38. Y perdóname

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No vamos a salir de aquí hasta que no dejes de mirarme así, hasta que no te des cuenta de que tú también podías haberlo hecho. Es más, fuerte que tú te hubieses quedado ahí, fuera de este baño, donde los lavabos y el espejo, y luego hubieses dado una patada a Natalia.

Entiéndeme. No estoy justificandome. No me siento orgullosa de lo que hice. Me muero de la vergüenza de tener que contarlo. Habría sido más fácil mentir o no contar ese capítulo. Pero si lo he hecho es porque necesito sentirme perdonada. Me porté como un animal.

No estoy 100% segura de que la pena nos convierta en animales, pero sé que la IRA sí. Fui una salvaje. Olvidé todo lo que había aprendido en todos estos años de adiestramiento. Igual que Lancelot cuando salió volando y desapareció.

Pero yo no quiero volver a portarme como un animal nunca más. Y por eso lo cuento.

Los animales no hablan y escriben. No saben poner palabras a lo que les pasa. Equivocarse es humano, dicen. No sé. Yo creo que también los animales equivocan. Lo que no hacen los animales es contar que se han equivocado.

Yo lo cuento. Lo contaría con la letra más pequeña que encontrarla porque, ya te he dicho, me avergüenzo de haberlo hecho. Y esto es lo que me hace humana. Aunque sea una hermana pequeñita.

Y ya. ¿Salimos?, porque me estoy ahogando.

Yo no soy así.

Croquetas y wasaps - Begoña OroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora