Capítulo 11

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Nuevamente había que volver a la realidad por muy doloroso que hubiese sido el desenlace anterior. Aunque en esos momentos Mina se sintiera decaída y con ganas de esconderse de todos... Ella bien sabía que no podía hacerlo, pues aún tenía responsabilidades que no podía abandonar así como así.

Iba conduciendo su auto en completo silencio, ni siquiera se sentía con fuerza como para colocar esas canciones que nunca podían faltar durante sus mañanas. Cada vez que cerraba los ojos todo se volvía a repetir en su cabeza; las palabras, las imágenes, las voces, absolutamente todo.

Estaba tan inestable que sentía que en cualquier momento se derrumbaría y lloraría sin importar quién la mirase.

Siempre había tenido la duda del porqué su padre había tomado esa decisión. Los días previos a aquel acontecimiento todo parecía ir bien. Algunas veces lo veía decaído o llorando, pero nunca pensó que fuese algo grave como para llevarlo a desear la muerte... Es decir, en esos momentos ella tenía 8 años de edad, ¿qué podría saber ella lo que significaban tales cosas?

Aquella tarde en la que había ocurrido eso seguía muy presente. Su padre se había quitado la vida mientras estaba en una de las habitaciones vacías de la casa. Ella estaba durmiendo en su propia habitación, pero se levantó, deseando tal vez no haberlo hecho para presenciar aquello.

Él estaba de pie con el arma en su sien y... simplemente sucedió. Un enorme estruendo sonó, eso es lo que más puede recordar Mina. Mucha sangre y gritos se unieron para intensificar el caos... Y allí estaba ella, observando todo sin saber qué demonios significaba aquello.

Lo comprendió cuando estuvieron en el funeral y vio aquel ataúd color marrón oscuro. Su padre había muerto, y no volvería a verlo nunca más. Fue eso lo que repitió sin cesar durante semanas y semanas, entre pesadillas y lágrimas aceptó que su padre se había ido, y que todo lo que deseaba compartir con él ya no sería posible.

Estacionó el auto con brusquedad, ya había llegado. Se inclinó sobre el volante y volvió a llorar, sintiéndose aquel llanto desconsolado igual a los de aquella niña de 8 años que sentía el dolor y la ausencia de su padre. Aquel llanto era parecido a ese que derramó cuando vio a su madre morir sobre la cama de hospital mientras aquel pitido se hacía cada vez más débil y torturante.

Era el mismo dolor volviendo a atormentarla una y otra vez sin parar.

Pasados cinco minutos logró reponerse y limpió todo rastro de lágrimas de su rostro. Tal cosa fue casi imposible, pero podía asegurar que lo logró. Salió del auto y se adentró en el edificio finalmente. Ya el lugar estaba lleno con los alumnos del primer turno, éstos al verla le sonrieron como de costumbre.

Entró en su oficina para prepararse para el día que se avecinaba. Como de costumbre, su compañera Wendy entró a saludarla con esa amabilidad que nunca era escasa de su parte.

—Buen día, Mina —se acercó.

—Buen día —apenas susurró.

—¿Todo bien? Pasaste justo por mi lado y no me saludaste.

—Disculpa, realmente no te ví.

Wendy se acercó un poco más y vio sus ojos completamente enrojecidos. Esto la preocupó al instante.

—Mina, ¿tú estabas... llorando?

—¿Qué? —pasó las manos por sus ojos con brusquedad—. Claro que no. Sólo no pude dormir bien —le dio la espalda mientras fingía organizar unas cosas.

—Entiendo —murmuró con dudas—. Si necesitas hablar o algo, no olvides que aquí estaré para escucharte.

—Estoy bien, descuida.

𝕋𝕨𝕠 𝕎𝕠𝕣𝕝𝕕𝕤 𝔹𝕦𝕣𝕟𝕚𝕟𝕘 | 𝕄𝕚𝕔𝕙𝕒𝕖𝕟𝕘Donde viven las historias. Descúbrelo ahora