CAMBIOS

26 0 0
                                    

Eran las siete de la mañana y yo ya estaba enfrascada en la cocina con los desayunos cuando sonó el timbre. Fui a abrir la puerta.

—¡Sergio, qué sorpresa! ¿Qué haces aquí?—Sonreí atontada al verle. La visita de hoy no me la esperaba.

—Necesitaba verte ynecesitaba hacer esto.

Avanzó hacia mí y puso sus manos a ambos lados de mi cabeza y me besó con ansia. Yo estaba confundida pero me entregué a su beso, vaya que sí me entregué.

¡Y cómo besaba, madre mía!

Mis piernas empezaban a flaquear así que me agarré a él más fuerte.

—Lena—me dijo separándose un poco y mirándome fijamente—. Te quiero.

Me quedé mirándole unos segundos.

—Sergio, yo también te quiero—contesté.

Pipipipi, pipipipi, pipipipi

El despertador sonaba a mi lado.

Mierda, mierda, mierda.

—¡¡¡Joder, Óscar, qué susto me has dado!!!—Pegué un bote en la cama— ¿Qué cojones haces ahí plantado mirándome?

Estaba serio a los pies del sofá mirándome fijamente a los ojos. Su mirada se clavaba de tal manera en mí, que tuve que apartarla. Estaba sobresaltada y confundida. Afortunadamente, se dio media vuelta y sin mediar palabra, salió del salón.

¿Y ese sueño? Me había dejado más que descolocada. Había sido tremendamente real.

Morfeo, universo, planetas o quién se encargue de estas cosas: por favor, ya no más. Ningún sueño de estos más. Estás jugando con mis sentimientos y esto se me está escapando de las manos y cada día me cuesta más controlarlos. Por favor, te pido encarecidamente que no me des más sueños de estos.

Igual enciendo una velita y todo.

Me senté en la cama todavía atontada. Con los ojos cerrados veía todavía la imagen de Sergio besándome. Y cuando los abría veía la de Óscar plantado mirándome. Dos imágenes totalmente diferentes, y solo una era real. La más chunga, claro. A ver si conseguía apartarlas hoy de mi cabeza.

Fui a la ducha para espabilarme. Ya con los niños, la comida y demás en marcha, me tomé un café bien cargado con un par de tostadas. Mi cabeza desechó una imagen, pero no podía aparcar la otra. La de Óscar. Me inquietaba mucho su manera de mirarme. La noche anterior, hoy Nunca le había visto así y estaba realmente asustada. No parecía el Óscar indefenso, sino uno amenazador y malo. Si no cambiaba de actitud, hablaría con Sofi para que los niños se quedasen en su casa aunque estuvieran apretados unos días. No sabía qué tramaba y no quería que los niños saliesen perjudicados.

Rosa me había llamado pronto para invitarme a comer y no pude resistirme, por lo que acepté encantada su invitación.

—¡Elena, cariño! Estamos encantados de que vengas a comer. Podríamos hacerlo costumbre los lunes o cualquier otro día ¿qué te parece?—me preguntó entusiasmada Rosa mientras nos dábamos los besos de saludo.

—Pues me gusta la idea. Reservadme los lunes.

—Pues no se hable más. ¡Oído cocina!

—¿Cómo va el papeleo y demás? Y lo más importante, ¿cómo estás llevando el tema tú?

—Pues lento, Miguel. El abogado está de baja hasta la semana que viene por lo menos. Y yo estoy bien. Bastante animada, la verdad.

Te sueño dormida, te sueño despiertoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora