11. Invitado no deseado

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Capítulo 11 

Hasta el día de hoy consideraba a Arthur un hombre que preservaba la serenidad en todos los aspectos de su vida, pero este como lo haría cualquier padre la pierde. Se acerca a pasos alargados hacia Antonia y el chico, desde mi posición puedo notar como sus hombros y espalda se tensan.

Coge al chico del brazo con tanta facilidad que parece un muñeco de trato.

—Te vuelves acercar a mi hija y te castro con mis propias manos —Pasa por mi lado mientras lo zarandea dejándolo en la puerta de la casa.

—Papá, pero solo es un amigo además tú traes aquí a Luciana a la casa y yo no opino sobre tu vida, ni hago un show —Corre detrás de ellos con la camisa del chico en sus manos.

Ese pequeño comentario hace que Arthur voltee la cabeza casi como un búho, haciendo que Antonia frene en seco quedándose a mi lado.

—Antonia no seas tan ridícula de comparar esta situación con mi vida, esta es mi casa y ya soy un adulto, este tipo —Lo zarandea haciendo que se ponga aún más pálido de lo que se puso cuando nos vio parados frente a ellos— tiene casi el doble de tu edad —Nunca es de más la exageración en un regaño, yo creo que debe de tener unos veinte años, pero igual sigue siendo un pervertido por ir a la casa de una niña.

—Tú eres más viejo que Luciana.

—Estamos en la misma etapa del ciclo vital —Los conocimientos universitarios no tienen otro momento más pertinente para relucirse.

Antonia gira a mirarme con cara de pocos amigos, me pasa por involucrarme en esta discusión.

—Se está aprovechando de ti —Arthur articula cada palabra— te dejo aquí porque estás cansada, confío en que no vas hacer alguna idiotez y lo primero que haces es traer a alguien que solo se quiere revolcar contigo, porque créeme él no quiere nada más de ti.

—¿Crees que no le voy a gustar a alguien por lo que soy? —Los ojos de Antonia se inundan de lágrimas.

—No hija, no estoy diciendo eso —Baja su tono de voz— pero un chico de casi veinte años solo buscaría a una chica de catorce para acostarse con ella porque no lo logra hacer con las de su edad —Arrebata la camisa del chico de sus manos— Pensé que te había criado bien, como para que distinguieras sus intenciones.

Empuja al chico tan fuerte que cae directo en el concreto de la entrada de la casa, tirándole la camisa en la cara, muy valiente para ir a media noche, pero no tanto como para emitir palabra alguna en medio de la discusión.

—Me alegra que mamá se haya separado de ti, eres un fastidio —La voz de Antonia se escucha quebrada por el llanto.

Arthur suspira profundamente y voltea hacia mí.

—¿Puedes esperarme en la habitación? —Asiento con la cabeza.

Ojeo la habitación, la cama está en el centro, a ambos lados hay pequeñas mesas, en la esquina derecha se encuentra un escritorio, encima de él hay varios documentos, un portátil y una pequeña lámpara, en la otra esquina está la puerta del baño, al abrirla lo primero que se ve es el espejo rectangular iluminado por pequeñas luces a sus alrededores, bajo él está el lavamanos en mármol sobre los gabinetes de madera, la ducha tiene baldosas del mismo tono que el mármol y luce tan relajante que dan ganas de estar ahí por siempre. Después de observar todo apago el bombillo y me siento de nuevo en la cama, escuchando la disputa que se traslado a este piso.

—Por eso nunca te cuento nada, siempre reaccionas de la peor manera, juzgandome por esto, por aquello —Dice ella.

—No te juzgo, trato de corregirte y educarte porque eres una niña caprichosa e ilusa que cree que en la vida todo es romántico y bello, pero no, a veces la vida es un asco. —Antonia azota la puerta de su habitación dejando a Arthur hablando solo.

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