Capítulo 3

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Acaricio mis manos con suavidad, me giro sobre mis pies para tener una vista amplia de la casa

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Acaricio mis manos con suavidad, me giro sobre mis pies para tener una vista amplia de la casa. Un pequeño camino con piedras de diferentes tamaños me invita a pisarlas; quiero irme a casa y Pier me las pagará. El césped está recién cortado, las rosas fueron podadas hace poco, probablemente hoy, y las ventanas brillan de lo limpias que están.

Todavía recuerdo el día en que papá me presentó a Wanda y me dio un breve resumen de quién era la joven por la cual había cambiado a mamá.

Alta, un metro sesenta y ocho.
Ojos verdes (los más bonitos que ha visto), según él. 33 años, es abogada y escritora en los tiempos que puede hacerlo. No suele pasar mucho tiempo en casa y es un milagro cuando logra dormir con ella en las noches.

Tomo una cantidad de aire en mis pulmones; al menos no se buscó a alguien de 21 años, eso sería una excusa perfecta para quitarle el título de padre y alejarlo de mi vida. ¿Cómo lo conoció? No lo sé, nunca le pregunté y tampoco me interesa saberlo. Dejo de mirar la casa como una psicópata y camino con suavidad hacia la puerta.

Levanto mi mano, mi dedo índice se hunde en el botón del timbre y el sonido me provoca un escalofrío. Escucho los zapatos resonar por la casa y, tan pronto como los oigo, la puerta se abre.

—Artemis —nombra y expande una sonrisa en sus labios. Trago saliva. Se acerca rápidamente y deposita un beso en mi mejilla, invadiendo por completo y sin permiso mi espacio personal. Le tengo rechazo.

—Hola —alcanzo a decir, aún procesando lo que acaba de hacer.

—Pasa, por favor —suplica y se corre de la puerta, y desliza su mirada hacia el exterior—. ¿Tu novio?

—Él... no podía quedarse —musito, intentando no pensar en el idiota de Pier, quien se ganó un boleto para no tener sexo por dos años. Sus dedos se aferran a mi brazo para obligarme a ingresar; pasé mucho tiempo en la puerta sin querer dar ese paso...—. ¿Lisa? —pregunto con la intención de que me lleve hacia mi hermana y no hacer de este momento uno más incómodo.

—Salió con tu padre, necesitaba algunas cosas para cocinar y ellos se ofrecieron a ir —asentí. Sus ojos verdes me analizaban y podía notar su nerviosismo en la forma en la que apretaba sus manos, inquietas y con ansiedad. ¿Por qué se esfuerza tanto en caerme bien? Aprieto mis labios, observo rápidamente la pequeña casa; hay fotos, pero no de ellos, solo artísticas y de formas...—. ¿Quieres... —la miro de nuevo— café?

—No, lo siento, no bebe café —aprieta sus labios, el ambiente está incómodo y trato de no hacérselo más difícil—. ¿Tienes té? —todo sea por el estúpido de Tristán. Asiente de inmediato y ensancha sus labios en una sonrisa de nuevo. Seguí sus pasos hacia la cocina; una vez dentro, observé cómo miraba las cajas de las infusiones, jugueteaba con sus anillos y mordía su labio.

—¿Algún té en especial?

—No, solo té —asintió y estoy segura de que se reprendió mentalmente por haber preguntado aquello. Mi teléfono da un pequeño timbrado; por el pitido sé que es Pier, el idiota se cambió el ringtone para que supiera cuándo es él y cuándo no.

IMPURA IDonde viven las historias. Descúbrelo ahora