Ella no es humana y él, que debe detestar a su especie, no puede dejar de pensar en ella.
Max es un joven militar y su misión es defender a la ciudad de aquellos peligrosos Humanos Evolucionados. Sin embargo, luego de conocer a Ursa, una chica evol...
No fue un día común cuando vi a aquella chica. Ojos grandes y celestes, pupilas enormes como las de un gato, cabello rubio o dorado oscuro. Una preciosidad... Y eso que no me consideraba furro.
No podía dejar de mirarla, aunque ella me clavara la vista también, pero con enojo, como una gata muy molesta. Su actitud me provocaba ver hasta dónde podía llegar.
Crecí escuchando sobre ellos, teniendo una materia sobre su especie en la escuela para estudiar sus características, los años de los primeros contactos y demás. Sin embargo, había mucho que no sabíamos.
Se suponía que también eran civilizados, e incluso yo trabajaba con algunos de ellos, a pesar del escaso o nulo contacto entre nuestras sociedades. También me había acostumbrado a su presencia y sus costumbres raras, pero el rencor no era algo sencillo de disolver.
Con dientes caninos un poco más largos que los nuestros, mejor olfato y oído, más velocidad e incluso inmunidad, nos superaban en muchos aspectos. Excepto en número, felizmente.
—La apagaré pronto —avisé, refiriéndome a la fogata.
Estábamos en el bosque, casi en medio de la nada. Mi amiga Marien, humana, asintió y se fue a recostar.
Quedé solo. La chica evolucionada inspeccionaba mi camioneta con la vista. Tenía un atisbo de curiosidad, y estaba seguro de que no había visto algo así en su vida.
Los evolucionados vivían en pueblos metidos entre las montañas y los árboles. Se negaban a la tecnología. Parecían hippies ecologistas.
Dejé la pequeña fogata de lado para ir hacia ella, quien enseguida volteó a mirarme al escucharme, y me plantó de nuevo esa mirada de gata enojada.
Los evolucionados ya no eran un misterio para nosotros, pero ella lo era para mí. Quería saber por qué, cuando la vi por primera vez, estaba triste. Y, por otro lado, solo quería molestarla y ver qué tanto entendía sobre nosotros.
—Entonces, te llamas Ursa. Es un nombre raro. —Ella solo arqueó una ceja. Apoyé una mano en la camioneta para estar más cerca, pensando en la constelación a la que debía su nombre. La osa mayor—. No eres una osita, eres una gatita.
Frunció el ceño.
—¿Y tú qué? Max. ¿No llaman así los humanos a sus perros?
—Nena, por ti ladro. —Parpadeó todavía con el enojo en su rostro, y apreté los labios, reaccionando. ¿Qué acababa de decir? Dio un paso al costado—. Tengo mejores frases, ¡lo juro! —me excusé de prisa mientras ella se alejaba.
Bufé y quise darme de cabeza contra mi camioneta. La miré otra vez, bajé la vista y volví a verla.
—Okey. —Me acerqué de nuevo, ya que solo se alejó un par de pasos—. Lo siento. ¿Estabas curiosa por mi camioneta? Es una máquina fenomenal, ¿eh? —Encogí un hombro de forma fugaz sonriendo de lado—. Puedo llevarte en ella el día que gustes y mostrarte qué más tiene.
Aunque había usado un tentador tono de voz y la miraba directo a los ojos, ella no cambiaba de expresión.
Vaya. Eso no solía ser así. Esto se ponía interesante.
—No es la gran cosa. Si le dedicáramos tiempo, podríamos construir cosas iguales. Ustedes se jactan de mucho, pero ahora están en decadencia.
Di una muy corta risa silenciosa. Era sabido que los roñosos tenían un orgullo muy grande como especie.
—Ya. Aunque, ¿quiénes sí hemos creado toda la tecnología? Nosotros los humanos.
—¿Y quiénes sí podemos sobrevivir sin ella? Nosotros estamos heredando el planeta, humanito. Y ya deja de creer que porque acompañas a la humana tienes derecho a hablarme. Solo quiero encontrar a Sirio.
Eso me molestó de algún modo.
—Seh, seh. Mira, hagamos algo. —Me le acerqué, inclinándome apenas, y ella no retrocedió ni un paso, claro que no dejaba de mirarme con desdén—. Luego de terminar con esto, podemos ver qué especie es mejor, nena.
—¿Qué es nena? —preguntó uno de los chicos que la acompañaban, interrumpiendo.
Eran dos hermanos evolucionados, gemelos, con ojos de distinto color. Uno verde y otro celeste. Resoplé mientras se ponía a dar teorías sobre la palabra con su hermano.
—Nene a veces les dicen a los niños.
—¿O sea alguien odioso, llorón y oloroso?
—Ursa, te dijo olorosa y llorona.
Me espanté.
—¡No...!
—Con que sí —renegó ella, cruzando los brazos.
—Vamos a demostrarle que nadie es más oloroso que los niños humanos.
—Aceptamos el reto —dijo el otro de pronto, mirándome.
—¿Qué? ¡Ustedes no, éramos solo ella y yo...! —pero no me estaban haciendo caso.
Seguían conversando. Ursa me miraba todavía más molesta desde detrás de ellos, ya que habían terminado de interponerse entre nosotros.
Ella hizo una mueca, torciendo esos labios rojos, y me retiró la vista con altivez. Los hermanos voltearon a verme, preguntando cuándo podían demostrarme su superioridad.
Puse los ojos en blanco. Era algo que solía hacer cuando estaba con los evolucionados con los que trabajaba. A veces era tanto que creí que mis ojos se quedarían así pegados.
—Ugh. ¡A ustedes no los voy a sacar a pasear en mi camioneta! —renegué.
Quizá Ursa podía olfatear mi desdén hacia su especie, a pesar de todo. Y bueno, ¿por qué los detestaba? Pues...
Los humanos evolucionados, o H.E., todavía eran seres despreciables a ojos de muchos. Humanos como nosotros, pero peligrosos. Por un tiempo intentamos ser amables con ellos, pero se negaron a toda ayuda.
Lo peor era que las sociedades protectoras, al no tener ya tantos animales a los cuales "proteger", se habían volteado a verlos y a querer evitar que los mataran.
No se tardó en levantar una ley que impidiera lastimarlos. Claro que al ser humanos no estaban exentos de entrar en guerra y ahí sí que íbamos a poder deshacernos de ellos con todos nuestros arsenales, que para eso sí éramos buenos.
Pero el mundo se había vuelto tan políticamente correcto que el gobierno trataba lo más posible de hacerle creer a la gente que no harían nada abusivo contra ellos.
Al inicio no me había importado mucho lo que quisiera hacer el gobierno, yo solo quería vengarme. Aunque no conté con que encontraría la horma de mi zapato entre el caos y esas criaturas... Una hermosa coincidencia que yo no merecía.
***
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.