Mi amiga Pinilla está enamorada. Locamente. Desde que sale con Zahira, apenas le queda espacio en su cabeza para pensar en otra cosa que no sea él. Guarda un hueco del tamaño justo para sacar unas notas relativamente buenas, y otro hueco, para mi gusto un poco pequeño, dedicado a mí. Vamos, que no me hace tanto caso como quisiera. Pero se lo perdono: es mi amiga.
Desde su estado de la-chica-más-enamorada-del-mundo es difícil que me consuele. Sin embargo, lo hace. O lo intenta.
Pinilla iba conmigo al colegio, luego se cambió, y ahora volvemos a ir juntas. Además vivimos en la misma urbanización y ha habido épocas en las que me costaba distinguir cuál era mi casa y cuál era su casa.
El otro día Pinilla, en su cuarto, o en mi cuarto, ya no lo sé, me pasa la mano por los hombros y me dejaba llorar y yo me desahogaba:
- Y encima, ahora mi madre está histérica porque cree que me dedico hacer pintadas. No veas la bronca que me he hecho por lo de los sprays. ¡Pero si no tengo ni idea de dónde han salido! La última pintura que me compré fue...
Me acordé del gloss. Pero no fui capaz de hablar de ello. No importa. Con Pinilla puedes dejar las frases a medias. Ella escucha igual. Le pasa como a mí: a veces escucha hasta lo que no se dice. Creo que es un poder que tienen los mentalistas y los amigos.
Pinilla me escuchaba mientras me iba pasando la mano por el pelo. Hasta para eso tiene una Mariteoría. Ella cree que cuando acariciamos al alguien la cabeza mientras llora es para acompañar a las lágrimas, para que no se sienten tan solas. Y la manera («¡La manera física!», dice María) de acompañar las lágrimas es deslizar la mano desde la cabeza, hasta la altura de los ojos, hacia abajo, en la misma dirección. Y esto se le llama consolar, que es estar menos sólo en la pena.
Sí, Pinilla me consuela. Pero también me dice que Lucas erá imbécil, que es la manera pinillista decir« ese tío es más tonto que Abundio » . Y me lo dice así, en pasado: «Lucas erá imbécil». No «Lucas es imbécil». Pero no es como si Lucas ya no fuera imbécil. Es como si Lucas ya no existiera, ahora y eso no es lo que quiero oir. Lo único que quiero es: « No te preocupes Luján. Lucas volvera contigo. ¿Donde se iba a encontrar una chica tan divertida, tan simpática, y con tanto encanto como tú?». Yal oír ese «con tanto encanto» que deberia decir Pinilla, yo sentería que tengo el pelo más brillante y menos fosco; que mi nariz aguileña me da una personalidad que ya quisiera Natalia; que mis ojos marrones, como los de yo que sé... ¿El 80% de los españoles?, pues que mis ojos marrones denotan una inteligencia superior y poseen una fuerza irresistible; que aunque no sea muy alta y ni muy delgada, estoy nien proporcionada que da alegría verme. Y todo eso había logrado Pinilla sólo con decir esas palabras.
Pero no. Pinilla es mi amiga y escucha lo que no digo, pero no me dice siempre lo que quiero que me diga, y supongo que eso es lo que distingue a un buen amigo de un mentalista. Pinilla no me dijo que tengo «tanto encanto». Y dijo que Lucas es imbécil, peor, que era imbécil. Y que no estuviera triste (deberían prohibir decir esa frase las personas tristes). Y también dijo: «Anda que no hay peces...», qué es la frase de un cuento que leimos de pequeñas y nos encantaba, de una pescadilla que se enamora de un besugo y se quedaba coladita por él pero lo subo pasaba millas marítimas de ella y, al final, otro pez la convencía de que había más peces en el mar.
Pero yo no quiero saber nada de otros peces. Que los haya. Por mi como si los pescan a todos, por mi como si mueren asfixiados con una bolsa de plástico con mi cosmos y se envenenan. Como el padre de Unai en la versión 26.1 y 26.2 de la muerte del padre de Unai.
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Croquetas y wasaps - Begoña Oro
AcakLo de las croquetas tardamos un tiempo en descubrirlo, y lo de la tristeza... Bueno, la tristeza fue posandose poco a poco, como una lluvia fina de esas que te van calando. Porque hay cosas de las que uno no se da cuenta hasta que pasa un tiempo. So...
