15. Primera parte | Fiesta en la piscina

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LEVI.

Calamidad. Infortunio. Desventura. Ruin. Malévolo. Si hubiese tenido que escribir una lista de los sinónimos que Mía me solicitó, ésta rodaría sobre la alfombra de tan extensa que sería.

Quizás, desde su perspectiva, mi comportamiento fue el de un patán, mas en mi cabeza todavía no cabía el hecho de que no todos poseíamos la magnífica habilidad de encontrarle el humor a lo trágico. Encontrar luz en los lugares más oscuros y siniestros de la faz de la Tierra. Pero tampoco era una persona cínica; crucé la línea y me arrepentí de ello, fin.

Aquel día lo primero que hice fue ver el calendario, como todos los días en una vida donde cada milisegundo era invertido en escribir, planear futuras historias y pensar en que «bueno» no era suficiente, que si te definías a ti mismo como «bueno» era limitarse y si no rompías esa barrera jamás serías un «excelente». Yo era un buen escritor principiante que anhelaba la perfección. Vi un veinte y comencé a relacionarlo con imágenes que ya había visto, solo que no alcanzaba a recordar de dónde. Llamé a Mía para encontrarnos en el parque y seguir construyendo los rasgos del personaje, no creí que fuera a ir, pero cuando la vi con aquellas gafas oscuras y la punta de la nariz col veinte orada, deduje que estuvo llorando. En unas cuantas oportunidades la atrapé distraída mientras apretaba los labios y su barbilla temblaba.

Y lo recordé, recordé los números escritos en su biografía de Instagram, justo bajo la foto de perfil. En la actualiadad aquello podía significar la fecha que le daba inicio a una relación de pareja, una nueva amistad o el fallecimiento de un ser querido. Ni en mil vidas se me hubiese ocurrido que ella me invitaría a la misa de sus amigas, muchos factores aportaban en esa suposición, el más fuerte era que no nos conocíamos demasiado.

Luego de aquel encuentro no volvió a llamar, ni a responder mis mensajes. Fueron días en los que no recibí señales de la chica de mirada triste, lo único que sabía era que las sesiones con mamá seguían con su frecuencia usual. O me había enviado directo al infierno y no querría saber nada más acerca de mí ni del manuscrito, o simplemente me estaba ignorando como la mejor en su categoría hasta que el enojo se le pasara.

El tiempo me perseguía sin darme tregua. La inspiración de a poco iba regresando a mi sistema, lo cual agradecí al destino pues pude poner manos a la obra y empezar a escribir con seriedad el manuscrito. Cada vez que me estancaba en una escena, pensaba en Mía. No me percaté de que algunos capítulos encajaban con su vida y entorno familiar, incluso hice que su mejor amigo (una cacatúa escandalosa) llevara la inicial de Conrad en su nombre. El animal ideal para él, aunque se me ocurrían unos cuantos que le harían honor. Y ni hablar de la osada escena que me vi en obligación de mandar a la papelera por no ser del (sensible) agrado de Mía, cosa que me hizo saber mediante un argumento completo de cómo la ficción caminaba de la mano con la realidad y no separadas cual enemigos en calles paralelas. El resto de la noche me dejó consultando con las estrellas pegadas en el techo de mi habitación si cabía la posibilidad de que estuviese en lo correcto, si su punto de vista logró afectar el mío o si debí seguir el consejo del viejo de las palomas y abandonar mi parte irónica estando en su compañía.

Su historia me recordó a tantas otras que acabaron con una muerte y una vida que no perdía las esperanzas de reencontrarse con su eterno amor. Él dijo que su pareja adolescente lo dejó cuando su sarcasmo agotó la paciencia que parecía ser infinita, y que si yo iba por el mismo camino era mejor desviarme. Estaba seguro de que no terminaría así, puesto que Mía y yo no éramos nada, no obstante, la necesitaba a mi lado porque desde su llegada retomé la pasión por la escritura. Era más fácil sentarme frente al ordenador si sabía que estábamos a un mensaje de distancia.

Si las estrellas mueren [✔]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora