¿Cuánto estás dispuesto a perder por amor?
Dolores y Emiliano se conocieron de casualidad el mismo día que se perdieron para siempre, a pesar de que el flechazo fue instantáneo. Pero el destino se obsesionó en volver a encontrarlos, solo que no calc...
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—Espero que este tiempo que me ausenté me hayas hecho espacio en el ropero, porque ya empecé a mudarme, futura señora Herrera.
Emiliano le mostró la mochila tras su espalda cuando Dolores bajó a abrirle, con una sonrisa ladeada en sus labios.
—Eso quiere decir que tu hermano...
—Mejor ni me preguntes todo lo que dijo mi hermano cuando se enteró de que vos eras mi novia secreta.
—Bonito, no me asustes... —Dolores se cubrió la boca con una mano.
—¡No, preciosa! Todo lo contrario, venía riéndome solo en el subte de todo lo que me dijo, y la gente me miraba raro. Así que no perdamos más tiempo, hay que empezar a preparar todo ya, no quiero esperar un minuto más.
Dolores se colgó de su cuello mientras lloraba de felicidad, Emiliano la recibió gustoso cuando ella se subió a horcajadas mientras lo besaba. Como pudo, entró con ella y la mochila a cuestas, y cerró la puerta del edificio antes de que alguien los descubriera en plena calle.
Lo primero que hicieron fue buscar en línea la fecha más cercana para el matrimonio, y tuvieron suerte de encontrar una disponible en la primera semana de agosto. Tenían el tiempo suficiente para acomodar su vida juntos, mudanza, papeleos, alguna que otra compra...
Decidieron invitar solamente a ese círculo íntimo que fue testigo de su amor: la familia de Emiliano con Hermenegildo, quien fue como un padre para él, Aurora, Sandra, y Mauro con su nueva novia, una oncóloga que conoció en su trabajo como visitador médico. No planearon fiesta, sino una reunión muy pequeña en el departamento, ya después de que Emiliano se graduara habría tiempo de festejar, y por qué no, una gran boda por la iglesia.
Al día siguiente, Emiliano llevó a Dolores a su casa por primera vez. Si bien ella se sentía incómoda por su pequeño cuñado, Javier se mostró muy maduro y cálido con ella, quien pensaba si ese chiquillo revoltoso que no paraba de hacer bullicio por lo bajo en sus clases, era el mismo que estaba sentado frente a ella en la mesa. Fernanda, por su parte, rebosaba de felicidad al ver la bonita pareja que hacía con su hijo. Veía con sus propios ojos todo aquello que Emiliano le contaba con tanto amor y devoción cuando le hablaba de Dolores.
El tiempo se escurrió como arena entre los dedos, las tardes las ocupaban acomodando la vida que iban a compartir en el departamento de Dolores, y en las noches seguían fingiendo en el colegio. Para la semana de la boda civil, Emiliano ya estaba completamente instalado en el departamento de Dolores, ya hasta tenía el domicilio legal allí.
Se casaron un seis de agosto, Aurora y Sandra fueron sus testigos en el civil, en una sala tan vacía que hasta el juez se sorprendió de lo íntimo del asunto. Dolores eligió un look fresco para ese día tan especial, se colocó una falda blanca de tiro alto, tan suelta que parecía de un vestido de novia. Arriba, un top blanco de encaje de cuello cerrado y sin mangas, y su campera de jean celeste para cortar la formalidad y resguardarse de los últimos fríos de agosto, dado que no se veían sus Converse blancas debajo de la falda.