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—¿Qué vas a hacerme, Matteo? ¿Quieres acostarte conmigo acaso?— voceé con la respiración acelerada

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—¿Qué vas a hacerme, Matteo? ¿Quieres acostarte conmigo acaso?— voceé con la respiración acelerada.

—Tú no tienes idea de lo que quiero hacer contigo, Lu— sonrió negando con la cabeza.

—Pues, ven y muéstramelo, Pasquarelli— lo reté.

—¿Lo dices por qué quieres demostrar que no me tienes miedo? —dio un par de pasos hacia mí acechante—...¿O es que en serio deseas que te haga mía de nuevo?

—Yo no soy tuya, tuya puede ser esa esclava que tienes, yo ya no— le aclaré.

—¡Oh, vamos, Luna! No nos hagamos los tontos. Nuestra relación salvaje siempre nos ha funcionado de maravilla. Adoras que te lo haga fuerte y acelerado.

Lo que estaba fuerte y acelerado era mi respiración. Tragué con dificultad y retrocedí con mis manos por la cama a medida que Matteo iba acercándose.

—Ven, Lu. Méggie quiere un hermanito— mordió su labio inferior y se arrodillo sobre la cama.

Matteo se deshizo de su camisa y yo me quedé sin respiración al ver como la tela se deslizaba de su piel como mantequilla. Su cuerpo estaba más desarrollado y más fuerte, era increíble. Se desabrochó el cinturón y el sonido campanilleado de su hebilla me hizo vibrar por un segundo. Escuché el sonido de su cinturón desprendiéndose con fuerza de sus pantalones. Matteo extendió su cinturón dividido en dos e introdujo el agujero que formaba este dentro de mi cabeza. Me halo con él hacia adelante y me unió su cara a la mía.

—Debo agradecerle a mi hija por esos pechos tan grandes que tienes ahora moviéndose con tu respiración— miró sobre mi pequeño escote.

—Te repudio, Matteo. Puedes tocarme si quieres, violarme incluso, pero igual no causas nada en mí. No me excitas en lo absoluto. Me das asco, me da asco tu cuerpo y tu boca— mascullé entre dientes viendo el rojo vivo de sus labios húmedos.

—¡No me digas! —dijo con crudo sarcasmo— Qué irónico, porque siente lo que tú causas en mí— susurró.

Tomó mi mano con su mano libre y me obligó a presionarla sobre su abultada entrepierna.

Dios. Esto estaba quemándome.

—Eres un puerco— fue todo lo que pude decir.

—Hagamos un pequeño trato —murmuró contra mis labios sin liberarme del cinturón alrededor de mi cuello—, no vas a moverte. Si tú te arqueas lo más mínimo ante mis toques, significa que aún me deseas y tendrás que hacer el amor conmigo esta noche. Pero, si te mantienes inmóvil por... Cinco minutos, te dejo ir con ese malnacido de Simón. ¿Qué dices, Lunita, aceptas el reto?

Me debatí por un segundo. Tenía la posibilidad de marcharme con el consentimiento de Matteo, pero sabía que de todos modos no podría resistirme a sus toques. Suspiré confundida.

Malas DecisionesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora