Ursa
Cuando supe que tenía a una criatura en mi interior, había sido mágico. Tenía casi cuatro semanas. Fui extrañamente feliz. Un sentimiento que vino por sí solo, para luego ser seguido por mucho miedo.
Miedo porque había estado en peligro. Luego, miedo porque no sabía qué más iba a pasar.
¿iría bien? ¿Qué había que hacer? No tenía ni idea. No sabía si Citrina iba a poder explicarme.
Cuando pudimos volver al departamento, Max se detuvo a mirarme, palpó mi vientre, aunque no hubiera cambios, y suspiró. Luego me abrazó y acarició mi cabello, apretándome contra su cuerpo.
Él había tenido mucha paciencia conmigo. Desde que había empezado a quedarme con él. Siempre iba a recordar cuando llegó de su primer día como Mayor general y yo había estado todo el día, distraída haciendo brazaletes.
Mi madre y Citrina siempre me dijeron que iba a tener que "atender" a mi compañero, si él no podía por estar cumpliendo alguna función en el pueblo. Yo había rodado los ojos, pero esto era diferente.
Ya casi iba a ser la hora en la que me dijo que volvería. Revisé el teléfono y tenía su mensaje de que ya estaba en camino. Oh, y más una carita extraña con un corazón al lado.
Cuando llegó, lo recibí con un beso. Lo había echado de menos como siempre, además, darle besos era de mis actividades favoritas. Abrazarlo y sentir su aroma, su cuerpo. Recordar cómo se sentían sus labios, entre los míos, o cuando recorrían mi piel, incluso su lengua cuando...
Reaccioné, sonriendo, y me aparté. Lo hice sentarse a la mesa y le puse un plato con arroz y un huevo frito.
Él quedó mirando y yo crucé los brazos.
—Lo siento —dije, sin embargo—. Olvidé que probablemente vienes agotado. Me perdí en el tiempo...
—Bah, tranquila. No esperaba que cocinaras la cena. —Arqueó una ceja, sonriente—. Aunque... —Jaló el plato más cerca—. No hay nada más rico para el alma que el arroz con su huevito frito, créeme.
Sonreí ampliamente.
—Eh, pero... Si no esperabas que cocinara, entones...
—Ahí tengo esa caja que viene con los ingredientes todo listo para hacer. Pensaba preparar eso.
Recordé la caja rara que había llegado congelada.
—Oh.
Él dio una breve risa y me invitó a acompañarle, así que también comí mi arroz con huevo mientras conversábamos sobre el día y, sí, a veces eso era lo único que el alma necesitaba para ser feliz.
Me alegraba que las cosas no cambiaron cuando supimos lo del bebé en camino. Él seguía dándome todo su amor, y yo a él. Aunque extrañaba algunas comidas.
Por recomendación, no podía comer ni beber ciertos alimentos. Sobre todo, alcohol. Aunque con ese no tenía reclamos.
La primera vez que lo probé, no me pareció mal.
—Este es un Moscato con fresa. —Max presentó la botella a nuestros amigos. El líquido translúcido tenía un atractivo color entre rojo y rosa—. Ya que es el día de la uva en el pueblo.
—Excusas —se burló Jorge.
—Además, estos gatos ya cumplieron veintiuno —nos señaló a mí y a Sirio.
—Max —reprochó Marien.
Oh, pero ella fue de los primeros en poner su vaso cerca para que le sirviera. Lo probó y arqueó las cejas. Así que no tardé en querer probar también.
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Ojos de gato Ursa
Ficção CientíficaElla no es humana y él, que debe detestar a su especie, no puede dejar de pensar en ella. Max es un joven militar y su misión es defender a la ciudad de aquellos peligrosos Humanos Evolucionados. Sin embargo, luego de conocer a Ursa, una chica evol...
