Él no puede ver; mi trabajo -castigo- era leerle.
La ironía es que fue precisamente él quien me hizo ver a mí. Yo había sido un ciego toda mi vida, sin ver lo realmente importante.
Con el tiempo aprendí que era él quien me leía a mí, que realmente p...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Para brillar, las estrellas transforman su hidrógeno en helio. Cuando hacia la mitad de su vida (varios millones de años) una estrella se queda sin hidrógeno, el núcleo se convierte enteramente en helio y la estrella declina: se vuelve más fría y brillante y luego muere. (“Cómo muere una estrella”, de Fernando Pino)
«Voy a llamar a Aidan para que se haga cargo de la oficina. No creo que diga que no a cambio de un buen pago, le sirve para sus prácticas y sé que ayuda económicamente a su familia; los padres no tienen estudios y la hermana todavía no va a la universidad... Pasaré este día contigo, pero sólo hoy William. Creo que podría contratar a una enfermera... Ya iba siendo hora...»
Después de eso Joseph lo había dejado solo de nuevo mientras hacía sus llamadas.
¿A quién?
Ah, sí. Al tal Aidan cuya familia dependía de él... Y a la enfermera que Will definitivamente no iba a aceptar.
No recordaba si había tomado la pastilla que Joseph le ofrecía o no. Ni tampoco haberse quedado dormido. Pero despertó un rato después –con una molestia en la frente y detrás de los ojos, no podía respirar bien y había lágrimas secas en una de sus mejillas– cuando escuchó voces. Se levantó con cuidado tratando de no lastimarse más, se quedó un momento sentado en la cama, preguntándose de quién era la segunda voz y por qué discutía con Joseph.
Se levantó, caminó lentamente; una mano en su costado y con la otra, la vendada, frotó su frente. Abrió la puerta con cuidado y caminó hasta la sala. Joseph estaba de espaldas a él, el otro chico cubierto a medias por su cuerpo así que Will no pudo verlo bien para saber quién era.
—Es sólo por hoy —se quejaba Joseph con ese tono que indicaba que no era la primera vez que lo decía y a él, Will lo sabía muy bien, no le gustaba repetir las cosas—. No era una pregunta —luego bajó la voz—. ¡Ni siquiera deberías estar aquí!
—No entiendo por qué tienes que... —el chico, su voz definitivamente de alguien más joven que ellos, sonaba como si estuviera haciendo unberrinche. Y Joseph tampoco toleraba eso.
—No te pedí entender. Te estoy pagando para que te hagas cargo hoy y busques a una buena enfermera. Mañana nos vemos... —parecía a punto de dar media vuelta.
«Quizá viene a buscarme», pensó William. Medio recordando que lo había abrazado y le había dicho que lo necesitaba.
Pero entonces el chico lo detuvo. —Joseph, por favor... —se acercó más a él y se puso de puntitas, lo que le permitió a Wil ver por fin su rostro. Le recordaba a alguien, pero... ¿a quién? Se parecía muchísimo a alguien que Will estaba seguro que había visto alguna vez. Su rostro le sonaba demasiado.