Capítulo 7

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El almuerzo transcurrió con normalidad; los chistes de Lisa no abandonaban la mesa y me provocaban un rubor en las mejillas

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El almuerzo transcurrió con normalidad; los chistes de Lisa no abandonaban la mesa y me provocaban un rubor en las mejillas. Wanda había cambiado su semblante desde nuestra última conversación: se mantuvo distante y aportando pequeñas cosas a la charla. Eso era bueno, porque me evitaba tener que contestarle cosas. No me cae mal, es agradable y Lisa parece tenerle un aprecio bastante grande, pero yo intento mantener la distancia. Por mi madre, en realidad; a ella no le agrada la idea de que comparta con la nueva mujer de mi padre y la entiendo, se debe sentir fatal.

Ya estaba por irme cuando descubrí que mi móvil no estaba encima de la nevera. Fruncí el ceño y traté de recordar si Wanda lo había dejado ahí.

—¿Buscas esto? —me giro sobre mis pies. Su cercanía me pone los pelos de punta y doy un paso tonto hacia atrás. Choco con el metal y un leve quejido se escapa de mis labios. Tomo el aparato de sus manos y lo enciendo sin mirarlo; tengo mis ojos ocupados en su mirada oscurecida—. ¿Qué harás ahora, Artemis?

Elevo mis hombros.

Los mensajes comienzan a caer.

"Arte, cariño, por favor, me estás matando".
"Salgo de Impura y voy a buscarte a la casa de tu padre".
"Ya estoy fuera, en 15 minutos llego".

El último mensaje fue hace diez minutos. No estaba muy lejos de aquí.
¡Mierda!

—Pier está viniendo por mí —comento. Del fondo de su garganta escucho una queja y levanto la mirada—. Ya me voy.

Su mano me detiene.

—¿No puedes quedarte más tiempo? —niego; sus dientes se aprietan.

—¡Wanda! —la voz de mi padre le provoca un dolor de cabeza. Cierra los ojos un momento y sostiene mi brazo entre sus dedos con fuerza. No me molesta, pero se siente incómodo.

—Gracias por el almuerzo —beso su mejilla fugazmente y, en cuanto pongo un pie fuera, me encuentro con el auto estacionado de Pier. Se baja del auto, está destruido; sus ojos están llorosos y, cuando camina hacia mí, noto que está borracho. Se arrodilla enfrente de mí; mis ojos se abren como platos.

—¡Lo siento tanto, Artemis! ¡Perdóname! —apesta a una mezcla de alcoholes; el perfume de las señoritas lo tiene impregnado en la piel y, por el estado de ebriedad, me pregunto cómo es que llegó hasta aquí. Sus manos se aferran a mis caderas y su cabeza se apoya sobre mi abdomen.

—Pier, por el amor de Dios —me quejo e intento levantarlo.

—¿Todo está bien, Artemis? —Wanda.

—Sí, sí, entra a la casa.

—¿Estás dándome una orden? —pregunta con un tono de molestia aparente.

—No, solo te pido que no te metas en esto —enredo mis manos en el cabello de Pier y tiro de él para poder mirarlo a los ojos—. Sube al maldito auto, ahora.

IMPURA IDonde viven las historias. Descúbrelo ahora