33. El curso imperturbable de las nubes

302 12 1
                                        

Oí el grito del halcón y me eché a llorar.

En medio del prado, sentada, abrazadas mis piernas, con la cabeza por las rodillas, mirando al suelo, deje que mi cuerpo se sacudiera en cada hipido como si le diera una descarga de quinientis voltios.

Quizá mi cerebro en realidad no estaba llena de ideas pesadas y negras, sino de lágrimas, y solo tenía que sacarlas de ahí, arrancarlas, y hacerlo como lo estaba haciendo: sola, porque las manos que acompañaban a las lágrimas, las manos que te acarician la cabeza mientras lloras, esas manos bienintencionadas, y la vergüenza no dejan que te sacudas es como un animal.

Y la pena nos vuelve animales, y como dice mi abuelo, «el buey sólo bien se lame».

Y yo era un animal que gemía y temblaba y lloraba.

Y lloré, y lloré, y lloré, y cuando ya no podía gemir más, cuando yo estaba tan agotada que no podía soportar ni una sacudida más, cuando ya mis lágrimas me resbalaban suavemente por la cara, rodando sin prisa como canicas sobre un plano apenas inclinado, volví a tumbarme.

¿Y sabes qué vi entonces?

Las nubes desplazándose perfectamente alineadas con el horizonte.

No hay dolor que cambie el rumbo del universo. Yno sé si eso es tranquilizador o escalofriante.

Croquetas y wasaps - Begoña OroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora