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🌻Venus, una talentosa bailarina exótica, ha perfeccionado el arte de ocultar su vida nocturna tras una fachada de normalidad. Durante más de dos años, ha dominado el equilibrio entre sus estudios universitarios y su trabajo, generando ingresos...
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Despierto de una pequeña siesta y observo que afuera ya ha oscurecido. El cuerpo de Pier aún descansa a mi lado, con su mano reposada sobre mi cintura. Lo muevo hacia un costado para librarme de su agarre tan pesado. Tomo mi teléfono: tengo varias llamadas perdidas de mi padre y... ¡37 llamadas perdidas de mi madre!
Salto inmediatamente de la cama, le doy una última mirada a mi novio y salgo de la casa.
Son las 20:54 p. m.
No llego muy lejos; doblando la esquina aparece el auto de mi madre y ya me imagino las atrocidades que tiene preparadas para mí. Me aferro a mis propios brazos. La ventanilla se baja y ladea su cabeza hacia un costado, indicándome que suba al auto.
¡Mi vida se ha acabado!
En cuanto subo, la boca de mi madre se suelta como si estuviera dando una cátedra en la iglesia...
—¡Artemis! Toda la maldita tarde llamándote, ¿qué se supone que estabas haciendo?
—Me dormí —abrocho el cinturón de seguridad. Mamá aún no ha intentado avanzar; sus manos se aferran al volante y el brillo de sus ojos está apagado.
—¿Te dormiste? Eso no te lo creo. De seguro tenías al asqueroso de tu novio entre las piernas.
—¡Mamá! —reto y llevo mis dedos a mi frente para masajear la zona donde comienza a doler—. No estábamos haciendo nada, me dormí, de verdad me dormí.
Niega con la cabeza; no me cree absolutamente nada de lo que he dicho y suspira con profundidad. Comienza a manejar hacia la casa.
—A las once tengo que hacer turno en la cafetería —comento en medio del silencio que se ha formado, punzante y cortante.
—No me gusta que tomes horarios nocturnos, Artemis —niega con la cabeza. No es algo que pueda controlar ahora; si Escarlata desea verme a las tres de la mañana, tendría que salir sin chistar—. Es peligroso.
—No puedo decirle que no al gerente.
Estaciona el vehículo en nuestra casa. Doy por finalizada la conversación cuando no ha dicho absolutamente nada más y le sigo el paso mientras caminamos hacia la puerta de entrada.
—Dejé sopa en la estufa.
Asiento y me encamino hacia la cocina. Observo los dos platos sucios encima de la mesa y frunzo el ceño. Pero antes de que pudiera decir algo, ella habla a mis espaldas:
—El padre vino a traer unas cosas y decidí invitarlo a comer.
—Está bien —tomo un plato y vierto sopa dentro de este.
—También quería hablarte sobre eso —le miro rápidamente—. Saldré por unas semanas a un retiro espiritual.
—Genial, ¿dónde es? ¿Me compraste el pasaje o tengo que hablarlo yo? —llevo a mi boca una cucharada del líquido que aún se mantiene caliente.