Capítulo 30

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Me despierto por los ruidos incómodos que invaden mis sentidos

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Me despierto por los ruidos incómodos que invaden mis sentidos. Abro de a poco los ojos y me cuesta; se siente como si me hubieran golpeado entre cuatro personas. Me levanto con mucho cuidado de la cama, siento en mis pies el frío del suelo, abro la puerta del baño y, por el ventiluz, observo una reja demasiado gruesa. Natasha desliza con mucho cuidado uno de los tornillos y el sonido de la máquina vuelve a hacerse presente.

—Ahora sí no escaparás —susurra desde el otro lado. Aprieto mis labios.

—¿Qué hora es?

—Las diez —de la mañana, claramente. La luz del exterior quema mis ojos y hago una mueca en mi rostro.

—¿Wanda?

—Está trabajando, sube arriba —la observo levantar las cosas del suelo.

—¿Puedo? —asiente.

Desaparece de mi vista. Me quedo quieta, observando mi propio vacío, y noto encima de la mesita del baño un dentífrico y un cepillo de dientes. Es considerada con mi higiene; me imaginaba en peores condiciones.

Terminé de asearme. Mientras subía las escaleras me detuve en el último escalón al sentir mi corazón palpitar con más velocidad. Estaba temblando de miedo, pero quedarme aquí cuando dijo que suba no es correcto, y subir me produce terror. Trago saliva, respiro unas cuantas veces y abro la puerta. El clic es notorio y me encuentro con un pasillo vacío.

El aroma a tocino y café obliga a mi estómago a crujir. No pensé que tenía tanta hambre hasta que lo sentí. Camino con cuidado, paso por paso, y respiro con precaución. Observo a Natasha tostando unos panes, los huevos y el tocino. Me mira y, con la mirada, señala la silla que está enfrente de mí.

Deja la taza de café delante mío. No estoy en situación de recriminar por esto; no me queda de otra, debo tomarlo y ser lo menos visible posible.

—Antes que nada, llama a Piero.

—¿A mamá no?

—A Wanda no le interesa tu familia, le preocupa más tu noviecito.

Asiento. En la pantalla se nota su número de teléfono. Natasha apoya los codos sobre la mesada y eleva las cejas, esperando que lo haga. Sin meter la pata, Artemis. Sin equivocarnos.

La llamada comienza. El sonido es chillante y entrecortado; me indica que este es un lugar con muy poca cobertura.

—¿Hola? —su voz, gruesa y áspera, pero sin duda hermosa.

—Pier, soy yo, Artemis.

Mi corazón no soporta la presión. La sangre que intenta bombear es insuficiente y en mi pecho se forma un vacío. El verde de sus ojos no se me quita ni un segundo, y yo no puedo dejar de verlo.

—¡Artemis! ¡Diablos! ¿Dónde estás? —se lo oye asustado. Baja su tono de voz e intenta tranquilizarse.

—Me fui.

IMPURA IDonde viven las historias. Descúbrelo ahora