VIII. ACCIDENTES

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Hoy me dijeron que si me portaba bien me iban a dejar suelto muy pronto. Son como nosotros. Son cachorritos también y jugamos juntos.
(“Historia de dos cachorros de coatí y dos cachorros de hombre”, de Horacio Quiroga)


Acarició de nuevo bajo uno de sus ojos, los cerró un momento y hubo un instante fugaz en que se preguntó si eso bastaría para ser el chico perfecto de alguien como Lance.

Y fue por eso que no lo vio venir. El golpe realmente lo sorprendió. Y dolió.

Cómo dolió.

William gimió cuando su cabeza golpeó contra el pavimento y después de nuevo cuando incluso rebotó.

Él, igual que Lance, tampoco era muy religioso; pero se le escapó un “¡Ay, Dios!” en los segundos siguientes al golpe y la caída. Permaneció inmóvil, preguntándose durante un instante fugaz si no hubiera sido mejor un golpe fatal. ¿Tan malo sería morir? ¿Qué razones tenía para vivir?

Su novio lo consideraba un borracho y nada más... «¡Prometido!» gritó la voz en su cabeza, porque para Joseph era muy importante hacer esa aclaración siempre.

Hubo gritos y un revuelo total a su alrededor. No se atrevió a abrir los ojos por miedo a lo que se encontraría. ¿Lo habían atropellado? ¿Fue un auto? ¿Y si le faltaba un brazo o una pierna? No creía que él pudiera con algo así. Él no era lo suficientemente fuerte.

Se rio y sus costillas dolieron. ¿Eso era una buena señal? Porque no pudo evitar pensar en que esto debía ser lo que muchos llamaban "karma". ¿No estaba en toda esta situación por un accidente?

«Uno que tú provocaste por imprudente» le dijo la molesta vocecita.

—Creo que está en shock. Se está riendo... —dijo alguien en voz demasiado alta, ¿por qué estaban gritando?

Hubo un pitido en sus oídos y las voces pasaron a ser sólo un fondo molesto.

No supo cuánto tiempo después, si mucho o poco, sintió unas manos sobre él y una voz femenina demasiado familiar que le hizo abrir los ojos de golpe. Lo que fue mala idea porque una punzada horrible atravesó su cabeza, se sintió como si se la estuvieran partiendo en dos.

Aun así no pudo evitar gruñir. —¿Es en serio? ¡Tenías que ser tú! ¡Casi me matas, estúpida!

La chica, que si Will no veía mal, tenía varios raspones en el rostro sólo se rio.

Maldita mocosa.



* * * * *

Era viernes, así que Sarah había terminado temprano su trabajo como voluntaria. Había decidido ir a buscar a Karen para hablar con ella. Iba en su bicicleta. Su preciada bicicleta. Demasiado emocionada para prestar atención al chico que se detuvo a punto de cruzar la calle sin fijarse. Y demasiado distraída ella misma con sus nervios y el miedo a la reacción de Karen por el beso como para detenerse a tiempo.

Había salido volando, literalmente, después del impacto. Se había golpeado todo el lado derecho de su cuerpo, su cabeza incluida, al caer. Además de tener encima la bicicleta.

Pero no se sentía tan mal. Después de un par de minutos el aturdimiento se le pasó y, aunque supuso que pronto habría moretones y un dolor insoportable para moverse, ponerse de pie no fue difícil. Alguien le ayudó y otra persona le quitó la bicicleta de encima.

Sarah hizo una mueca cuando vio en manubrio torcido, esperaba que fuera el único problema. Era el único regalo reciente de sus padres. Desde que su hermano había salido del closet, todo había sido sobre él. Porque necesitaba de su apoyo total, “Porque la sociedad no entiende lo diferente y hay que estar para él, Sarah. Entiende. No seas egoísta. Es algo a lo que tú nunca vas a enfrentarte. Tú no tienes problemas”, porque ella –según sus padres– era heterosexual y no los necesitaba tanto como él.

Amor en Braille (Gay)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora