Capítulo 18

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Gabi
El día comenzó con un feliz cumpleaños de parte de mi madre. Y como de costumbre, preparaba mi desayuno preferido: oreos y matecocido.
Siempre terminaba llevando el paquete a la escuela porque casi nunca tenía hambre en esas tempranas horas donde iba a la escuela.
Me llegó un mensaje de Simón:
"Buen dia buen diiia" -a lo que sonrío porque el castaño siempre me escribía al levantarse, incluso cuando nos ibamos a ver a la hora.
Los puntitos aparecieron en la pantalla y esperé a que redactara el segundo mensaje.
"Hoy no te tenes que tomar el colectivo. En 15 minutos
estoy en tu casa."

"Genial, porque la verdad no tenía muchas ganas de esperar el colectivo." -le contesto a Leónidas mientras termino de desayunar.
Me pongo el uniforme y bajo para la entrada de mi casa a esperar a Simón.
Cierro la puerta de su auto despues de mí y el castaño me abraza y me felicita.
Llegamos a la escuela, y no había nada fuera de lo normal.
Saludé a Mara que me avisó que despues de la escuela ibamos a comer juntos a donde quisiera y yo opté por comer pasta, asique ya tenía el lugar elegido.
Al salir, Mara se comprobaba algo extraña, estaba más entusiasmada de lo normal con mis cumpleaños. A veces desearía que ella estuviese en mi cuerpo y que
ella pase a ser la cumpleañera. Pero este año estaba más contento, hecho inusual.
Fuimos a Manolo y luego me llevó a comprar ropa.
Sinceramente acepté ir porque me dijo que ese era su segundo regalo.
Le pregunté para qué insistía tanto en que me pruebe una camisa si nunca tendría motivos para usarla más que una entrevista laboral.
-Ay, pero mirá si un día un chico te invita a salir y vos le caes con tu remera negra y los jeanes a un restaurante lujoso, Gabriel. Siempre sirven las camisas. Y de última
si no le encontras utilidad, más adelante me la das y te la corto. -dijo con cara victoriosa por su última idea.
Río y opté por una camisa blanca lisa y un jean nuevo negro porque el que tenía ya estaba algo gastado.
Le insistí tanto a Mara, que terminé pagando el jean yo y ella me compró la camisa, ya que a mí parecer
era mucha plata para una simple camisa blanca (una razón más para no volver a comprarlas).
Despues de unas lanzadas al aro y algunas maquinas de garras en la sección de juegos, me vibró el teléfono. El castaño que estuvo muy atareado el día de hoy me escribió.
"¿Hola? ¿Si? ¿Hablo con el cumpleañero? Es para avisarle que no programe eventos para esta noche porque tiene una cena con el señor Leónidas.
A las 9:00 tienen reserva. Por ende, el invitado debe estar bien vestido y con ganas de pasar una elegante velada con la mejor compañía conseguida para las 8:30.
Atte.
Equipo directivo."
Solíamos hacer ese chiste ya que en las notas que nos hacían copiar para nuestros padres, siempre finalizaban de esa forma.
Sonreí y le dije a Mara:
-Menos mal que compramos la camisa. Simón me invitó a cenar. -mi estómago se revolvió de solo pensarlo.
-Si...menos mal que soy la mejor del mundo. Ya quiero que sean las 8:00. -a lo que yo paré en seco y le
pregunté:
-¿Vos lo sabías?
Mara, sonriendo de forma complice e inocente, asintió a mi pregunta.
-Son tremendos ustedes dos. -dije sonriendo y negando con mi cabeza.
Le confirmé a Simón y Mara me acompañó hasta mi casa.
Mi papá me saludó no muy entusiasmado. Aunque le agradecí, no dejaría que su actitud arruine la felicidad que vengo construyendo este tiempo. Y menos hoy, es
mi cumpleaños.
Me cambié unos 10 minutos antes porque estaba algo nervioso y no quería transpirar la camisa nueva antes de la cena.
Me subí al auto y el castaño me saludó con un beso en la mejilla. Fuera de cualquier tensión amorosa que se le puede adjuntar a esa acción, sabiamos que
no estaba. Se había vuelto un detalle que teníamos entre nosotros, y ambos estábamos cómodos, asique
tranquilamente, procedí a preguntarle a donde me pensaba llevar el anfitrión de la noche.
Simón decidió ignorarme y me dijo:
Lo único que te voy a decir, es que te queda muy bien esa camisa. -miro al conductor, analizo lo que tenía puesto y le repetí el halago.
El castaño llevaba una camisa color salmon, bastante ajustada a su cuerpo pero no llegando al extremo de
dejarlo sin aire y unos jeans azules.
Este me sonrió y agradeció.
La cena no fue más de lo que acostumbramos: contacto visual, comida y temas vanales que cobraban un valor distinto cuando salian de su boca.
Le agradecí por la cena y Simón me dijo:
-Bueno bueno, tampoco cortemos acá porque faltan algunas cosas todavía.
-Ya me invitaste a cenar. ¿Tantas cosas ibas a hacer para mí?
-Y si Gabi, sos alguien importante para mí
-apoyó su mano en mi hombro.
-Vos tambien, pero ¿No es demasiado? -dije algo reacio.
-Nunca. -dijo sonriendo y encontrandose con mis ojos.
Al subir al auto, me llevó a lugar cerca del río donde podías ver las luces de la ciudad bastante alejadas.
Era un lugar que ya habia visto pero en el que nunca paraba.
-Este lugar casi siempre lo ven todos cuando vuelven o
van por la ruta de noche, pero casi nadie para. Asi que hoy es la excepcion. Porque eso aprendí con vos, a hacer cosas que antes no tenía ni por la cabeza
como posibilidades.
Y por eso te merecías estar en un lugar lindo, con buena companía, por supuesto -dijo halagándose- y con un lindo regalo.
Y de ahí sacó una bolsa marrón de la parte trasera del auto.
Miré los ojos del castaño y procedí a abrir la bolsa.
Adentro había una remera bastante grande con la pintura de "El grito", dos paquetes de moritas y una hojita.
Al tomarla noté que Simón me había escrito un poema.
"Perséfone sin ver, logró amar a Medusa
y yo sin problemas en ella
tenía nublada la vista.
Lograste
con tus manos de artista
darle otro sentido a mis letras;
me das tus tormentas
y yo te las transformo en primavera.
Diecinueve años tratando de competir contra la lluvia
cuando verdaderamente eras el sol
que buscaban mis planetas
Ahora yo solo espero que tu cosmos se expanda
incluso cuando yo quede en él hecho sólo una estrella."
Se me aguaron los ojos, a lo que el castaño a mi lado me dijo por lo bajo: Espero que estes llorando porque te gustó y porque pasaste una linda noche.
A lo que asentí, lo abracé y me separé de él.
Respiré hondo, le agradecí y sinceramente le dije:
-Te amo.
Simón me miró, me sonrió y respondío:
-Yo tambien, Gabi.

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