¿Cuánto estás dispuesto a perder por amor?
Dolores y Emiliano se conocieron de casualidad el mismo día que se perdieron para siempre, a pesar de que el flechazo fue instantáneo. Pero el destino se obsesionó en volver a encontrarlos, solo que no calc...
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El sol del alba se clavó en la retina de Dolores a las siete de la mañana. Intentó removerse, pero un peso en su cintura se lo impedía. Levantó un poco la cabeza y vio una enorme mano masculina con un brazalete de cuero marrón. Tomó la mano que la abrazaba, y enlazó sus dedos.
Emiliano dormía abrazado a ella, en el sillón de su living.
Se giró para quedar cara a cara con él, ambos estaban vestidos, y hasta calzados de la noche anterior. Se dio el lujo de examinar su rostro a detalle, delineó su perfil con el índice, sintiendo en la yema de su dedo la aspereza de la barba que le comenzaba a crecer. Contó las dos cicatrices de varicela, una en la frente y la otra en el pómulo, mientras escuchaba el tono ronco de su pesada respiración.
Y no pudo resistirse, se encomendó a ese Dios en el que no creía, y enlazó sus labios a los del hombre que ya la enloquecía con su sola presencia.
Despegó sus labios resignada a que Emiliano se despertaría, y ambos se arrepentirían de lo ocurrido. Pero jamás se enteró que Dolores, su preciosa como él le decía, lo había besado.
—Emi... —comenzó a zamarrearlo—. Ey... Bonito...
Emiliano se removió antes de abrir los ojos y encandilarla con sus dos faroles ámbar, que en la mañana estaban más claros que nunca.
—Repetí lo que dijiste —ronroneó peligrosamente cerca de su boca.
—¿Bonito?
—¿Eso es lo que pensás de mí? —Ella solo asintió con la cabeza mientras intentaba ocultar una sonrisa—. ¿Qué hora es? Tengo que entrar a trabajar a las nueve.
Dolores se levantó del sofá, se quitó las botinetas que ya le oprimían los pies, y buscó su teléfono. Al no encontrarlo, se asomó por el balcón.
—No son ni las ocho, porque los puestos de libros están cerrados, y ni siquiera están empezando a abrir.
—No me va a dar tiempo a volver a mi casa, me voy a tener que ir desde acá. Al menos tengo un uniforme de repuesto en el local.
Emiliano la alcanzó al balcón mientras se desperezaba. Se apoyó en el barandal junto a ella, y observó el imponente parque Rivadavia.
—Linda vista, desde acá ves todo el parque. Muy astuto de su parte, profesora. Mudarse frente a una feria de libros usados.
—Sí... Juro que no fue a propósito, pero admito que es una ventaja, siempre que me quedo sin algo para leer, cruzo y me compro algo nuevo. Como quien se va a hacer un café, descubre que no le queda azúcar y va al supermercado por más. Y hablando de café, andá a bañarte mientras preparo el desayuno.
—No, Dolly. No quiero causarte más molestias, si es tan temprano puedo pasar por mi casa, me queda de camino a la sucursal.
—De ninguna manera, por mi culpa anoche no cenaste, dormiste mal...