el emperador Jung Jae Hyun no parecía estar de acuerdo con aquella petición de otro heredero, en su descendencia pues ya existía Ji Sung de quince años y próximo a seguir con el legajo de los Jung; pero había algo que no podía negar Jae Hyun y eso era faltarle el respeto a su Imperio. Desde generaciones pasadas los grandes líderes procuraban una abundante descendencia para que su apellido no quede en el olvido. En el olvido con respecto a la muerte, de los seis hijos que había tenido su padre el Emperador Jung solo quedó vivo Jae Hyun el menor de todos sus hermanos.
Tendría que ocurrir un milagro muy grande para que su majestad siguiera el consejo de su hechicero.
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-¡Hola Jae Min! ¿Dónde está Chenle?
-¡Ji Sung! Otra vez por aquí ¿ah? -dijo divertido- Chenle está un poco ocupado con un nuevo amigo que tenemos.
-¡No! ¡no se vale eso! Yo soy su único amigo -gritó simulando capricho.
Jung Ji Sung, quince años de edad y mucho más alto que el promedio. Una de sus características más notables, dejando de lado su contextura física era sin duda alguna, su ronca voz. La había heredado de su padre el Emperador Jung.