Capítulo 27

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El miedo es una sensación tan extraña, se siente como caerse de la cama y nunca llegar a tocar el suelo

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El miedo es una sensación tan extraña, se siente como caerse de la cama y nunca llegar a tocar el suelo. Se siente como cuando estás en medio de la nada y la última señal de tu teléfono desaparece; el miedo está en ese primer beso, en el primer contacto con el mundo. El miedo está en los comienzos y en los finales. Los ojos verdosos, aquellos que vi por primera vez hace un tiempo, los mismos que me miraron amigablemente, ahora ya no tenían ese brillo reluciente, estaban apagados y la sorpresa de tenerme de rodillas ante un fichero, con documentación mía, por cierto, es horrible.

Con mirada desorbitada, estira su mano hacia atrás y toma la llave que me dejaría escapar de aquí.

—Escarlata —nombro, ella aprieta sus labios y me quedo perpleja ante la imagen que tengo enfrente. Me levanto con un poco de dificultad del suelo, nunca he sentido tanto miedo en mi vida como ahora y su rostro no se ve tranquilo, está tenso.

—¿Qué haces fuera de la habitación? —la mujer delante de mí sostiene una mirada fría y entrelaza sus brazos en su cuerpo, tiene la mirada vacía.

—Yo... yo —aprieto mis manos, Escarlata camina con paciencia hacia mi cuerpo y yo no puedo quedarme quieta, retrocedo lo más que puedo, hasta que finalmente choco con el ventanal. Una vez cerca, el aroma a miel es persistente y, mientras intento ignorar su mirada, ella la busca, quiere verme. Pero el miedo no me permite—. Lo siento.

—¿Qué buscabas? —pregunta con suavidad y desliza sus dedos por mi mentón, el verde es dulcificado y la oscuridad con la que me miraba desaparece—. ¿Alguna información interesante? —su pregunta no me causa más que un dolor de estómago; se aleja de mí sin quitar su mirada de mi rostro y cuando finalmente deja de verme, suelto el aire de mis pulmones—. No soy ella —confiesa, el corazón se me descomprime—, pero si hubiera sido ella, no estarías parada en estos momentos —se inclina a recoger el desastre que he dejado, les da una mirada rápida a los documentos y vuelve a hablar—. Ve a la habitación, tengo que trabajar aquí —no doy ni una sola respuesta, simplemente desaparezco, escucho los pasos retumbar por el lugar y luego cierra con llave la puerta de mi habitación. El espacio se me hace pequeño, quiero irme y escapar; me tiro sobre la cama y me dejo fundir con el colchón, por fin puedo soltar una que otra lágrima. Temblé, de verdad tuve mucho miedo y escuchar que no era ella me devolvió a la vida.

A un lado de la cama sigue la bandeja del desayuno, me acerco para comer algo, pero el café no me parece algo rico de ingerir y simplemente camino hacia el baño para vaciar el contenido por el váter y lo recargo con agua. Solo agua.

Observo que la bañera está hecha, ¿en qué momento?

Seguro lo ha hecho apenas se levantó, el agua está tibia, ni tan fría ni tan caliente, pero deduzco que ha estado hirviendo porque los pétalos de rosa se quemaron. Me deshago de la camiseta y los shorts, el azul nunca fue un color que me quedara.

No estoy segura de poner el pestillo, pero si fuera a hacerlo y Escarlata aparece, no le gustaría encontrarse con un pestillo en la puerta. Me quedo mirando por unos segundos más la puerta, se ve tan blanca, tan reluciente. Dejo de verla, apenas pongo un pie en el agua los pezones se me erizan, la sensación manda un escalofrío por todo mi cuerpo y lo único que soy capaz de pensar ahora mismo es que tengo el auto de mi madre estacionado afuera, ella me va a matar.

IMPURA IDonde viven las historias. Descúbrelo ahora