COMPLETADA
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Narrador Omnisciente:
Una alta y esbelta mujer se paseaba por una cocina de lo más desordenada. Su cabello pelirrojo claro estaba amarrado en un moño desecho y parecía improvisado ya que estaba hecho con un bolígrafo y un tenedor. Sus ojos azul verdosos miraba con preocupación el desastre. Sus pecas no se veían al completo por la harina y masa de algún postre que estaba por su cara.
Tendría alrededor de los treinta años, pero para nada aparentaba su edad, de hecho aún parecía de veintitres. Pero ese hecho le molestaba. De testigo está el pobre y anciano panadero que le preguntó que hacía en su panadería en horario de clases, y recibió una bofetada en vez del dinero que le debía por unos croissants.
Pero para ser una mujer adulta, aún no había perdido su toque infantil y travieso. Seguía intentando hacerle bromas a su marido aunque él se supiera todos sus trucos y la pillara. Y — aunque de esto nadie sabe— sigue teniendo programado todos los días que el servicio a domicilio de Honeydukes para que vayan a su casa a traerle sus dulces y golosinas.
Y por último después de haber estado en varios cursos de cocina y que su marido le enseñara, seguía quemando la comida cada semana. Todo el mundo le ha dicho que deje la cocina, que sus comidas no están ricas, pero ella sigue intentándolo. Aunque terminen comiendo sándwiches porque la sopa está muy salada. O aunque el arroz siempre le quede pasado. O aunque se le haya incendiado la cocina varias veces — aunque gracias a ello se ha hecho amigo de los bomberos y ellos siempre vayan cada mes a saludarla y a felicitarla de no haber incendiado la cocina—.
Pero había una comida que le salía tan deliciosa que a todo el vecindario se le hacía la boca agua con oler el aroma: la tarta de melaza. Sí, según todas las personas que ha tenido el placer de tomarla han dicho que es la mejor tarta de melaza que han probado en sus vidas, sobretodo por el toque de menta y pepitas de chocolate que le añade. Y aunque le saliera siempre exquisita no significaba que para prepararla le fuera sencillo. Sinos era todo lo contrario.
Siempre era todo un desastre, había harina por todas partes, masa por las paredes y por el techo, cubiertos y utensilios de cocina por todos lados, cuencos y todo tipo de platos sucios en el fregadero por fregar, miles de ingredientes esparcidos por la encimera, alguna mezcla de ingredientes de los más extraña derramada por el suelo, el horno manchado de chocolate, cazuelas manchadas de leche quemada, el microondas lleno de mantequilla y a un viejo pero en forma perro blanco sucio de harina y masa comiendo leche derramada por el suelo.
Y eso era justamente la vista de la pelirroja al poner la tarta en el horno. Estaba muy cansada, tanto que lo único que le apetecía era estar tirada en el sofá viendo cualquier canal en la televisión. Pero sabía que eso era peligroso, ya que habían unos cerdos que siempre se comían ese postre incluso cuando aún está crudo. Y para que todo su trabajo sea recompensado debería de vigilar su tesoro... y recoger el desorden que había provocado.