Antes de que comience su tercer año en Hogwarts, Harry se enfrenta a tres semanas enteras de tiempo sin supervisión en el callejón Diagon. En ese tiempo hace un viaje a Gringotts, y eso lo cambia todo.
Cargado con el conocimiento de que Dumbledore...
Todas las semanas, sin falta, sin importar el caos que se produjera en la agenda de Harry, éste reservaba un tiempo para enseñarle a Draco todo lo que le había enseñado a la HA. A veces ese tiempo terminaba siendo la medianoche, pero valía la pena. Todo lo que Harry podía enseñarle a Draco, Draco se lo enseñaba luego a Pansy y a Millicent y a Cassius y ahora a Theo - los Slytherins que no podían arriesgarse a venir a las sesiones por sí mismos, pero que tampoco podían arriesgarse a ir al pequeño grupo de estudio de la Casa Slytherin de Blaise y Daphne para hacer lo mismo.
Eran los Slytherins que no podían arriesgarse a ser vistos desertando, ni siquiera por otros desertores.
Por suerte, las sesiones no duraban tanto como con los HA Draco era sólo una persona, no las cincuenta y pico a las que Harry daba clases ahora, y además era una persona inteligente. Aprendía las cosas con rapidez, lo que facilitaba mucho el trabajo de Harry.
Y dejaba mucho tiempo para que se besaran antes de irse a la cama, dependiendo de la noche. Desde que empezaron a trasladar su pequeña cita a la Cámara, era un poco más fácil dejarse llevar.
En este momento, estaban trabajando en el primer hechizo que realmente haría tropezar a Draco, para hacer que necesitara más de una sesión sobre el tema; el encantamiento Patronus.
-No puedo creer que le estés enseñando esto a todo el mundo-, murmuró el rubio, mirando con frustración a la mancha informe de magia plateada que se extendía frente a ellos. -Es una magia muy avanzada-.
-Es una magia muy útil-, replicó Harry. -Y no es imposible, sólo hay que intentarlo. Ésta es sólo tu segunda sesión. Recuerdas el tiempo que me llevó en tercer año-.
-Sí, porque tenías trece años-, dijo Draco con sorna. Resopló. -Déjame intentarlo de nuevo-. Una mirada de determinación cruzó su rostro. -¡Expecto Patronum!-.
La magia de plata estaba cerca, ahora; Harry definitivamente vio algo con cuatro patas y una larga cola. Un pensamiento lo golpeó, y sonrió. -Eso es brillante, amor-.
La ceja de Draco se levantó con suspicacia. -¿Por qué pareces tan jodidamente engreído?-.
Harry se inclinó hacia él, besándolo rápidamente. -Si no me equivoco, tu patronus es un zorro-, informó al chico de Slytherin encantado. Los ojos de Draco se abrieron de par en par.
-Oh-. Una sonrisa se dibujó en sus labios. -Eso tiene sentido, supongo-.
-Te amo-, declaró Harry, con el corazón lleno al saber que Draco lo veía como su mayor protector. Draco puso los ojos en blanco.
-Yo también te amo, pero si me dices que Longbottom consigue su patronus antes que yo, te dejaré-, espetó. Harry se rió.
-Para ser sincero, supuse que te enseñarías a ti mismo el hechizo cuando supiste que yo lo estaba aprendiendo, allá por el tercer año. Siempre fuiste un mierdecilla competitivo-, añadió con cariño. Una vez más, Draco resopló con frustración.
-Lo hice. No pude conseguirlo, así que me rendí-.
Harry se acercó más, rodeando a Draco con sus brazos por detrás, apoyando la barbilla en el hombro de su novio. -Bueno, ahora tienes recuerdos más felices-, señaló, besando la concha de su oreja. -Vamos. Ya casi has llegado-.
Sintió el escalofrío que recorrió el cuerpo de Draco. -No ayuda-, murmuró el rubio, aunque no hizo ningún movimiento para desalojar a su novio percebe. Levantó la varita, respiró hondo y volvió a intentarlo.
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