Veintisiete

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Tanto para Dolores como para Emiliano, el segundo día de clases era la prueba de fuego para descubrir si todo se había acabado, o podían mantener una chance de recomponer su relación

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Tanto para Dolores como para Emiliano, el segundo día de clases era la prueba de fuego para descubrir si todo se había acabado, o podían mantener una chance de recomponer su relación. Ella quería evaluar su nuevo nivel de indiferencia, y él iba dispuesto a encontrar un ápice de redención en su mirada.

Pero cuando se cruzaron accidentalmente en los pasillos, Dolores ni siquiera se dignó a mirarlo.

Se hizo el primer miércoles de época de clases, y Emiliano comenzaba a sentirse cada vez más lejos de volver a ese romance idílico e intenso que vivieron. Sabía que ese día no la vería ni siquiera de lejos dentro del colegio, y eso le provocaba ansiedad.

La historia era distinta a cinco estaciones de subte A. Dolores se sentía vacía, apática, sin ganas de volver a confiar en otro hombre, pero con muchas ganas de aprovechar ese reinicio que Emiliano hizo en su autoestima, en su juventud. Que, si bien con treinta y uno no era una anciana, al pasar la tercera década ya sentía a la señora respirándole en la nuca.

Y más después de todo lo que Mauro le echó en cara para justificar su engaño, que había reflotado luego de ver a Emiliano en los brazos de una mujer mucho mas joven.

El tercer día de su tercera nueva vida sentía que algo le faltaba en el departamento. A esta altura, ya sabemos que ese faltante tenía ojos ámbar, pero Dolores estaba convencida de que lo que le faltaba era un buen libro. Si cualquier mujer mira su ropero atiborrado de ropa y piensa «no tengo nada para ponerme», ella miraba su enorme biblioteca y pensaba «no tengo nada para leer».

Diez minutos después, se perdía entre los pasillos de la feria de libros usados de parque Rivadavia.

Se detenía en cada puesto y se tomaba su tiempo para observar todo el stock de ese día. Aunque ya casi conocía de memoria los libros de cada puesto, Dolores sabía que siempre podía sorprenderse con alguno nuevo que haya sido parte de pago desde su última visita. Conocía también a muchos de los puesteros, en esos casos, la charla era inevitable mientras ella se ensuciaba las manos de tierra al recorrer con sus dedos los títulos en los cajones.

La mañana se esfumó recorriendo la feria de usados, ningún libro la satisfacía o ya los había leído. Comenzaba a entender que lo que le faltaba no era el libro, sino las piernas en las que ella reposaba su espalda cuando se tiraba en el sillón a leer cada miércoles por la tarde.

Revisaba desganada uno de los últimos puestos, los que lindaban con Rivadavia, hasta que una voz que ya comenzaba a olvidar la hizo girar la cabeza.

—¿Loly?

Mauro estaba parado junto a ella, con una gran sonrisa en su rostro, y el pelo un poco más corto. De su hombro colgaba la mochila que usaba para ir a sus clases en la facultad, y se balanceaba hacia los lados, expectante de la reacción de Dolores. Era la primera vez que se veían luego de aquel peculiar episodio con Denise en su departamento.

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