Un día normalmente nublado en Baker Street, diría que todo era perfectamente tranquilo, pero mentiría, pues hoy los Evans se estaban mudando de California al bello Londres. Varios vecinos chismosos salieron para ver llegar los camiones de mudanza, incluso el joven Sherlock de 23 años, el cual creyó patético tanto alboroto por unos extraños que llegaban al vecindario.
Después de 2 minutos un auto familiar llegó, del que bajaron dos personas caucásicas, eran jóvenes y se notaba tanto en su rostro como en su vestimenta el ambiente extranjero, la mujer rubia abrió la puerta trasera de la cual bajaste tú, una pequeña de 5 años que tenía lágrimas en sus ojos por no querer mudarse. Tu madre te cargó en sus brazos y tú escondiste la cabeza entre su cuello y al desviar la mirada con curiosidad viste al enigmático Holmes parado observando todo con intentos de deducir, al verlo sentiste con alegría dejando atrás toda la nostalgia, y elevaste tu mano agitandola como saludo, el que Sherlock respondió confundido, pero sonriendo.
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Lo miraste una última vez antes de meterte a la casa y que tu madre cerrara la puerta tras ella, rompiendo el contacto con el joven británico.
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10 años pasaron, Sherlock se convirtió en un famoso detective, junto a su colega Watson esclarecen crímenes que se escapaban de la vista de todo Scotland Yard. En cuanto a ti, estabas en preparatoria, te habías hecho amiga de Holmes y cruzabas la calle para ir a visitarlo, y escucharlo con fascinación hablar por horas sobre sus casos.
- Recuerda venir temprano, no se te puede pasar el autobús -dijo tu madre como advertencia mientras tú salías a la acera.
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- Claro mamá -respondiste despreocupada- nos vemos en un par de horas -comenzaste a caminar y pudiste divisar a cierto detective salir con su inconfundible abrigo y corbata- ¡Hola Sherlock! -agitaste tu mano con alegría.
- también elevó una mano, seguido de hacer sonrisa ladina- Buenas tardes, ___
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